Personaje
Ravel a 150 años de su nacimiento: mirada a la particular vida de un genio como ninguno
En el sesquicentenario de Maurice Ravel, una mirada al virtuoso compositor que abordó prácticamente todos los géneros de la música y cuyo impacto cultural trasciende el siglo XX y vibra aún. Por Emilio Sanmiguel

Los aniversarios de los grandes compositores se celebran de la misma manera: con festivales. El del nacimiento de Maurice Ravel no será la excepción. De los organizados a lo ancho de todo el mundo, tendrá particular interés el que se celebrará entre el 28 de agosto y el 7 de septiembre en varias ciudades del País Vasco francés. Entre ellas, Ciboure, frente a San Juan de Luz, que apenas tiene algo más de 6.000 habitantes, porque allí, en una casa de estilo holandés, el 7 de marzo de 1875, nació Maurice Ravel, uno de los compositores más influyentes de la música del siglo XX.
Del padre, un ingeniero suizo, heredó la fascinación por todo lo mecánico –“su lado de relojero suizo”, decía Stravinski– y el gusto por la música. De su madre, la rebeldía de los vascos, la fascinación por la música española y sus rasgos: “Era un típico vasco, pequeño, delgado, los huesos del rostro muy marcados”, dijo su amiga e intérprete de su música para piano, Marguerite Long. A los tres meses, la familia se trasladó a París.

Durante el festival se interpretará prácticamente toda su obra, lo que en realidad no es una proeza, porque su legado no es particularmente copioso. Solo no se oirá Preludio y danza de Semiramis, que el pasado 13 de marzo estrenó la Filarmónica de Nueva York para el debut de Gustavo Dudamel como su director: una obra inédita.
Íntimo amigo y condiscípulo de Ravel, el pianista Ricardo Viñes llevaba un diario en el que anotaba minuciosamente su día a día. El 7 de abril de 1902 dejó testimonio de haber ido al Conservatorio de París en horas de la mañana “para oír la cantata Semiramis de Ravel, que fue estudiada, ensayada e interpretada por la orquesta, dirigida por Taffanel”.
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Añadió que estuvieron presentes la familia, el compositor y profesor Gabriel Fauré y varios estudiantes. Sin embargo, no hay registros de ello en la prensa musical de la época ni en los archivos del conservatorio, a pesar de que Ravel ya era una personalidad conocida y su prestigio se estaba consolidando con una de sus obras maestras para piano: la suite Miroirs, interpretada dos días antes por Viñes en un estreno, este sí registrado por la prensa.

Aun así, sí existía una mención a la obra en la extensa biografía de Arbie Orenstein de 1975, quien aclaró que fue uno de los fallidos intentos de Ravel para conseguir el Prix de Rome, el concurso que permitía a los mejores artistas jóvenes de Francia completar su formación en Roma, una especie de beca de tres años.
La clave la dio Viñes al registrar que la ejecución ocurrió en horas de la mañana; por lo tanto, no fue durante un concierto público, sino en una sesión de rutina en el conservatorio. Por suerte, el manuscrito autógrafo, apenas un fragmento de la obra completa, se conserva desde el año 2000 en los archivos de la Biblioteca Nacional de Francia. Solo volverá a escucharse en diciembre, en un concierto conmemorativo en París.
Si bien la historia es fascinante, las expectativas por conocerla son enormes. Justamente porque, para ese momento, aunque Ravel no era famoso, ya era un compositor consumado. Su Preludio y danza no es otra cosa que el mejor regalo de cumpleaños para este sesquicentenario.

Ravel, un genio y un misterio
Ravel fue un genio profundamente autocrítico; cada una de sus obras fue el resultado de un proceso lento: “Intento que mi música hable de forma sencilla y directa al hombre común, no para que la tomen en serio, sino para encantar y entretener. Soy un anarquista del sonido. Creo que la música debe ser primero emocional y después intelectual. Es la expresión más perfecta de la emoción humana”.
Su música está marcada por la precisión; él mismo creía que era artificiosa. Como orquestador, fue uno de los más inventivos de todos los tiempos y su obra para piano es una de las más complejas y difíciles de todo el repertorio: obras como Gaspard de la nuit o sus dos conciertos para piano solo pueden ser abordadas por músicos en posesión de todo el magisterio técnico y musical.
Su manera de componer quedó en el más absoluto misterio; nadie, ni siquiera sus más íntimos amigos, logró verlo componer. Sencillamente, decía que todo se iba desarrollando poco a poco. En cambio, sí permitió que se le viera trabajar cuando estaba orquestando. Cuando emitía un juicio, podía ser devastador; pensaba que los músicos talentosos debían trabajar mucho más que quienes no lo eran y tenía un alto grado de exigencia consigo mismo.

Sobre su vida personal, se conocen apenas generalidades: educado y prudente, su sentido de la moda estaba altamente desarrollado; la seguía con obsesión y podía dedicar horas a la discusión sobre el color de las corbatas. Practicaba la natación y podía caminar por horas, pero durante tales caminatas era frecuente que no pronunciase una palabra a sus acompañantes.
Noctámbulo, frecuentemente salía de los conciertos para fumar un cigarrillo; regresaba y luego iba a cenar con sus amigos, después a un cabaret y, finalmente, una caminata que podía prolongarse hasta altas horas de la madrugada. Amaba las plantas y los gatos siameses, que en su casa tenían permiso para dejar sus huellas sobre las partituras. Una faceta infantil se revelaba en sus colecciones de juguetes, que inundaban toda su casa.
Pero de su intimidad, nada. El asunto ha obsesionado a sus biógrafos: “La única historia de amor que tuve fue con la música”.
El legado de Ravel y un bolero
Fue uno de esos raros casos de compositores que fueron fieles a su propio estilo a lo largo de toda su vida. Su estancia en el conservatorio fue inexplicablemente larga, desde 1889, cuando ingresó con 14 años, hasta 1903: 14 años. Inexplicable, porque sus primeras obras maestras las escribió siendo estudiante.

Entre sus mejores obras para piano destacan Miroirs, Gaspard de la nuit, Valses nobles et sentimentales, la Sonatina y la Pavana para una infanta difunta. Abordó la ópera en dos títulos: La hora española y El niño y los sortilegios. También escribió música de cámara, conciertos y el ballet Dafnis y Cloe, su obra más extensa en duración. En La valse rindió tributo a Johann Strauss II, a quien admiraba profundamente, y compuso canciones que se cuentan entre las más logradas del repertorio francés.
Sin embargo, su gran pasaporte a la posteridad fue su Bolero, un encargo de su amiga Ida Rubinstein para el ballet. La popularidad del Bolero es tan asombrosa que el compositor Laurent Petitgirard, expresidente de la Sociedad Francesa de Autores, Compositores y Editores de Música, sostiene que cada diez minutos se toca en algún lugar del mundo; como se trata de una obra de 17 minutos, el Bolero de Ravel se oye permanentemente en el planeta. Ravel seguramente escucharía esa afirmación con cierto escepticismo: “Solo he escrito una obra maestra: el Bolero. Desafortunadamente, no tiene música”.