OPINIÓN

Margarita Ortega

¡A secas!

Permanecer donde sabemos que no debemos estar es una de las mayores necedades de la existencia de cualquier ser humano.
6 de septiembre de 2026 a las 9:00 a. m.

Hay una frase que la vida se empeña en repetirnos hasta el cansancio y que nosotros, por una mezcla bastante sofisticada de miedo, conveniencia y estupidez, insistimos en ignorar: que la primera impresión suele ser la que vale la pena escuchar.

No hablo de ese juicio superficial con el que clasificamos a alguien en treinta segundos; hablo de algo mucho más incómodo, de eso que a veces resulta inexplicable, pero certero. Sí, de esa sensación íntima, instantánea, casi física, que aparece antes de que la razón alcance a construir su defensa y que con su voz de elfo dice: por aquí sí o por aquí no. Una especie de sabiduría personal, de antena de papel de aluminio, que no necesita comité asesor, ni tres reuniones para presentar sus conclusiones.

El problema es que no siempre —o casi nunca— le hacemos caso. Tenemos demasiado ruido alrededor: el trabajo, la familia, los compromisos, el miedo a equivocarnos o la necesidad de lo que sea. Y, sobre todo, esa maravillosa capacidad humana de convencernos de que algo que nos incomoda profundamente seguro es bueno para nosotros, porque es que hay que hacer el esfuerzo: nada fácil es tan bueno, da pena, juzgar está mal, debe ser que la vida lo pone así para que uno aprenda algo o, simplemente, pues que a ojos del mundo no es tan bonito decir NO. ¡Patrañas!

Durante un año y medio tuve un proceso de aprendizaje que, —visto con perspectiva— resultó ser, también, un curso intensivo de comprobación de intuiciones. Ahora, como todo lo obvio, la vida pinta el cuadro más bonito cuando uno lo puede ver con distancia.

En este proceso me di cuenta de que aquella primera sensación que tuve frente a algunas personas que pasaron por mi vida era correcta. Punto por habérmelo dicho, me lo resto por no haberme hecho caso; algo dentro de mí sabía lo que mi cabeza se demoró meses en aceptar.

Hay personas, y por supuesto lugares, en los que el cuerpo grita como lamento andino: ¡Aquí no! Pero volvemos a lo mismo: como no hay una explicación suficientemente académica, ni ocurre necesariamente algo escandaloso, uno torpemente decide insistir. También es cierto que, siendo Capricornio, la testarudez es mi vocación: todo hay que decirlo.

Entonces, dejas de escucharte y ya no grita el cuerpo, sino que aúlla la vida. Simplemente no encajas, no creces, no respiras igual, algo se encoge.

Permanecer donde sabemos que no debemos estar es una de las mayores necedades de la existencia de cualquier ser humano. No importa si uno se queda porque tiene palabra, por compromiso, porque como adulto sabe que cumplir es una forma de dignidad. No, no y no. No importa cuál sea la razón; cuando ese ‘cumplir’ empieza a exigirnos traicionarnos, es mejor rascarse las pulgas, coger el motete y soltar. Cuesta, sí; duele, también; pero cuesta más —y no hay nada más rudo— que reparar el corazón que uno solito se dañó por no hacerse caso.

Y entonces… llega la vida, porque la vida, que tiene un sentido del humor bastante oscuro, no siempre explica. A veces simplemente demuestra. Te quita la venda de un golpe y te dice: ‘Te lo había dicho’. Y ahí aparece una de las conclusiones más incómodas de la adultez: nadie te engañó, tú viste las señales, solo que preferiste otra versión de la realidad porque era más conveniente, más amable o menos dolorosa.

La vida, siempre —Dios, que por favor no se me vuelva a olvidar—, todo lo cuenta por adelantado.

Hay personas egoístas, hay personas envidiosas, hay personas de doble cara, hay personas capaces de hacer daño deliberadamente porque sí; claro que existe la gente mala. Pero eso, si estás enchufado con tu verdad, no le resta belleza a la vida.

Ahora, decir esto hoy día parece casi una herejía, porque nos hemos acostumbrado a psicologizarlo todo hasta convertir la maldad en una herida de infancia con bibliografía, excusa médica y conclusiones que soportan la vileza y la pobreza de una perversa alma en desgracia… ¡Pamplinas!

A ver, claro que las historias importan, tampoco es que esté cayendo en el otro extremo, pero comprender el origen de una conducta no la convierte automáticamente en virtud.

Sencillo. Hay seres humanos que necesitan pertenecer tanto que están dispuestos a convertirse en cualquier cosa con tal de sentirse parte de algo y, en ese esfuerzo titánico, se juegan el todo por el todo, pasando sin miramiento por encima de los demás. No porque tengan una gran estrategia maquiavélica, sino porque su ego necesita alimento permanente y cuando no encuentran una forma digna de validarse, la cercanía con ellos puede convertirse en involución total para quienes los rodean. Los he visto con estos ojos.

Por eso los golpes sirven. Para recordar que la vida es como es, no como uno quiere; para espabilarse, para ver la luz cuando se sale de la oscuridad y encontrar que el sol brilla más y que, aunque hay que saber cómo te hicieron daño —porque a las experiencias siempre hay que validarlas—, la vida vale la pena por y con aquellos con los que te ríes, creces, eres creativo, trabajas en equipo, celebras, te enseñan y amas. Los he visto con el corazón.

La verdad a secas es que debe existir un momento para mirar hacia atrás y reconocer a esa persona que fuimos cuando todavía sabíamos la respuesta, pero no tuvimos el valor de escucharla. Quizá eso sea la madurez: aprender a distinguir entre la voz de la intuición y el ruido del mundo. Porque cuando una decisión es correcta, y se toma escuchando esa pequeña campanilla interna, uno deja de empujar la vida y empieza a caminar con ella.

El estoicismo diría que no controlamos lo que otros hacen, sino la manera en que respondemos a lo que nos hacen, y esa es la verdadera ganancia: no permitir que la mezquindad ajena nos convierta en personas pequeñas.

Hoy miro hacia atrás y entiendo algo que habría sido mucho más barato de aprender sin tener que atravesarlo: las señales estaban ahí, siempre estuvieron, solo que yo quería creer otra cosa.

Entonces, sí, mi conclusión es que existe la gente mala. Puedo generalizarlo sin caer en el absurdo de creer que todos son malos, porque generalizarlo todo es una forma bastante perezosa de pensar. Pero hay momentos en la vida en los que una conclusión merece ser pronunciada sin eufemismos.

Al momento de escribir esta columna, creo que vuelvo a mi mantra de este último semestre, uno que me salió en una epifanía de trancón: ‘Todo malo es cobarde y todo cobarde es traidor’. Lo digo con la serenidad de quien finalmente entendió que la primera impresión no era un prejuicio, era la verdad intentando hablar.