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Sue Tilley, la musa de Freud

Su imagen le dio la vuelta al mundo por ser el cuadro más caro vendido por un artista vivo, y redefinió el valor del arte contemporáneo.

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24 de marzo de 2026, 11:31 a. m.
Entre clubes queer, oficinas públicas y estudios de artistas, Sue Tilley terminó convertida, casi sin proponérselo, en parte de la historia del arte contemporáneo.
Entre clubes queer, oficinas públicas y estudios de artistas, Sue Tilley terminó convertida, casi sin proponérselo, en parte de la historia del arte contemporáneo. Foto: Getty Images

Durante años la redujeron a una versión demasiado simple de sí misma. Para muchos, Sue Tilley fue apenas la mujer dormida en un sofá, el cuerpo monumental de Benfits Supervisor Sleeping; la empleada pública convertida en récord cuando la pintura de Lucian Freud, el nieto de Sigmund Freud, se vendió por 33,6 millones de dólares, la cifra más alta pagada hasta entonces por la obra de un artista vivo.

La opinión pública la consideraba una funcionaria gris descubierta por el genio y elevada, casi por accidente, al Olimpo del arte contemporáneo. Pero esa versión omite lo esencial. Antes de la subasta y de la millonaria cifra, existía una mujer que ya habitaba el corazón palpitante del Londres underground.

Su vida no comenzó en el estudio de Freud, sino en la oficina de empleo de Camden. Allí escuchaba historias extrañas de clientes, ayudaba a amigos a conseguir trabajo y disfrutaba, contra todo estereotipo, de la rutina administrativa. “Disfruto mucho del trabajo de oficina”, dijo sin ironía.

Nunca se consideró musa. Posar para Lucian Freud fue simplemente un trabajo: interesante, sí, pero un trabajo.
Nunca se consideró musa. Posar para Lucian Freud fue simplemente un trabajo: interesante, sí, pero un trabajo. Foto: Getty Images

Esa estabilidad era el contrapeso de sus noches. Porque al caer la tarde regresaba a su apartamento, cenaba, se maquillaba con intensidad teatral y esperaba a que sus amigas trajeran el alcohol más barato posible. Bebían antes de salir. Regresaba a las tres de la mañana. Y a las siete estaba de pie otra vez. Esa disciplina, admitió, la mantuvo lejos del alcoholismo y de la drogadicción que devoraron a otros.

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Mucho antes de Camden, en una casa compartida de Kentish Town, sintió por primera vez que pertenecía. Un compañero del Centro de Empleo la llevó a unos clubes gay y allí descubrió un espacio donde no hacía falta justificarse: no pensaba en política ni en manifiestos, simplemente vivía. Un entorno inevitablemente subversivo en la Inglaterra de Margaret Thatcher. Odiaban a la primera ministra, aunque Sue explicó que aquellos tiempos no se comparan con los “radicalismos actuales”.Y fue en ese circuito en el que apareció el artista Leigh Bowery, presentado por Stephen Luscombe, instrumentalista del grupo Blancmange, en Cha Chas, un club alternativo escondido detrás del Heaven, otro bar.

Exposición Lucian Freud Portraits
Sue Tilley, Sandy Nairne —director de la National Portrait Gallery— y La Princesa de Gales, durante la inauguración de la exposición Lucian Freud Portraits, en Londres. Foto: WireImage

Al principio no parecía extraordinario: todos vestían de forma inusual, pero la ambición de Bowery era distinta. Cuando irrumpió con Pakis in Outer Space, Sue comprendió que sus letras provocativas tenían potencial para ser una obra en expansión. “Pensé que simplemente salía y me divertía”, recordó. Pero ignoraba que Taboo y toda esa escena queer en la que estaba inmersa serían estudiados luego como un capítulo crucial de la cultura contemporánea.

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A su alrededor gravitaban nombres que más tarde definirían disciplinas enteras: Michael Clark, revolucionario del ballet; Cerith Wyn Evans, figura del arte conceptual; John Maybury y Baillie Walsh en el cine; David Holah en la moda, y la incombustible DJ Princess Julia. Todos podían ser quienes quisieran ser, incluso si eso implicaba habitar el exceso. Sin saberlo, estaban forjando una estética que después sería absorbida por la moda global y las instituciones culturales que antes los ignoraban.

Estreno de Taboo en Broadway
Raúl Esparza, quien interpreta a Philip Sallon en Taboo, el musical sobre la escena club y la cultura queer del Londres de los años ochenta, junto a Philip Sallon y Sue “Big Sue” Tilley. Foto: FilmMagic

Cuando Bowery empezó a trabajar con Freud, el destino cruzó ambos mundos. El primer encuentro ocurrió en un almuerzo en The River Café. Sue sintió la mirada del pintor durante toda la comida. “Debí haber pasado la prueba”, dijo con humor. Al día siguiente estaba desnuda en el estudio. Nerviosa, sí, pero racional, como un médico que ve cuerpos a diario.

Las sesiones fueron largas y exigentes, aunque no silenciosas. Hablaban sin pausa. Ella había leído sobre él antes de empezar: conocía su biografía, sus modelos previos. Nunca se consideró musa. “Era un trabajo. Interesante, pero un trabajo”.

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El mito del silencio se desarma cuando describe aquellas conversaciones triviales, la fascinación por la vida extraordinaria de Freud y su convicción, a veces ingenua, de que su conducta era ejemplar. Mientras tanto, el cuadro crecía. Sue no imaginaba que esa carne extendida sobre el sofá se convertiría en símbolo global. Se enteró del récord por un periodista que irrumpió en la oficina de empleo. Ni el pintor ni la casa de subastas la avisaron.

La prensa la retrató como “una mujer sencilla de oficina”. Omitieron que había escrito el obituario de Bowery para The Guardian y que luego publicó un libro con Hodder & Stoughton, convirtiéndose en narradora oficial de aquella escena. Sobre el cuerpo, es franca: se sintió más empoderada que vulnerable. Su apodo ‘Big Sue’ surgió simplemente para distinguirla de otras Sues de su generación.

Sue Tilley
Su apodo, ‘Big Sue’, surgió simplemente para distinguirla de otras Sue de su generación. Foto: Getty Images

Hoy vive junto al mar. Da clases de arte, organiza concursos de cultura pop, viaja a Londres cuando la invitan. Celebró la exposición de Bowery en la Tate Modern, apareció en televisión e incluso interpretó a Papá Noel para Diesel. Visitaba a su madre todos los días hasta su reciente muerte, una pérdida que abre un futuro inesperado. Cuando contempla sus retratos, dos de ellos bloqueados en Rusia por embargos, no piensa en íconos.

A veces solo reconoce sus piernas al levantarse de la cama. Y quizá esa sea la imagen más honesta: no el cuerpo monumental en la sala de subastas, sino la mujer que se mira consciente de que su historia pertenece tanto a los márgenes como a los museos. Porque entre el archivo y la carne, entre el mito y la memoria, Sue Tilley eligió siempre lo mismo: vivir. Y en esa elección sencilla terminó inscribiéndose en la historia con una fuerza que ninguna ambición habría podido diseñar.