Crece la indignación en la derecha por la insustancial pelea de sus dos candidatos. Incomprensible que persistan en el error de atacarse como si fuesen más importantes sus aspiraciones personales, por legítimas que sean, que salvar el Estado de derecho. Parecen no entender lo que Colombia se juega.
No significa que no compitan con estrategias electorales diferentes, solo que tengan presente que el auténtico y único rival está en la orilla de enfrente. Y todos los días, tanto Gustavo Petro, jefe de campaña del
comunista, como su ficha electoral, que no arriesga confiado en que lo llevarán en volandas al Palacio de Nariño, dan papaya a montones.
Es una certeza que, si Cepeda llegara a vencer, no tendrá reparos en pisotear la democracia, igual que Aida Quilcué, lideresa social que representa a una dirigencia excluyente, violenta, segregacionista y corrupta. Los sangrientos enfrentamientos en Silvia entre misaks y nasas dejan patente que su liderazgo es escuálido, irrelevante. No escuchamos que pidieran su intermediación pese a ofrecerla Quilcué en un video carente de carisma y emoción. Si ni siquiera recurren a ella en momentos tan graves para su gente, qué puede esperar la nación.
Y dado que seguimos sin conocer el verdadero estado de salud del ultraizquierdista, no cabe descartar que tenga recaídas y sea su vicepresidenta, que no completó el bachillerato, la que lo sustituya en sus ausencias, si llegaran a producirse. Resulta paradójico que exijan grado y especialización para ocupar un cargo administrativo en el servicio público, y cero títulos para regir los destinos de un país.
Una diferencia sustancial, en la que nada tienen que ver el género y la raza, con José Manuel Restrepo y Juan Daniel Oviedo. Posee más quilates el exministro de dos carteras y exrector, pero el exdirector del Dane demostró ser un excelente profesional. Ambos serían un lujo para integrar un Gobierno presidido por Abelardo o Paloma, un salto cualitativo que garantizaría contar con los mejores profesionales en el gabinete, imprescindibles para superar la catástrofe económica y social que dejará el Ejecutivo petrista, desbordante de mediocres.
Cada proyectil de Paloma hacia Abelardo o viceversa provoca un estallido de rabia entre quienes temen la continuidad de la izquierda radical. Y otro estallido, pero de felicidad, en las toldas cepedistas.
Lo frustrante es que nada augura un cese de hostilidades en los pocos días que restan hasta el 31 de mayo; no parece que la sensatez les hará recular. La entrada del exsecretario de la OEA, para insultar a su futuro aliado, es otro ejemplo de absurda torpeza.
Al margen de encuestas y especulaciones, circulan una serie de escenarios en los cenáculos políticos. Citaré unos de esta semana; en la próxima pueden variar.
Una parte de la ciudadanía opositora vive convencida de que solo con el centro, que atrae Paloma, pueden ganarle a Cepeda. Pero no está claro que sea un votante fiel en la última hora. Si la vieran en una tarima con Uribe, algunos irán a ver ballenas. Ese espectro es muy fuerte en Bogotá y, para pasar a segunda, Paloma-Juan Daniel necesitan sacarla del estadio en la capital, su feudo principal.
En Antioquia las fuerzas andan divididas. Uribe arrastra votos hacia su candidata, pero mucho furibista considera que votar por Abelardo no supone traicionarlo, sino apostar por el puño de hierro que tanto añoran.
La costa Caribe se la reparten el Tigre y Cepeda. Poco morderá Paloma.
El occidente es petrista, pero en Cauca, donde las diferentes guerrillas presionan a favor del comunista, escuché el nombre de Abelardo como alternativa. A Paloma, caucana pura cepa, la debilitó el odio y el resentimiento que Petro y Cepeda han esparcido con sevicia hacia ella.
Si bien en las encuestas los indecisos aparecen con porcentajes pequeños, podrían ser decisivos. Los que no quieren la continuidad del petrismo y se inclinan por el voto útil aguardarán señales, consejos, adivinanzas, hasta el último minuto. Y como el odio mueve montañas en las presidenciales, máxime en tiempos en los que las redes sociales son determinantes, hay que calcular a quién odian más los centristas que aún no se decantan por ninguno. ¿A Uribe, a Abelardo, a Petro?
Lo único seguro es que, si venciera Cepeda, el país que suspira por el auténtico cambio no perdonará las absurdas disputas de sus dos candidatos. Dará igual quién empezó la pelea, quién fue más torpe, quién tuvo más culpa. Colombia merece otro destino, un golpe de timón. El petrismo deja un legado de violencia, desprecio a la democracia y división, que acrecentará Cepeda.
El 31 cerraremos el primer capítulo de las presidenciales más violentas de los últimos años porque así lo quiere la izquierda.
NOTA: Quilcué estará feliz con la última cacicada del Gobierno para beneficiar al Cric. Como no sacian su codicia con los fondos multimillonarios que reciben, Petro quiere regalarles el monopolio en Colombia del cannabis medicinal, apartando a los empresarios del sector.
