OPINIÓN

Miller Soto

El rugido del Tigre

Pero ninguna copa se levanta en soledad, y sería mezquino celebrar el triunfo sin honrar a sus estrategas.
24 de junio de 2026 a las 10:00 a. m.

Hay victorias que se imponen con la elocuencia implacable de lo evidente. La de Abelardo De La Espriella pertenece a esa estirpe. Más que una elección, lo suyo fue la conquista de un torneo entero, disputado partido a partido, donde a la final llegó con exceso de goles. Reducir el 21 de junio a una simple derrota de Iván Cepeda es conformarse con mirar el marcador y perderse la magnitud del campeonato.

En octavos de final, el rival fue el desprecio. Esa arrogancia de salón, finamente vestida en las tertulias capitalinas, que jamás se rebaja al debate porque le resulta más higiénico convertir al adversario en meme o en chiste de sobremesa. Abelardo tuvo que abrirse paso a codazos entre una élite que, desde su miopía, lo subestimaba como a una caricatura. Esa ronda la ganó a pulso, en cancha ajena y sin árbitro.

En cuartos lo aguardaba un bloque más denso. El Centro Democrático con Paloma a la cabeza, en alianza con otros partidos, gremios y media clase dirigente empujando desde la retaguardia, se presentaron como la suma de pesos pesados de la política tradicional, unidos en una consulta diseñada para aplastar multitudes, pero Abelardo, sencillamente, los sacó de la cancha.

La semifinal, más oscura, se jugó contra el sicariato digital. Enfrentó a un ejército industrial de fake news y difamación corporativa. Le prefabricaron propuestas, le endosaron frases ajenas y le esculpieron un monstruo a la medida a punta de montajes repetidos con rigor marcial. Una legión de bodegueros a sueldo trabajó horas extras para venderle al país la pesadilla que ellos mismos inventaron. Pero Abelardo, en vez de caer en la trampa de desmentir cada infamia una por una, ganó sobreviviendo a ese diluvio de falsedades siendo cada vez más auténtico y veraz.

Y entonces llegó la final en la que le tocó enfrentar al petrismo y a su heredero natural, Iván Cepeda. Un oficialismo que no saltó al campo con juego limpio, que entró arrastrando el lastre del clientelismo y la corrupción, financiado por los compradores de conciencias, con el peso del aparato estatal a su entero servicio y respaldado por la inercia de medio siglo enseñándole a Colombia a votar bajo la sombra y el yugo del fusil.

Si a Cepeda se le restan esos votos prestados, los comprados y los extorsionados por el miedo; lo que queda no es una elección reñida, sino una indigencia electoral que ni sus operadores más audaces podrían maquillar. Abelardo no necesitó esas muletas. Llegó limpio y, aun así, arrasó.

Pero ninguna copa se levanta en soledad, y sería mezquino celebrar el triunfo sin honrar a sus estrategas. Junto a Abelardo, Carlos Suárez y Joaquín Gutiérrez fueron los arquitectos de esta hazaña; los que entendieron temprano que el poder no se conquista con actitudes postizas y en escenarios hipócritas, sino en la trinchera obstinada y silenciosa de la estrategia. Ellos fundieron los cimientos; Abelardo puso la cara, el pecho y la convicción; y todo el equipo de trabajo puso entrega y fervor. Juntos edificaron una realidad monumental que ya nadie puede ocultar.

Por eso, cuando en el futuro alguien intente resumir la historia del 21 de junio de 2026, no permitan que se quede en el frío marcador. Exijan la verdad completa. Que cuenten cómo un hombre, al que dieron por sepultado en cada fase, fue el único que jugó el torneo con la certeza de haberlo ganado desde octavos.

Los demás, ilusos, apenas llegaron a competir. El Tigre llegó, simplemente, a rugir.