El problema del senador Iván Cepeda Castro no es que sea comunista, que lo es. El problema es que está despistado. No se entiende cómo una persona que ha crecido en el contexto social y político en el que él vivió insista, en pleno 2026, en unas ideas fracasadas que, allí donde se implantaron, han producido ruina económica y social.
Cuando Cepeda era un niño, en los años sesenta, su padre, acosado por su cercanía con grupos de extrema izquierda, tuvo que exiliarse con su familia en la entonces Checoslovaquia. Ese país, como buena parte de Europa del Este, hacía parte de la llamada Cortina de Hierro: un bloque bajo la influencia del comunismo soviético, en el que también estaban Polonia, Rumania, Bulgaria y Alemania Oriental.
Cepeda vivió allí hasta 1968, fecha en la que ocurrió un levantamiento conocido como la Primavera de Praga, en el que millones de checoslovacos se alzaron contra el régimen oprobioso y empobrecedor de Moscú. ¿El resultado? Los jerarcas soviéticos enviaron tanques para aplastar a la población praguense que, lejos de lograr su cometido de darle rostro humano al comunismo, vio cómo el puño de hierro de aquel régimen se apretaba.
Con posterioridad, él y su familia se dirigieron hacia la Cuba de Fidel Castro. Para ese momento, la Revolución no llevaba ni una década y aún los intelectuales latinoamericanos la romantizaban. Ad portas estaba el mundo de ver el primer golpe de realidad de ese régimen: el caso del poeta Heberto Padilla, quien, por hacer algunas críticas —ni siquiera virulentas— al manejo de la Revolución, terminó encarcelado, mismo destino de miles de cubanos que se han atrevido a desafiar esa tiranía familiar.
Años después, regresó a Colombia, donde —según ha contado él mismo— inició su vida de agitador político con el respaldo de sus padres, quienes lo felicitaban cada vez que debían sacarlo de la cárcel, presumiblemente tras su participación en revueltas y asonadas.
A continuación, cursó sus estudios universitarios en Bulgaria, país que entonces se encontraba completamente pauperizado por el comunismo, siendo uno de los más pobres de Europa.
¿Tan despistado estuvo Cepeda como para no darse cuenta de la realidad que lo rodeaba? ¿Tan concentrado estaba en reforzar su sesgo a favor de la tiranía del proletariado que no percibió la miseria económica y social en la que vivía?
Tal parece que él no se dio cuenta, pero muchos otros sí se enteraron. Por ejemplo, Jan Palach, un joven praguense de 20 años quien, en 1969, abrumado por el oprobioso régimen comunista que aplastaba su país, decidió ir a la Plaza Wenceslao —esa misma que con seguridad era transitada por el niño Iván Cepeda— e inmolarse prendiéndose fuego como forma de protesta.
Y a partir de ahí, muchos se han dado cuenta. Hoy, hablar de comunismo en los países de la otrora Cortina de Hierro es una afrenta contra sus habitantes.
Y no es para menos. Los hechos dan cuenta del desastre. En 1990, tras la caída del comunismo, el PIB per cápita de Checoslovaquia era de 3.969 dólares y el de Bulgaria de 2.366 dólares. Para que el lector tenga perspectiva, en Colombia esa misma cifra ascendía a 1.474 dólares.
Hoy, 36 años después, esos países abrazaron la economía de mercado, se integraron a la Unión Europea y le abrieron las puertas a la libertad. ¿La consecuencia? Hoy los checos tienen un PIB per cápita de 31.823 dólares y los búlgaros de 17.596 —siendo este uno de los países que más tardó en transitar hacia una economía de mercado dentro de la extinta Cortina de Hierro—. Nuevamente, para poner en perspectiva, Colombia apenas alcanza los 7.919 dólares. De Cuba ya ni hablemos: su miseria es hecho público y notorio.
El contraste entre el comunismo soviético y la moderna economía de mercado que han adoptado esos países es tan palpable que me permito realizar la siguiente propuesta: entre varios colombianos, juntémonos y paguémosle a Cepeda un tour por aquellos territorios de su juventud. Que él mismo vea y compare con sus propios ojos la pobreza de su niñez con el progreso de hoy. Así, de paso, sale del despiste, abandona ideas desuetas por fracasadas y encauza sus propuestas para Colombia en torno a procesos exitosos, y no al seguro fracaso que se desprende de su programa.
Si tras ese viaje insiste en sus ideas, entonces sabremos que el problema no es de despiste, sino de terquedad y contumacia.
