OPINIÓN

Salud Hernández-Mora

Tres días de duelo no tapan culpas

Petro lo tuvo nítido desde el inicio: no le interesa ganar un conflicto armado, sino conquistar votos. 
28 de marzo de 2026, 7:45 a. m.

No queda resquicio de honor militar. Sesenta y nueve muertos, cincuenta y siete heridos, algunos graves, y a ningún alto mando se le ocurre presentar la dimisión. Ni hablar del ministro de Defensa.

Sigo sin entender que continúe en su puesto, que se trague las humillaciones y mentiras flagrantes que vomita su comandante en jefe para esquivar sus culpas. Y que no abandone el cargo así para mandar el mensaje a las familias de que ante una tragedia tan espantosa debe asumir la responsabilidad política.

¿Cuántos más tienen que morir para sacudir sus conciencias, para resucitar el decaído pundonor castrense?

Si el Hércules era una chatarra, como clama ese tipo sin categoría profesional ni humana para gobernar una nación, ¿cómo dejaba que siguiera volando?

Y si fuese, como sabemos, una justificación ruin y falaz, ¿no existe un general en la cúpula que presente su renuncia en señal de protesta, ni siquiera el de la FAC que lo dejó en evidencia en el consejo de ministros? ¿No encuentran denigrante suplicar al calumniador que no lo saque por contar verdades?

Será que confían en que resulte suficiente desagravio las banderas a media asta y los tres días de luto nacional que decretó el mentiroso, consciente de que convenía un gesto efectista en época electoral.

Si muchos uniformados encontraban indigno que ni un solo general se haya quejado ante el presidente de los subalternos asesinados por drones de la guerrilla, peor les parecerá que ninguno se retire ante un accidente que desnuda de manera cruel la debilidad de los cuerpos de seguridad estatales.

Y si el motivo de la catástrofe fuese el exceso de peso, como anticipan algunos técnicos, ¿tampoco veremos renuncias?

Estará feliz el exministro y actual embajador ante la Santa Sede que depauperó al Ejército, convencido, al igual que la JEP, de que todo mando castrense es paramilitar.

Lo triste es que hubiese un general dispuesto a pasar por encima de sus superiores para suceder a Iván Velásquez y rematar la faena con sus silencios y cabeza agachada ante el emperador.

Cuando pregunto a coroneles y generales en zona roja por el tiempo que necesitará el próximo Gobierno en recuperar a la Policía y el Ejército, si no vence Cepeda, la respuesta suele ser la misma: entre dieciocho meses y dos años. Supone una señal inequívoca de que Gustavo Petro conoce qué tecla tocar para que suene su melodía al final del periodo presidencial.

Por eso, en lugar de fortificar ambas instituciones, trasladó su populismo al Ejército. Además de fijar un salario mínimo a quienes prestan servicio militar, cuando se dirige a los soldados en los llamados “programas”, pregunta si les mejoraron las raciones, si están mejor alimentados. Y siguiendo su estrategia de lucha de clases, al tiempo que desliza críticas sobre los privilegios de los oficiales, les promete beneficios similares. Parecerán asuntos menores, pero la tropa siente que es un presidente que se preocupa por ellos.

Petro lo tuvo nítido desde el inicio: no le interesa ganar un conflicto armado, sino conquistar votos.

Durante estos años dio infinitas señales de que no considera enemigas a las bandas criminales, salvo a Iván Mordisco, que no le camina y confronta a sus amigos del ELN. Por eso bombardea sus campamentos, así mueran decenas de menores de edad (Cepeda, María José Pizarro y demás hipócritas zurdos ya no lo repudian como cuando gobernaba Duque). Apuesto a que lo cazarán antes de la segunda vuelta para impulsar al ultraizquierdista.

Si Petro hubiese planeado fortalecer las capacidades militares, habría dotado de drones a las estaciones de Policía y batallones más vulnerables.

La criminal invasión a Ucrania puso sobre el tapete la necesidad de contar con ese armamento vital para atacar y defenderse. Prueba de la nula importancia que concedió a ese y otros requerimientos en materia de defensa fue la devolución de fondos que hizo Iván Velásquez y que ni siquiera promoviera modificar la absurda legislación vigente sobre drones. Solo autorizan su uso defensivo, y no como arma de combate.

Tampoco escuchamos a Pedro Sánchez en ninguno de los circenses consejos de ministros televisados elevar la voz con propuestas para cubrir esa y otras lagunas. Solo cuando agoniza el Gobierno y por las elecciones presidenciales, anuncian una tardía inversión en drones. Y lo hicieron de manera tan improvisada y chapucera que los expertos en armamento denunciaron la inviabilidad de la propuesta gubernamental.

Ni hablar de los Gripen, que merecen capítulo aparte. La adquisición de los cazabombarderos menos recomendados por los aviadores colombianos, así como el injustificable elevado precio que pactaron, solo puede obedecer a objetivos inconfesables.

Como no parece que a Suecia le interese investigar un posible acto de corrupción en una empresa de su nación, habrá que confiar en que el siguiente Gobierno, sea Valencia o De la Espriella, levante un tapete que huele a podrido.