OPINIÓN

Carlos Iván Pérez

La jaula de Paloma

La fórmula ha logrado ganar impulso y posicionarse en la contienda, pero las diferencias no resueltas obligan a calcular cada decisión. Esa falta de claridad limita su proyecto, genera incertidumbre en el electorado y, de no resolverse, puede afectar su capacidad de gobernar.
20 de marzo de 2026, 10:00 a. m.

“Ni chicha ni limonada”, decía Horacio Serpa para referirse a posturas que evitan la claridad. En una contienda presidencial que sigue abierta, la fórmula Paloma-Oviedo logró ocupar la agenda mediática y generar expectativa sobre la unión nacional. Todo indica que su candidatura seguirá creciendo en las encuestas; su apuesta por ampliarse electoralmente le permitirá sumar apoyos de buena parte de los partidos. La verdadera disputa se da por los votos de opinión, la clase media y los indecisos. Es ahí donde aparece su principal riesgo: avanzar sin una idea clara de proyecto.

Ese riesgo no se agota en la campaña. La falta de claridad puede generar incertidumbre en el electorado y condiciona la capacidad de gobernar. Cuando un proyecto intenta representar sectores tan distintos sin definir con precisión su rumbo, termina obligado a responder a expectativas incompatibles entre sí. El resultado es un gobierno que calcula cada decisión para no perder apoyos, en lugar de ejecutar con dirección.

Colombia ya vivió eso con Iván Duque, que aspiró a gobernar para todos, pero en la práctica terminó sin gobernar para alguien. Durante el estallido social, su gobierno evidenció una doble falencia: le faltó la sensibilidad para conectar con la realidad de los colombianos y el carácter para enfrentar a las células urbanas que vulneraron los derechos de la ciudadanía. Permitió que se consolidaran focos de violencia en barrios residenciales, no logró restablecer el Estado de derecho y dejó que situaciones como la de Cali se salieran de control. El resultado fue incertidumbre, víctimas y pérdida de autoridad.

La lección es clara: sin una idea definida de gobierno, el cálculo político termina reemplazando la capacidad de ejecución. La pregunta es inevitable: ante un contexto similar, ¿cómo actuaría Paloma para mantener el orden?, ¿permitiría, como Duque, protestas incluso cuando ello implique restringir el uso de ambulancias, servicios esenciales y comprometer la fuerza pública?

Si quiere evitar la suerte de Duque, la fórmula deberá definir el gobierno que propone. Eso implica hacer explícitos, sin ambigüedades, los acuerdos que le dieron origen, más aún cuando sus competidores han hecho de la coherencia su principal activo político. Por un lado, la izquierda reafirma su proyecto con la fórmula Cepeda-Quilcué; por el otro, la extrema derecha de Abelardo-Restrepo exhibe una alineación ideológica sin fisuras. Más allá de los gustos, el electorado sabe qué representan esas dos campañas. Aquí, en cambio, la duda sigue abierta.

Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo piensan distinto. Su narrativa gira en torno al progreso a partir de las diferencias, con lo que estoy de acuerdo, pero su primera entrevista conjunta dejó en evidencia que esa convergencia aún no está consolidada en una propuesta clara. Más que una alianza orgánica y representativa, algunos sectores han percibido la coalición como una simple jugada estratégica.

La entrevista publicada el domingo por la revista Cambio expuso diferencias entre Valencia y Oviedo en temas como la JEP, la adopción por parejas del mismo sexo y la legalización de la marihuana. No son asuntos urgentes ni es necesario que coincidan. Sin embargo, coincidir en algunos puntos no basta; una candidatura debe ofrecer una visión integral de lo que ocurrirá en el país. No se trata de eliminar las diferencias, sino de dejar claro cómo se tramitarán cuando llegue el momento de que el Estado actúe.

El momento más incómodo del reportaje, y por el que se hizo viral, llegó cuando Paloma, tras evasivas, afirmó que no estaba de acuerdo con que su fórmula vicepresidencial adoptara un niño por su condición de hombre homosexual. Oviedo no tenía por qué quedar expuesto de esa manera. Bastaba una conversación previa para responder con solvencia esas preguntas previsibles sin perjuicio de lo que pensara.

La escena generó una ola de escepticismo. En los votantes de centro hay dudas sobre si lo de Juan Daniel es una coalición representativa o una genuflexión política, mientras que en los sectores más radicales del uribismo existe la percepción de que Valencia está traicionando sus principios al elegirlo como vicepresidente.

Luego de Cambio, Oviedo concedió una entrevista a María Jimena Duzán en la que afirmó que su eventual gobierno garantizaría los recursos de la JEP y que la siguiente administración definiría su continuidad. Esa postura no ha sido ratificada por Paloma, y no es un detalle menor.

Aunque Valencia hace parte del Centro Democrático y cuenta con el respaldo de Álvaro Uribe, su electorado no se limita al partido. El uribismo es más amplio y, en sus sectores más conservadores, ya enfrenta fugas hacia otras candidaturas. En ese contexto, respaldar abiertamente la financiación de la JEP —bandera del gobierno de Juan Manuel Santos— puede leerse como una concesión al santismo y alejar votantes clave.

Si quieren proyectar solidez, ganar espacio entre los indecisos y no confundir a los votantes de centro o de derecha, ambos deben sostener públicamente las mismas posiciones. El problema no son las diferencias, es la incertidumbre. Esto no solo afecta la percepción del electorado; también condiciona la capacidad de gobernar. Un proyecto que no logra definirse en campaña difícilmente podrá ejecutar con claridad en el poder.

Con ánimo de construir en la diferencia, quedan entonces algunas preguntas inevitables para Paloma: ¿en qué cambió su proyecto tras el anuncio de su fórmula? ¿Comparte plenamente las posturas que ha expresado Juan Daniel en temas como la JEP? ¿Qué garantías ofrece a quienes ven en Oviedo una representación distinta al uribismo? ¿Y qué papel jugarán los liderazgos que se sumaron tras la Gran Consulta?, ¿tendrán una incidencia real en la toma de decisiones o su participación será más bien consultiva frente a un gobierno definido por ella?

Ahí radica la verdadera jaula de Paloma. No la limitan sus contradicciones, sino el cálculo político que le impide resolverlas. Para convertir el impulso que hoy genera su fórmula en una opción real de poder, tendrá que salir de la jaula, definir su proyecto y asumir el costo de hacerlo. Si la visión de Colombia que construyó con Oviedo es precisa y sincera, los votantes la premiarán en las urnas.