Salud Hernández

Opinión

Un caso aberrante

Lo inquietante es que la JEP compre su inverosímil relato que hace aguas por todas partes.

Salud Hernández-Mora
5 de abril de 2025

Cuando uno pensaba que Juan Guillermo Monsalve era la madre de todos los falsos testigos, un tipejo que no superaría un simple examen de credibilidad ante estudiantes primíparos de Derecho, aparece otro personaje para disputarle el récord nacional de contradicciones y mentiras.

Lleva casi el mismo tiempo que el acusador de Uribe vomitando incongruencias. Pero, mientras el exesposo de Deyanira Gómez sigue un libreto escrito por otros y cuenta con una pléyade de asesores de postín, Juan Vicente Gamboa inventa, él solito, su propio culebrón. Nadie lo ayuda a difamar, a calumniar, a mentir de una manera tan burda que insulta la inteligencia.

No debería sorprender su comportamiento. Es un simple asesino que aprovecha la oportunidad de recortar su condena de 28 años por el asesinato de una mujer y, de paso, vengarse del coronel que denunció el crimen. Lo inquietante, lo vergonzoso, es que una fiscal, un juez o la todopoderosa JEP compren su inverosímil relato que hace aguas por todas partes.

Ese tribunal, creado por Santos, la izquierda y las Farc, se sacó de la manga el Macrocaso 08 de Montes de María, aunque las masacres de las AUC fuesen competencia de los jueces de Justicia y Paz. La JEP decidió reabrirlas, así fuese con falsos testigos, con el doble propósito de mandar el falaz mensaje de que todos los oficiales fueron asesinos y cómplices de las AUC y que las Fuerzas Militares resultaron peores que las Farc.

Gamboa, soldado profesional entre 1995 y 2002, declaró haber ejercido de infiltrado del bloque Élmer Cárdenas de las AUC en la Infantería de Marina. Añadió que, por ser un infante de total confianza de sus mandos, asistió a una reunión en la Brigada de la Infantería en Corozal, con los comandantes paramilitares Rodrigo Cadena y Juancho Dique, para planear la masacre de El Salado.

En dicho encuentro, relató Gamboa, los militares entregaron a Cadena un listado de civiles que debían asesinar y ofrecieron 25 infantes para participar en la matanza (en otras ocasiones subió la cifra a 38), puesto que dicho paramilitar adujo que solo contaba con 80 unidades.

Es la primera clamorosa falsedad de una interminable cadena de mentiras, todas desmentidas por los jefes de las AUC, a los que la JEP cree cuando le conviene. La referente a su condición de paramilitar es otra.

Gamboa afirmó que perteneció al Élmer Cárdenas, bajo el mando del Alemán y Don Mario, entre 1998 y 2000. Añadió que con ese grupo presionaron a los electores y que Don Mario lo apreció tanto, que lo envió a un curso de mandos. Pero olvidó que Don Mario fue miembro de las AUC de los Llanos, nunca del Élmer, y que las elecciones se celebraron en 2002.

En el año 2000, dijo, se incorporó al frente Sur de los Andaquíes, en Caquetá, y más tarde pasó al Cacique Nutibara de Medellín. Todo en tiempo récord, en fechas y lugares reservados para los poseedores del don de la ubicuidad.

La JEP prefirió ignorar que los comandantes citados por Gamboa juraron que jamás perteneció a las AUC y algunos alegaron que solo coincidieron con él en traslados carcelarios o en diferentes cárceles.

“Nunca lo conocí y menos lo tuve bajo mis órdenes”, aseveró Elkin Casarrubia, alias el Cura. “Lo vi en 2004 en una remisión judicial y en Itagüí varias veces”, manifestó alias John. “Nunca en mi vida lo había visto. Es un mentiroso o un demente”, adujo Don Mario. El resto declaró en idéntico sentido y el Alemán agregó que jamás tuvo infiltrados.

En cuanto a la incursión a El Salado, las investigaciones rigurosas concluyeron que la ordenaron “los comandantes del bloque Norte, Salvatore Mancuso y Rodrigo Tovar Pupo, alias Jorge 40, y John Henao, alias H2, delegado de Carlos Castaño”. Consideraban la vereda y su área rural un fortín de Martín Caballero, jefe de los frentes 35 y 37 de las Farc, y además de eliminar guerrilleros y colaboradores, buscaban recuperar las cabezas de ganado robadas por los subversivos. La planearon en la finca El 18, no participó ningún militar, nadie ofreció infantes y cada comandante desplazó tropa hasta sumar más de 400 elementos.

Tampoco los guiaba el supuesto listado del militar, sino el dedo acusador de guerrilleros desertores, como alias Avelino y Negro Mosquera, entre otros.

Otra inconsistencia que delata la falsedad del relato es que, según Gamboa, fue testigo de que Cadena anduvo por El Salado durante la masacre. Pero los paramilitares interrogados aseguraron que se quedó en El 18.

Por espacio, apenas trazo unas protuberantes falsedades de las muchas que recogen 5.000 folios y que tienen contra las cuerdas a los oficiales Rodrigo Quiñónez, Ricardo Díaz Granados, Harold Mantilla, Bautista Cárcamo y Gerardo Becerra.

“Que ellos paguen porque yo preso, como autor material y siendo subalterno de ellos y en cumplimiento de mi servicio, y ellos disfrutando en libertad”, mintió el mendaz testigo.

Asusta pensar en una justicia tan injusta como para avalar una avalancha de mentiras solo para fortalecer su narrativa falsaria. Mejor sería que, en lugar de continuar montando esos sainetes que nos venden como juicios transparentes y rigurosos, terminaran los casos a su antojo y mandaran a sus odiados imputados a la cárcel. El sistema judicial no debería seguir quemando su agrietado prestigio en la hoguera de sus inquinas personales.

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