El cuatro de septiembre a las 5:45 de la tarde, mi hermana Beatriz entregó su espíritu. Sus últimas palabras fueron dirigidas al médico que comenzaba a inyectarle las drogas que le producirían la muerte: “Doctor, se le está saliendo el líquido”. No dijo más. Cerró los ojos, su rostro permaneció sereno, no hubo convulsiones. Solo silencio y placidez. Todo sucedió en quince eternos minutos. Entonces pensé en las palabras de Jesús ante Pilatos: “Mi reino no es de este mundo”. Ella creía en ese cielo cristiano que es perdurable, y cada día dialogaba con “mi Señor Jesús”. Esa comunión, que es mucho más profunda que la comunión ritual, la confortaba de la tristeza y dolor que padecía desde años atrás, que se agravaron durante los últimos meses.
Sentado al lado de su lecho, tuve conciencia en que el cuerpo, que ha sido a lo largo de la vida el gran instrumento de nuestra libertad, muchas veces deja de obedecernos y se convierte en carcelero. Esa simbiosis maravillosa entre cuerpo y alma, en la que no solemos reflexionar porque vivimos —y está bien que así suceda— bajo la implícita (y falsa) promesa de la inmortalidad, desaparece súbita o paulatinamente.
Agobiada por la adversidad, mi hermana hizo ante su EPS la solicitud de eutanasia. No hubo una pronta respuesta. En medio de la crisis sistémica que vivimos en el sector salud casi nada se resuelve con celeridad. Fue una amarga experiencia intentar hablar con algún ser humano en la fase previa. La espera de una respuesta del “call center” suele ser muy frustrante.
La tecnología es, con frecuencia, un factor de deshumanización. Ese muro casi infranqueable es todavía más duro para personas ancianas, carentes de destrezas en el manejo de computadores y celulares, en especial si no tienen un “ángel de la guarda” que las acompañe. Una tragedia social creciente, como consecuencia del envejecimiento acelerado de la población. Ustedes, caros lectores, deben haber visto a viejos pobres y solitarios, cuya vista menguada les impide ver las minúsculas pantallas de sus arcaicos teléfonos, deambulando, buscando quien les preste ayuda, por las salas de espera de los hospitales.
Debo añadir, sin embargo, que cuando se produjo el reconocimiento del derecho de mi hermana a morir, la situación cambió radicalmente. La delicadeza, solidaridad y eficiencia del personal médico y paramédico fueron óptimas. Recuerdo con especial gratitud a las doctoras Margarita y Marisol y a la enfermera Sofía.
No puedo saber si todavía estaría clamando por una respuesta bajo los protocolos institucionales porque finalmente opté, luego de mucho vacilar, por pedir ayuda a un amigo. La palanca funcionó y lo que hasta entonces era una posibilidad abstracta, comenzó a tener concreción: mi hermana podría acceder, en el momento que fijara, a la eutanasia en su modalidad activa, que es una intervención médica encaminada a producir la muerte de quien la solicita encontrándose en pleno uso de sus capacidades mentales.
El ejercicio de ese derecho, que es una manifestación suprema de la libertad, inicialmente dependía de que el solicitante se hallare en condición terminal. Por fortuna, en fecha reciente, la Corte Constitucional decidió que basta que la magnitud del dolor o del sufrimiento sean intolerables para que deba aceptarse su voluntad. Como solo quien sufre sabe la magnitud de su sufrimiento, este viraje jurisprudencial amplió la autonomía para decidir sobre el fin de la propia vida.
Es posible que el paciente que quiere acceder eventualmente a la eutanasia activa, en el futuro pueda carecer de capacidad para expresar su consentimiento. Por eso existe un formulario de “voluntad anticipada, solicitud de cuidados paliativos y adecuación de Esfuerzo Terapéutico”. Aunque estoy en la plenitud de la vida, y espero vivir otros mil años, ya lo he firmado. No quiero que mi familia tenga que padecer conmigo una situación trágica, y que yo carezca de capacidad para expresar mi deseo de morir. Esa voluntad previa es suficiente.
La otra modalidad de eutanasia es pasiva; consiste en sedar a un paciente, que se halla en situación terminal, sin suministrarle alimentación por vía intravenosa. La muerte ocurrirá en pocos días sin dolor y angustia. Es una buena muerte. La he presenciado.
Una vez definido que mi sufriente hermana podía acceder a la eutanasia, tuvo que enfrentar un problema ético muy complicado: su relación con “mi Señor Jesús” con quien cada noche entraba en comunicación silenciosa. O no con Él propiamente, sino con la Iglesia Católica que, al igual que algunas iglesias evangélicas (no todas), rechaza la eutanasia activa, aunque acepta —y esto es importante decirlo— la eutanasia pasiva. Aspiraba a que un sacerdote le dijera, bajo el ritual de la confesión, que no iba a cometer pecado. Es para mi incomprensible de qué manera un jesuita dotado de sabiduría y compasión, a pesar de compartir la radical posición de su iglesia, le dio paz interior en un par de conversaciones que a solas tuvieron.
Resueltas las cuestiones logísticas y las verdaderamente importantes que son las que tienen que ver con la ética y la fe en el más allá, Tiz —así la llamábamos— con enorme coraje y valentía definió día y hora para ese viaje hacia lo ignoto, cuyo término puede ser Dios o la nada. Así comenzó un conteo regresivo; quizás peor que el del condenado a muerte, que cada amanecer renueva su esperanza de permanecer vivo, hasta cuando llega el momento en que lo conducen al cadalso o, en raras ocasiones, le conmutan la pena.
Esos días de intensa unión familiar son para mi inolvidables. A la espera del día señalado, nos visitaron, sin que de ello habláramos, los recuerdos de la infancia, ese país maravilloso que juntos gozamos y mucho padecimos. Fue sublime y bella su dignidad ante la muerte. En la mañana de aquel día, que nunca olvidaré, se bañó escrupulosamente y peinó con cuidado su hermoso pelo blanco. Quizás cuando yo muera ya nadie más recordará que tenía los ojos verdes como los de mi padre. En la clínica, a la espera de lo que ella tenía claro, no derramó una sola lagrima mientras los suyos nos turnábamos para asirle la mano con infinito amor.
Kalil Gibran fue un gran poeta libanés del siglo pasado. En su libro “El Profeta” escribió:
Deseas conocer el secreto de la muerte
Pero no lo podrás hallar si no lo buscas
En las entrañas de la vida.
…
Si quieres aprender de verdad el sentido de la muerte,
Abre de par en par tu corazón al cuerpo de la vida
Porque vida y muerte son una sola cosa,
así como son un todo el río y el mar.
Gibran no concibe la muerte como interrupción, sino como continuidad. La vida y la muerte son dos movimientos de una misma respiración cósmica. La muerte es el momento en que el alma deja de estar atada a la tierra y vuelve a la fuente de donde provino. La muerte no es un enemigo, sino un regreso al hogar.
Es lo que quisiera creer y no creo. No obstante, ahora me siento más humano. Sé que para morir hemos nacido.
