Algo grande está ocurriendo. Con ese título, el inversionista estadounidense Matt Shumer desató una tormenta la semana pasada. Su ensayo, que llegó a los rincones del mundo tecnológico y empresarial de Silicon Valley, sostiene que el público en general no dimensiona aún las capacidades actuales de la inteligencia artificial y compara su estado de ignorancia con febrero de 2020, en los días previos a la pandemia de covid-19, cuando pocos creían las advertencias de un cambio inminente, justo antes de que el mundo se detuviera.
Casi 100 millones de visualizaciones después, Shumer aclaró que su texto “no estaba destinado a asustar a la gente”. Probablemente sea demasiado tarde.
Su tesis se basa en lo que describe como señales de una aceleración técnica que supera las previsiones más audaces. Los indicadores de capacidad en los modelos de lenguaje y la autonomía de los agentes digitales sugieren que el ritmo de avance ya no es lineal y enfatiza cómo esta velocidad de vértigo plantea interrogantes urgentes sobre la estabilidad de las estructuras económicas y los protocolos de seguridad de los que dependemos hoy.
No es, por supuesto, un temor nuevo. Por años, múltiples voces han advertido que la industria se aproxima a un umbral en el que la supervisión humana será insuficiente frente a la complejidad de los sistemas autónomos. Shumer advierte que quienes usan los planes más avanzados de la mayoría de los servicios comerciales disponibles se encuentran, al menos, un año adelante del resto de nosotros. La trayectoria actual, dice, apunta hacia cambios de gran magnitud en el corto plazo.
Los sistemas actuales dejaron hace rato de ‘procesar’ información y exhiben una capacidad de planificación y análisis que hasta hace poco se consideraba exclusiva del intelecto humano. La transición hacia los sistemas de agentes autónomos que estamos presenciando altera de raíz la cadena de valor.
En este punto, puede que alguien acuse a Shumer de alarmista, pero lo cierto es que no está solo. Esta semana conocimos la salida de Zoë Hitzig, investigadora de OpenAI, quien se confesó desilusionada con el cambio de rumbo de la compañía. En declaraciones a The New York Times, afirmó que la búsqueda de ganancias millonarias ha llevado a la otrora idealista startup a “anular sus propias reglas” sobre la protección de los usuarios.
A esto se suma la renuncia de Mrinank Sharma, del equipo responsable de implementar salvaguardas en Claude, de Anthropic. Sharma dejó el desarrollo del popular chatbot con una ominosa advertencia: “El mundo está en peligro. Y no solo por la IA o las armas biológicas, sino por toda una serie de crisis interconectadas que se desarrollan en este mismo momento”. El riesgo, señaló, no radica únicamente en la posibilidad de errores técnicos, sino en la pérdida de control sobre modelos que adquieren capacidades imprevistas durante su entrenamiento. “Nuestra sabiduría debe crecer en igual medida que nuestra capacidad para influir en el mundo, o enfrentaremos las consecuencias”, sentenció.
Desde una perspectiva económica, este pronóstico golpea directamente el mercado laboral. A diferencia de olas de automatización anteriores que afectaron labores manuales, el escenario actual involucra el reemplazo de tareas cognitivas de alto nivel. Algoritmos capaces de redactar informes legales, realizar diagnósticos médicos o desarrollar código complejo desplazan la demanda de mano de obra en sectores estratégicos. La productividad aumenta, sí, de forma exponencial, pero la distribución de la riqueza y la estabilidad del empleo sufren una presión probablemente sin precedentes.
Lo vemos —y lo seguiremos viendo— en Colombia, y por eso gobiernos y empresarios enfrentan el reto de implementar revisiones de manera efectiva... y urgente. Los gobiernos y los directivos de las grandes corporaciones enfrentan el reto de implementar estas revisiones de manera efectiva. Se requiere una transformación de los flujos de trabajo y una inversión masiva en la capacitación de los equipos técnicos que todavía tienen sus puestos. Los estudios indican que las compañías que logran integrar con éxito sistemas inteligentes en su operativa diaria obtienen ventajas competitivas que los actores más rezagados tardan años en igualar. La brecha entre las organizaciones que adoptan estas tecnologías y las que mantienen modelos tradicionales se ensancha cada día más.
La trayectoria de los próximos meses determinará si la sociedad posee la capacidad de llevar las riendas de una tecnología que evoluciona con mayor rapidez que sus leyes. La advertencia de Shumer resuena como un recordatorio de que la cruzada de la innovación no puede librarse sin considerar la responsabilidad ética de cada nuevo desarrollo.
Es un equilibrio difícil de mantener, pero se requiere actuar con prudencia y firmeza para asegurar que los beneficios del avance tecnológico lleguen a la mayoría, mientras se construyen las barreras necesarias contra las amenazas que ese mismo avance puede generar si se les permite a quienes lo impulsan actuar sin restricciones claras.
Y en lo que atañe a los trabajadores, el llamado no es a temer, sino a actuar. Los próximos años van a sacudir, es cierto, un número de actividades y de industrias, pero probablemente aún tengamos tiempo antes de que el ‘momento covid’ que vaticinó el experto muestre sus reales alcances. Lo que pasa es que ese tiempo no hará la menor diferencia, a menos que gobiernos, empresas e individuos lo usen para prepararse.










