En reciente reportaje, el camarada y candidato Iván Cepeda dijo: “Yo he sido partícipe de este gobierno, he contribuido a elaborar su política (…) Soy amigo personal del presidente, lo conozco hace 40 años, lo respaldo y lo defiendo”.
Sin embargo, en esa misma ocasión señaló que la constituyente no es su prioridad inmediata (¿mediata sí?). En su lugar, afirmó que el país requiere consensos mínimos sobre los problemas que él denomina como “cantados”, entre ellos la crisis del sistema de salud y la seguridad regional. Se coloca así, al menos en apariencia, y solo para el corto plazo, en las antípodas de su mentor y amigo.
A su vez, el presidente dijo hace poco: “Ganar una mayoría ciudadana en el Congreso y aislar la mafia política debe tener como objetivo desatar el poder constituyente”. Y en otra ocasión en La Dorada: “¿Quieren que este programa siga? ¿Quieren que estas reformas sociales sigan y se vuelvan realidad? Entonces, poder constituyente, no hay otro camino, es la nueva fase de la lucha popular”. Fíjense en la contundencia de las palabras presidenciales: la agenda progresista depende, sí o sí, de la constituyente.
Por si no recuerdan, yo lo haré por ustedes. En el ‘Doctor Jekylly y el señor Hide’, una novela de terror de Robert Louis Stvenson, la trama gira sobre un trastorno psiquiátrico que consiste en el desdoblamiento de una misma persona en dos identidades diferentes. En la Colombia de hoy para escribir un relato semejante no se requiere un novelista. Basta un cronista.
Aunque mis conocimientos del griego son más bien precarios (me defiendo mejor en arameo), entiendo que la voz “esquizofrenia” proviene de esa lengua e implica la conjunción de dos palabras, la primera es un verbo que significa escindir, dividir o hendir; la segunda es un sustantivo alusivo a la mente.
Así las cosas, y sin rigor científico, pues apenas trato de construir una alegoría, resulta que la esquizofrenia, trasladada al ámbito político parroquial, sería una patología que rompe la identidad plena que siempre ha existido entre esos dos lideres.
Y de uno solo de ellos consigo mismo. Cepeda, como atrás lo registramos, cree necesarias convergencias con otros sectores en ciertos temas. Pero, al tiempo, afirma que no asiste a debates porque sus contendores quieren discutir sobre ideas que no son las suyas. ¿No es esto esquizofrénico?
La cuestión siguiente es qué tanto le creemos. Visto en retrospectiva, Petro es un lobo con piel de oveja. Buscando el apoyo de sectores provenientes de la izquierda liberal, moderó sus posturas, atrajo a su campaña algunos operadores electorales, no todos con buena reputación, y vinculó al gobierno a algunos integrantes de la tecnocracia económica.
Algunos de los primeros fueron artífices del fraude electoral, pues justamente en eso consiste haber superado los topes financieros autorizados. Quien informó al país entero que él, sin ayuda de nadie, consiguió “quince mil barras” para la campaña sigue atornillado a la silla. Los entes estatales que podrían haberlo investigado olvidaron que “los borrachos y los niños siempre dicen la verdad”. A los segundos, los puso “de patitas en la calle”, tratamiento que ha sido aplicado a muchos otros funcionarios con monótona regularidad.
El Petro de hoy no se parece en nada al ciudadano, un tanto tosco, es cierto, que se presentó ante el electorado como idóneo para gobernar en interés de la Nación. Me da la impresión de que, con su hijo putativo, nos quieren dar de nuevo la misma amarga sopa. “Al que no quiere caldo se le dan dos tazas”, dice la sabiduría popular.
La afinidad ideológica y programática entre Petro y Cepeda lo fuerza a aceptar la tesis del bloqueo institucional; es decir, el hecho contundente de que su partido carece de mayorías parlamentarias. Si ganara, le sucedería lo mismo que a aquel; la distribución del nuevo Congreso es semejante a la actual. Por consiguiente, se requiere una ingeniería constitucional profunda para romper el equilibrio de poderes existente y darle un papel de preeminencia al Gobierno en relación con el poder legislativo.
Caben muchas formulas; doy solo una: el presidente sería habilitado para remitir al Congreso proyectos de ley inmodificables en los debates parlamentarios. La única potestad del Legislativo sería rechazarlos por una mayoría elevada. Como ven, se requiere un único “articulito” para eliminar el bloqueo que padece el Presidente, el próximo y los que le sigan. La constituyente Petro-Cepedista tendría igualmente la potestad de restablecer la reelección presidencial inmediata e indefinida.
Los otros actores del bloqueo institucional —traidores, además, del querer popular— son la Corte Constitucional y el Consejo de Estado. Leamos a Petro: “El Estado de derecho es en el que los funcionarios cumplen normas, pero el Estado social de derecho es (sic) donde los funcionarios obedecen normas razonables que llevan a construir equidad y justicia social. La propuesta implícita es escandalosa: no deben existir los controles de constitucionalidad y legalidad, tareas de naturaleza judicial que apuntan a la preservación del orden jurídico. Esos controles, que son inmanentes al Estado democrático, serian sustituidos por juicios de razonabilidad y conveniencia, tareas que son de tipo político. Por esa vía se llega a la tiranía constitucional.
Se lee en la prensa que Cepeda acordó con el presidente (y jefe de debate) que insistir en la Constituyente en medio de la campaña es una carta peligrosa. Que toca disimular como lo hizo su jefe en 2022. O sea que conviene guardarla hasta el día del triunfo….
Briznas poéticas. Lean esta hermosura de Horacio Benavides:
Desea devorarla toda
Tragársela
Ser ella y él por deglución
Y quedar cumplido para siempre
Pero solo logra apropiarse
de una mínima parte
de una brizna que se deshace en su boca.
