OPINIÓN

Alberto Donadio

Vigencia de La vorágine

“¿Cómo se lee La vorágine hoy, cuando se cumple un siglo de su publicación? Se lee como un torrente prodigioso que nos desborda”: Pablo Montoya.
14 de febrero de 2026, 6:12 a. m.

Cuando falleció en Nueva York en 1928 a los 40 años de edad, José Eustasio Rivera estaba ultimando los detalles de la traducción al inglés de La vorágine, que se había publicado en 1924. The New York Times llamó a la novela “el libro más comentado en Suramérica en los últimos tiempos”. El diario la consideró “una novela autobiográfica que presenta un retrato vívido de los horrores de la selva”. La obra nunca ha dejado de estar vigente, pero en los últimos años, con ocasión del centenario de la publicación, en 2024, se reavivó el interés en la única novela que escribió el huilense Rivera. El 19 de febrero, fecha en que nació el autor, se celebrará en Neiva el Primer Simposio Internacional de Lecturas Contemporáneas de La vorágine, organizado por la Corporación Cultural José Eustasio Rivera.

Afirmó Antonio Caballero, en una nota publicada en 2014, que La vorágine es la gran novela de Colombia, no Cien años de soledad: “La gran novela de España es sin duda el Quijote. Se discute sobre si existe una ‘gran novela norteamericana’, y si es Moby Dick de Melville o Huckleberry Finn de Mark Twain. Para Francia, la duda está entre la interminable Comedia humana de Balzac y la casi igual de larga En busca del tiempo perdido de Marcel Proust. En México, el escueto Pedro Páramo de Rulfo se lleva por delante las docenas de novelas de Mariano Azuela o de Carlos Fuentes. La gran novela de Colombia es La vorágine, de José Eustasio Rivera”. Afirma Caballero que todo cabe en La vorágine: “Empezando por varias novelas: la épica romántica del aventurero Arturo Cova y el folletín lacrimoso del viejo cauchero Clemente Silva, con hija deshonrada, mujer agonizante, hijo fugado, huesos tirados al río. Y caben muchos tonos, muchos lenguajes: el de la denuncia periodística de los horrores del genocidio de los indios y la explotación de los caucheros por la famosa Casa Arana, y al pasar alguna página aparece en persona el legendario Julio César Arana, desnudo, ‘pechudo como hembra’. El lenguaje transido del poeta modernista que era Rivera: a ratos, la novela parece escrita en verso. Y a ratos también alcanza cimas de cursilería. Un ejemplo: ‘Aquellos celajes de oro y múrice con que se viste el ángel de los ponientes, ¿por qué no tiemblan en tu dombo?’ [El dombo verde de la selva]. La prosa de antropólogo: al describir la preparación del cazabe por los indios, escribe Rivera: ‘Echan la mezcla acuosa en el sebucán, ancho cilindro de hojas de palma retejidas cuyo extremo se retuerce con un tremojo para exprimir el almidonoso jugo de la rallada’. Se alternan diálogos naturales, realistas, que corren como agua, con otros impostados y teatrales: ‘Mi porte es la triste máscara de mi espíritu, pero por mi pecho pasan todas las sendas del amor’”.

Decía también Caballero: “La trama de la historia avanza enrevesada y sinuosa, con meandros de río amazónico, y hasta el autor se pierde y olvida por dónde o para dónde va. Y de golpe, como en un raudal inesperado, todo se resuelve en un estallido de violencia: ‘A tal punto cundía la matazón, que hasta los asesinos se asesinaron’. Y, siempre, la agobiadora naturaleza: ‘Las aguas corrían al revés y bandadas de patos volteaban en las alturas’. Y el ruido de las palabras: artificiosamente poéticas, como albicante, que quiere decir ‘notable por su blancura’, o altamente especializadas, como belduque, que es un cuchillo pequeño, o fotuto, que es una corneta rústica. A veces, por el puro placer del ruido, suelta el autor retahílas de nombres de caños y de ríos que ningún lector recordará, pues nunca se repiten: el Vaupés y el río Negro sí; pero, ¿el caño Yurubaxí, el correntón de Yavaraté, el río Purús, el Yaguanarí, el Guaracú, el Isana y el Kerarí, el Cababurí, el Maturacá? ¿El Curicuriarí?”.

El escritor Pablo Montoya, autor de premiadas novelas y ganador del Premio Rómulo Gallegos, responde a la pregunta de cómo leer hoy La vorágine: “¿Cómo se lee La vorágine hoy, cuando se cumple un siglo de su publicación? Se lee como un torrente prodigioso que nos desborda. Seguimos siendo sometidos por la enjundia de esa prosa donde se abrazan el alto linaje poético de sus descripciones con los vocablos regionalistas de sus diálogos. La leemos sorprendidos por el modo en que Rivera apoya un pie en la tradición, mientras pone el otro sobre el incierto porvenir literario. La leemos con el deseo impostergable de conocer la otra selva. Esa vital y espléndida. Núcleo de la vida y pulmón del mundo. La selva mítica y prístina de donde emergen el canto y la danza que sanan. Ese espacio que comunica no solo con los indígenas, que son sus cuidadores, sino con todo aquel que la recorre y la hace suya”.

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