Juliana Guerrero tiene 23 años. El presidente de Colombia tiene 65. De esa brecha nació una carrera política que ningún título, mérito o concurso le habrían dado jamás. Pero esta no es solo una historia judicial; es la radiografía de cómo la intimidad reemplaza al mérito. Este es su manual. Léalo con cuidado, tome nota y luego haga exactamente lo contrario.
Regla n.° 1: Olvídese de la universidad, consígase un presidente
El primer paso no es estudiar, ni trabajar ni acumular experiencia. Es conocer a la persona correcta. Juliana Guerrero apoyó la campaña de Petro en Valledupar y, de ese encuentro, nació una posición que ningún título le habría dado jamás. Empezó en la Secretaría de Transparencia con el requisito mínimo de ser bachiller; de ahí saltó al Dapre y luego al Ministerio del Interior como jefa de gabinete. Así funciona el atajo: no hay mérito porque nunca hubo competencia.
Regla n.° 2: Si no tiene el título, consígaselo
Juliana Guerrero no cumplía con los requisitos para ser viceministra. La solución no fue estudiar ni esperar, sino presentar dos títulos universitarios —contadora pública y tecnóloga en gestión contable— que, según la Fiscalía, nunca cursó. Un funcionario de la propia universidad enfrenta cargos por haberlos expedido. Estos documentos fueron cargados al sistema de la Función Pública bajo gravedad de juramento para justificar su nombramiento. Por esto, la Fiscalía le imputó cargos por fraude procesal.
Regla n.° 3: Si las reglas no le sirven, cámbielas
Cuando se descubrió que Guerrero no era idónea para el cargo, la respuesta del gobierno no fue retirar la nominación, sino explorar cómo ajustar los manuales de funciones para que ella encajara. El escándalo frenó el movimiento, pero el intento quedó registrado. Eso no es un simple enredo burocrático; es corrupción. Es el capricho de un presidente que no distingue entre el poder del Gobierno y sus afectos personales.
Regla n.° 4: Falte a la Fiscalía, pero no al poder
El 27 de febrero de 2026, Juliana Guerrero tenía su audiencia de imputación. No se presentó. Alegó falta de un abogado de confianza. El 10 de marzo: nueva fecha, nueva ausencia, nueva carta pidiendo aplazamiento. Sin embargo, el 9 de marzo sí apareció puntual en la sesión del Consejo Superior de la Universidad Popular del Cesar para elegir rector. La justicia podía esperar; la burocracia, no. Su voto fue determinante para elegir al nuevo rector en una sesión de apenas ocho minutos y sin el cuórum completo. Una universidad con un presupuesto de 170.000 millones de pesos anuales quedó en manos de alguien que nunca terminó su propia carrera.
Regla n.° 5: Cuente con el presidente
Frente a todo lo anterior, Gustavo Petro no retiró su apoyo ni pidió explicaciones públicas. No la separó del cargo; la defendió. Se empecinó en su nombramiento y, aunque el escándalo le impidió hacerla viceministra, la mantuvo en el círculo del poder. Ese respaldo no es lealtad: es complicidad. Y la complicidad, cuando se ejerce desde el poder, se llama corrupción.
Epílogo: Lo que el manual no dice
Este manual tiene una víctima invisible: los jóvenes colombianos que sí estudian, que madrugan, que presentan el Icfes y terminan sus carreras solo para descubrir que el Gobierno le abre las puertas de par en par a quien ignoró todo ese esfuerzo.
Pero hay otra víctima: la propia Juliana Guerrero. A sus 23 años, en lugar de construir un camino propio, apostó su futuro a una relación con el hombre más poderoso del país. Cambió el esfuerzo por el acceso, los títulos por los contactos y los principios por el poder. Hoy enfrenta cargos penales, el escarnio público y una carrera que nunca fue suya, sino un préstamo.
Juliana Guerrero no es el problema. Es la prueba de que este gobierno no vino a cambiar el país; vino a repartírselo.
