OPINIÓN

Carolina Arbeláez

El canto de las sirenas

Hoy Colombia vive su propia Odisea, llena de tentaciones y de atajos.
2 de agosto de 2026 a las 10:48 a. m.

Debo confesar que no esperaba que la película La Odisea, de Christopher Nolan, tuviera tantos mensajes poderosos para el momento que vive Colombia. Llegué a la sala de cine pensando que me iba a encontrar con una historia de guerra, de batallas y de héroes en combate, por la referencia que tenía de la película Troya, que narra un conflicto largo y brutal inspirado en La Ilíada.

Odiseo, el rey de Ítaca, fue el estratega del caballo de Troya, un hombre fuerte, valiente e inteligente de la mitología griega. Duró diez años en la guerra, pero después enfrentó la prueba más dura de su vida, el de regresar a casa. La película sostiene una idea muy potente, la guerra fue difícil, pero volver de ella fue peor. Duró años de travesía y, de todas las pruebas que le tocó atravesar, la más reveladora fue el canto de las sirenas.

Fue una hechicera, Circe, quien advirtió a Odiseo y a sus hombres que el canto era irresistible, que prometía conocimiento y que nadie que lo escuchara libremente sobrevivía. La verdad de las sirenas era cruda, seductora y dolorosa, ofrecían una visión completa de lo que duele y de lo que se desea; tenían la respuesta a todas las preguntas. Odiseo decidió oír. Y para hacerlo sin morir, se amarró al mástil. Escuchó el canto entero, sintió el impulso de saltar, miró de frente lo que más le dolía y logró sobrevivir a esa melodía irresistible, hermosa y mortal. En ese viaje interior se enfrentó a la verdad, venció sus miedos y dejó atrás lo que debía olvidar para poder seguir vivo. Ya no como el mismo hombre que salió de Troya, sino como alguien que había atravesado el abismo y había elegido no quedarse en él.

Hay algo profundamente político en esa escena. Veo un país como el nuestro, que ha tenido que vivir largos y costosos conflictos marcados por los errores de varios gobiernos. Los del gobierno de Gustavo Petro están a la vista: la debilidad frente al crimen, una “paz total” que terminó fortaleciendo a quienes debían ser enfrentados, el deterioro de la seguridad, una polarización que convirtió al contradictor en enemigo y una corrupción que se metió hasta el tuétano. Pero tampoco se puede olvidar que otros gobiernos, desde distintas orillas, también alimentaron la polarización y la desconfianza. Gobernar nunca ha sido un ejercicio ideológico; es, ante todo, la responsabilidad frente a las consecuencias de sus actos.

Hoy, en plena transición, el canto de las sirenas suena con fuerza. Canta la tentación de gobernar solo para sus votantes, olvidando un país fragmentado y dividido. Canta, con particular crudeza, la posibilidad de enfrentarse no solo a la oposición, sino incluso a quienes defienden los mismos principios y las mismas causas. Canta la retaliación, la impaciencia y la soberbia de creerse inmunes a los errores del pasado.

El peligro no está en escuchar esas voces. El peligro está en escucharlas sin estar atados al mástil.

Abelardo de la Espriella llega a la Presidencia generando esperanza, con un mandato claro de seguridad, de orden y de reconstrucción, un mandato que es legítimo y necesario. Pero el verdadero reto está en demostrar que se puede escuchar el canto de las sirenas —el del poder, el de la adulación, el de la impaciencia, el de la retaliación y la venganza— y no saltar. Será el de hacer ese proceso interior que Odiseo hizo, mirando de frente lo que se desea y lo que se teme, pasar la página, dejar atrás las heridas de campaña e integrar el conocimiento de los errores propios y ajenos… para que prime la sensatez.

Odiseo no sobrevivió porque fuera invencible. Sobrevivió porque fue consciente de su propia fragilidad y decidió amarrarse a tiempo, esa es la lección que el país necesita hoy. Petro se creyó inmune al canto y fue incapaz de gobernar por su arrogancia. Hoy los ciudadanos estamos dispuestos a sostenernos en el mástil de las instituciones, de la Constitución, de la verdad y de la memoria de lo que nos costó llegar hasta aquí.

El regreso a Ítaca nunca fue lineal. Hoy Colombia vive su propia Odisea, llena de tentaciones y de atajos. Nuestro país tiene la oportunidad de demostrar que, después de su propia Troya, ha aprendido a escuchar sin naufragar. Y que solo quien sobrevive al canto de las sirenas puede volver a casa.