No debería estrechar su mano empapada de sangre. La del responsable de un sinnúmero de asesinatos, torturas y secuestros, además de insaciable ladrón de fondos públicos.Si Gustavo Petro insiste en realizar operaciones militares en la frontera con el Gobierno chavista, el ministro Pedro Sánchez podría presentar su dimisión antes de planear nada con un criminal de nutrido prontuario.
Nadie con un ápice de dignidad castrense aceptaría, como a un igual, al capo Gustavo González López, sustituto del capo Vladimir Padrino en el Ministerio de Defensa chavista. Sería igual que si ordenaran coordinar sus tropas con el heredero del Chapo Guzmán.
El nuevo ministro de Delcy Rodríguez, vulgar asesino serial, fue director del Sebin (Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional) durante diez años, aunque en 2018 le aconsejaron aceptar la dimisión tras el crimen de Fernando Albán.
El concejal de Primero Justicia, arrestado bajo falsas acusaciones, se encontraba en el piso décimo del Sebin, cerca de la oficina del citado matón, cuando solicitó ir al baño. En el corto trayecto, alguien lo lanzó por una ventana.
Disfrazaron su muerte de suicidio y, como nadie se tragó el cuento y el asesinato despertó repudio internacional, a Maduro no le quedó alternativa distinta a simular que castigaba al culpable con un cese fulminante.
González López permaneció unos meses alejado de la truculenta entidad y, en cuanto bajó la espuma, Maduro lo reincorporó al Sebin porque necesitaba un alma despiadada al frente del aparato represor del Estado.
También lo puso a la cabeza de la OLP (Operaciones para la Liberación del Pueblo), una máquina de matar y encarcelar jóvenes de barrios pobres. La fiscal de entonces, Luisa Ortega, que más tarde se exiliaría, denunció que cometieron 505 homicidios en dos años.
Recuerden, además, que la OLP fue la encargada de expulsar de manera violenta, en agosto de 2015, a miles de familias colombianas afincadas en los estados Táchira y Zulia. Marcaban sus casas, demolieron algunas y los sacaban a patadas.
Las imágenes de madres y niños cruzando el río a pie, cargando sobre sus hombros las escasas pertenencias que lograban rescatar, causaron una ola de indignación en toda Colombia.
No fueron las únicas brutalidades del ministro González López, además de los atracos al erario. Para Delcy Rodríguez, sin embargo, son hechos irrelevantes. Por eso, nada más posesionarse como la suprema lacaya de Donald Trump, lo designó director de la temida DGCIM (Dirección General de Contrainteligencia Militar) y comandante de la Guardia de Honor Presidencial.
Circulan distintas versiones para justificar que la delincuente, que había traicionado a Maduro, escogiera una ficha cercana al sátrapa para cargos de confianza. Una señala una vieja rencilla con Diosdado Cabello y Delcy le brinda la ocasión de vengarse. Otra, que colabora con la CIA y sus informaciones sobre las rutinas de Maduro habrían sido claves en el operativo del 3 de enero.
Sea como fuese, la realidad es que contar con tamaño criminal en Defensa supone un revés tanto para los venezolanos que sueñan con una nación libre como para Colombia.
Difícil comprender que la Casa Blanca acepte, sin inmutarse, que la lacaya mande señales inquietantes de su intención de atornillarse en Miraflores. Escoger a González López supone enviar mensajes nocivos a sus Fuerzas Armadas, tales como que no importan los crímenes que hayan cometido ni la cantidad de fondos públicos robados. O que resultaría fútil rebelarse contra las cúpulas putrefactas de los cuerpos de seguridad del Estado. Ni siquiera la caída de Diosdado serviría de nada, lo sustituirían por otro asesino.
Da la impresión, por tanto, de que Venezuela no avanza hacia elecciones libres y que Trump encuentra cómoda una “dictablanda” que reduzca la corrupción a sus justas proporciones y ofrezca una cara dócil y amable al mundo. Y que, por encima de todo, cumpla sus objetivos petroleros, máxime ante la grave crisis de suministro y alza de precios por la guerra de Irán.
Siempre aposté por la salida forzosa de Maduro y que el aplastante y fervoroso apoyo popular a María Corina, incluido el de miles de militares y policías hastiados del chavismo, derribaría obstáculos y restauraría la democracia.
Porque darles demasiado tiempo a los siniestros hermanos Rodríguez para recomponer sus fuerzas, apalancarse en el Palacio de Miraflores y dejar que continúen campando a sus anchas los corruptos poderes Legislativo y Judicial, dificultará la restauración de las libertades, así como la paz de Colombia.
Sin un Gobierno serio, democrático, al otro lado de la frontera, será imposible arrebatar al ELN Norte de Santander y Arauca, entre otras regiones.
Tocará depositar las esperanzas en Marco Rubio, incansable luchador contra las satrapías latinoamericanas y valedor de Machado. Surge la duda de si será capaz de manejar al impredecible y egocéntrico Trump con la destreza de un equilibrista para alcanzar sus fines. O lo echa antes. Quién sabe.
