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Exclusivo: Carlos Lehder habla con SEMANA. Pide perdón y revela detalles inéditos de Pablo Escobar, el cartel de Medellín, Rodrigo Lara Bonilla y la toma al Palacio de Justicia
Carlos Lehder, uno de los fundadores del cartel de Medellín, habló con SEMANA sobre su regreso a Colombia. Reveló detalles desconocidos de sus 33 años en una cárcel en Estados Unidos, se refirió a los nexos del narcotráfico con los políticos y les envió un mensaje a quienes se dedican al negocio de la droga.


SEMANA: Su llegada a Colombia, luego de 38 años de su extradición a Estados Unidos por narcotráfico, ha causado sorpresa. ¿Cuál fue esa primera impresión que tuvo al pisar de nuevo el país y Bogotá?
Carlos Lehder: Estoy muy admirado del crecimiento, sobre todo de la expansión y la modernización de Bogotá, que, sin duda, es un lujo para Suramérica. Estoy muy complacido de estar en Colombia, mi patria. Hace casi 40 años me extraditaron de mi país, hoy me encuentro bien y satisfecho.

SEMANA: Al llegar a El Dorado, hubo un incidente con las autoridades colombianas. ¿Qué fue lo que ocurrió?
C.L.: Antes de viajar a Bogotá, estando en Alemania, conseguí, mediante los abogados, un certificado en el que constaba que no tenía ningún cargo judicial pendiente en Colombia y ninguna vinculación con delito alguno. Ya tenía ese documento. Visité el consulado de Colombia en Fráncfort, un lujo de lugar, allí obtuve mi pasaporte y mi cédula que recibí recientemente. Consulté si tenía algo pendiente en Colombia y me dijeron que no. Entendí que tenía como una alarma, pero no un caso porque el que figura allí ocurrió en 1985 y era por unas armas y una cocaína. Bajo todas las luces jurídicas había expirado. Cuando llegué a Bogotá, lo que se encontró fue esa alarma y por eso me detuvieron.
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SEMANA: ¿Hoy tiene algún proceso judicial pendiente en Colombia?
C.L.: Absolutamente ninguno. La jueza, muy expeditamente, me dejó en libertad el lunes pasado a las diez de la mañana. Ella consideró que esa sentencia ya se había vencido.

SEMANA: Luego de pagar 33 años de cárcel en Estados Unidos, ¿alcanzó a pensar que lo esperaban otros diez años de prisión en Colombia? ¿Qué pasó por su mente en ese momento?
C.L.: Me dio incomodidad, susto. Estaba bien informado sobre mi situación jurídica, pero no sabía de la magnífica tecnificación cibernética que tienen ahora la Fiscalía, la Policía y el Ministerio de Justicia, todo fue muy rápido. Mi abogada, Sondra Macollins, presentó un recurso de habeas corpus y el lunes la jueza resolvió.
SEMANA: ¿Por qué viajó sorpresivamente a Colombia procedente de Alemania? Nadie lo entiende hoy.
C.L.: Estuve hace un mes paseando por la costa de España y llegué a ciertas conclusiones. Viendo allí a la comunidad hispana, sus comidas, me acordé de nuestra Colombia maravillosa. Escribí el libro Vida y muerte del cartel de Medellín, editado en este país en 2024. Entonces voy a asistir a la Feria del Libro de Bogotá, en abril, para presentarlo. Igualmente, hace muchísimos años que no veo a mi familia. Tengo un tío que acaba de cumplir 94 años y quiero preguntarle qué come para ponerme a hacer la misma dieta, porque él está perfecto.
SEMANA: ¿Es verdad que usted está enfermo y es un sobreviviente del cáncer?
C.L.: Hace ocho años tuve cáncer de próstata y, afortunadamente, solo con una dieta muy especial durante dos años, se murieron de hambre las células cancerígenas. Estaba preso cuando me ocurrió eso. No tuve que ir a quimioterapia ni a radioterapia. Fuera de eso, tengo bastante alta la presión, pero creo que aquí se me va a nivelar.

SEMANA: ¿Pensó en la muerte? Usted fue un sobreviviente de la guerra de los carteles del narcotráfico. Hubiese podido fallecer como consecuencia del cáncer.
C.L.: Tuve fe, tengo una hija médica y ella me aconsejó. La radiación tiene sus beneficios y sus contras, unas consecuencias grandes. Vencí el cáncer, pero las rodillas sí me están doliendo un poco. Pero bueno, estando en Colombia, con la terapia de retornar, las comidas, la compañía, los amigos, la familia, eso dará una inmensa tranquilidad.
SEMANA: Usted permaneció 33 años en cárceles en Estados Unidos, donde poco pudo ver el sol…
C.L.: Me trasladaron a varias prisiones, cada cinco años me movían de cárcel. En algunas tuve un poco de acceso al aire libre, pero en otras no. Logré sobrevivir esos 33 años, día a día, en cada prisión. Inicialmente, había recibido una sentencia de cadena perpetua más 135 años. Después, la rebajamos.
SEMANA: Cuando le notificaron de una condena a cadena perpetua, ¿qué pasó?
C.L.: (Silencio y lágrimas) Pensé que era la última estación del tren de mi vida, pero mi Diosito tenía otros planes. Pensé que moriría en una prisión de máxima seguridad en Estados Unidos, lejos de mi familia, mis amigos, mi país. No fue fácil, eso sí lo puedo decir. Me costó bastante disciplina, casi que me convertí en mi propio psicólogo. El ejercicio beneficia mucho en la prisión. Soy muy aficionado a la lectura y a los ejercicios mentales: concentración en muchos aspectos para no deprimirme, porque la depresión es un gravísimo factor en el encierro. La cárcel no es un jardín de rosas. Por eso escribí el libro. Mi deseo es que un mínimo de colombianos cometan el error que yo cometí y no vayan a parar la mitad de su vida en una prisión. Le cuento, hubo momentos duros: el más duro para un colombiano es cuando lo montan en un avión y lo despachan para otro país. Es el primer hecho traumático, quedar desamparado. Y la familia queda huérfana en Colombia. Yo tengo cinco hijos, el menor tenía un año cuando me extraditaron. A mí me arrestaron en Colombia a las siete de la mañana y el Gobierno ordenó mi extradición de inmediato. A las diez de esa misma noche llegué a Estados Unidos. Todo ocurrió el mismo día.

SEMANA: ¿Cómo fue el trato que recibió en Estados Unidos?
C.L.: Ese país tiene un sistema muy bien organizado y coordinado, y clasifica a la persona según su nivel de peligrosidad. Desde el momento en que llegué, como colombiano, y miembro del cartel de Medellín, inmediatamente, antes del juicio, me pusieron en una penitenciaría de máxima seguridad, encerrado las 24 horas del día para siempre. Ese fue el tratamiento que me dieron durante cuatro años. El guardián pasaba los viernes con su séquito de ayudantes y me gritaba: “Oiga, Lehder, no se preocupe por esa celda tan chiquita. Ya estamos construyendo la Penitenciaría de Marion, donde las celdas son el doble de grandes, pero cuatro pisos bajo tierra”. Yo quedaba más preocupado. No me permitían visitas.
SEMANA: ¿Cómo pudo rebajar la pena?
C.L.: Lo logré porque el Gobierno de Estados Unidos, en 1989, invadió a Panamá y arrestó al dictador Manuel Antonio Noriega. Él tenía un pliego de cargos criminales de conspiración junto con el cartel de Medellín por tráfico de cocaína. El Gobierno americano me propuso que me rehabilitara y que testificara en el juicio contra el general Noriega y, a cambio, me daban inmunidad total. Tenía que confesar y me darían mi libertad. Entonces firmé acuerdos con el Gobierno gringo y testifiqué durante cinco días en contra de Noriega. El Gobierno, a discreción de ellos, me rebajó la condena a 55 años, de los cuales tuve que pagar 33 físicamente. Eso fue lo que me dio mi libertad.
SEMANA: Los llamados extraditables siempre dijeron: “Preferimos una tumba en Colombia que una celda en Estados Unidos”. Después de estar 33 años en ese país, ¿qué les dice a las disidencias de las Farc, al ELN y a los narcotraficantes que se disputan el negocio de la droga?
C.L.: Traficar con cocaína es un mal negocio. Puede ser un negocio lucrativo transitoriamente, pero las autoridades están tan tecnificadas, está la cibernética, los medios aéreos y demás, que más temprano que tarde los van a arrestar o a matar. Pueden tener toda la plata del mundo, pero uno muerto de qué sirve. Cometí el error de escoger la profesión equivocada: ser traficante de cocaína. En Colombia no voy a participar en ningún hecho político ni a promover políticas ni a inmiscuirme en este tema, pero en este país no existe ninguna razón válida para que existan guerrillas. Yo les diría a los guerrilleros que a los que les guste el comunismo, pues empaquen su morral y se vayan a vivir a Cuba a ver cómo les va.
SEMANA: El cartel de Medellín fue el responsable del magnicidio del exministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla, cometido el 30 de abril de 1984. ¿Usted participó de ese crimen que tanto dolor le causó a Colombia?
C.L.: No, ni siquiera sabía que Pablo Escobar lo iba a matar. Me pareció un error gravísimo porque teníamos conocimiento de que el presidente Belisario Betancur, en seis meses, lo iba a remover de ministro y lo iba a enviar de embajador a España. Eso lo contó la gente del cartel de Medellín.

SEMANA: Es decir, ¿Betancur les iba a hacer casi que un favor a los narcos al enviar al extranjero al ministro que más declaró en ese momento la guerra a los capos?
C.L.: No sé qué diferencias había entre Betancur y Lara Bonilla. Yo estaba clandestino cuando mataron al exministro, andaba en los Llanos porque él ya había ordenado mi arresto para mi extradición. Cuando estaba cenando en la hacienda, llegaron los cocineros a nuestra mesa. “¡Don Carlos, don Carlos!”, me dijeron. Y me informaron: “Mataron al ministro de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla”. Quedé sorprendido. Así me enteré de esa muerte. Ese asesinato fue un absurdo porque teníamos muy buena información que apuntaba a que él sería removido de su cargo. Lo dije en mi libro y se lo reitero a SEMANA: no tuvimos absolutamente nada que ver en esa muerte. Me refiero a mí, a Jorge Ochoa y a Alonso Cárdenas (cuñado de Ochoa), quien tampoco sabía. Fue una cuestión estrictamente de Pablo Escobar y de su combo de pistoleros. Él fue el autor de ese asesinato. Años después, aparentemente, él confesó eso, pero yo no tengo absolutamente nada que ver con la muerte del doctor Lara Bonilla.
SEMANA: ¿Usted le reclamó a Pablo Escobar por ordenar el magnicidio del entonces ministro de Justicia?
C.L.: Le reclamé porque dos días después de que los pistoleros de Pablo Escobar cometieron ese asesinato, el presidente Belisario Betancur firmó mi extradición a Estados Unidos. Pablo me ofreció excusas. Eso fue en Nicaragua, cuando ambos estábamos en Managua. Yo estaba clandestino antes que él. Pablo primero se fue a Panamá con toda su familia y llevó a todos los pistoleros que habían asesinado al exministro Lara Bonilla porque eran sus guardias personales, y el Gobierno los identificó porque llevaban varios años con él. Como el presidente Betancur decretó un estado de sitio tras el asesinato de Lara Bonilla, muchos huyeron. Jorge Ochoa, por ejemplo, se fue para Panamá; Gonzalo Rodríguez Gacha, igualmente. Gilberto Rodríguez Orejuela cogió para el mismo destino, pero yo no confiaba mucho en el general Manuel Antonio Noriega y me fui a Nicaragua. Al mes y 20 días vino una asistente del exministro nicaragüense Tomás Borge y me preguntó: “¿Usted tiene algún problema con Pablo Escobar?”. Yo le respondí que no y les dije que él estaba muy cómodo en Panamá. Y ella me aclaró: “No, señor, Pablo está aquí”. Y me llevaron a reunirme con Pablo.
SEMANA: ¿En qué términos se dio ese reclamo a Pablo Escobar?
C.L.: Pablo no era alguien al que uno le fuera, simplemente, a reclamar algo. Él se convirtió en un monstruo, en un terrorista, y causó un desastre imperdonable en Colombia contra el Gobierno. Pablo no le tenía miedo absolutamente a nadie, excepto a ser extraditado. Yo, discretamente, le pregunté: ¿por qué no me avisó? Y él me dijo: “No, lo lamento mucho, fue un arrebato que yo tuve”. Él, según contó, llamó a su gente, al Chopo, a la Yuca, a varios, y les prometió una casa a cada uno si iban hasta Bogotá y mataban al ministro Lara Bonilla. Ese asesinato fue muy distinto a los crímenes políticos en otras partes del mundo, donde son sofisticados y se utilizan francotiradores que no pueden ser detectados. Al ministro lo asesinaron como si fuera un ciudadano común y corriente. Y el señor Lara Bonilla no estaba protegido. No llevaba ni siquiera un carro blindado y eso facilitó su muerte. Pablo me dijo que él había mandado a esa gente a matar al ministro porque lo tenía muy enfurecido, y cuando él se enfurecía, mordía.
SEMANA: Pero usted felicitó a Pablo Escobar por el asesinato de Lara Bonilla. ¿Por qué lo hizo?
C.L.: Cierto y lamentable. Cuando me entrevisté con Pablo en Managua, lo felicité por haber matado al ministro que nos perseguía. Cometí ese error, en ese momento éramos muy perseguidos por Lara Bonilla. Simbólica y jurídicamente se había convertido en nuestro enemigo, y cuando testifiqué en la Corte Federal en Miami, hablé acerca de esos mismos hechos. Le conté al juez americano que había felicitado a Pablo Escobar cuando ocurrió esa muerte. Hoy, en retrospectiva, me arrepiento. Fue un pronunciamiento lamentable de mi parte. No tengo absolutamente nada que ver no solo con la muerte de Rodrigo Lara Bonilla, sino con la de otros candidatos presidenciales que mataron años más tarde. Todo indica que Pablo cometió esos asesinatos.

SEMANA: ¿Estaría dispuesto a reunirse con la familia de Rodrigo Lara Bonilla?
C.L.: ¿Por qué no dialogar con las personas que tienen dudas sobre alguna situación referente a lo que ocurrió hace 40 años? Tengo buena memoria, yo les puedo contar, pero en el libro que escribí, en varias páginas, expreso exactamente cómo me siento hoy referente a la muerte del doctor Lara Bonilla.
SEMANA: El exsenador Rodrigo Lara Restrepo, hijo del exministro de Justicia, le pidió a la Fiscalía que lo investigue a usted por la muerte de su padre…
C.L.: Es un hijo que quiere mucho a su padre, aunque prácticamente no lo conoció. No conozco al señor que me menciona. Fui enterado por los medios de comunicación de que él, cuando era senador, pidió a la Fiscalía que se me vinculara al proceso. Todo lo que el hijo de Lara Bonilla haga por investigar la muerte de su padre está bien, tiene todo el derecho de hacerlo. Pero el autor intelectual y material de la muerte del exministro de Justicia, y lo han establecido las autoridades colombianas y americanas, fue Pablo Escobar. Ojalá el hijo no cometa el error de estigmatizarme ni de perseguirme política o calumniosamente, todo en pro de echar fuegos artificiales para promoverse o autovictimizarse por razones políticas o lo que sea. Es un absurdo jurídicamente lo que ha tratado de hacer. Él pidió a la Fiscalía hace varios años, porque me enteré, que me vincularan al proceso de la muerte de su padre, pero la Fiscalía, según información que tengo, le respondió que no había razones para investigarme por ese caso.
SEMANA: ¿Qué le responde a Rodrigo Lara Restrepo?
C.L.: Le recomiendo a ese señor que lea mi libro para que vea mi posición al respecto. No quiero inmiscuirme en política en Colombia, absolutamente para nada, pero este señor, al estar calumniando, instigando y pidiendo que se me persiga jurídicamente por la nube política que él pueda tener, puede crear el hecho o, por lo menos, la sospecha de que lo está haciendo para su beneficio y engrandecimiento personal con el fin de hacer crecer su persona y su nombre.
SEMANA: ¿Usted participó en algún plan criminal contra los candidatos presidenciales de esa época?
C.L.: En el libro soy muy específico. Pablo Escobar, tan asesino como era, tan violento, tan valiente como era, tan atrevido, tan peligroso, nunca atacó al Gobierno de Colombia y nunca asesinó a un político hasta que el señor Rodrigo Lara Bonilla comenzó a perseguirlo para extraditarlo. Una multitud de circunstancias “enloquecieron”, lo digo entre comillas, le sacaron la piedra a esta fiera que era Pablo Escobar, y lo mandó a matar. Es una realidad triste, lamentable, pero ocurrió.

SEMANA: Si usted se compara con Pablo Escobar, ¿qué diferencia encuentra?
C.L.: Basado en los valores morales y cristianos, hoy miro a mis conciudadanos a la cara y les digo: les pido perdón porque fui miembro del cartel de Medellín (se le quiebra la voz). Es claro e irrefutable que el cartel era un conglomerado de narcotraficantes exitosos que creció a miles (2.000 o 3.000) narcos o traficantes de cocaína, y en esa época mecanizó y automatizó la producción de cocaína en Colombia y las exportaciones hacia Estados Unidos. Mi profesión era contrabandista. Era un especialista en transportar toneladas de cocaína desde Colombia hacia Estados Unidos para el cartel. Era mi misión, mi pasión, mi error. Y yo era, generalmente, exitoso en llevar la cocaína por mar y aire hacia Estados Unidos. No tuve nada que ver con la violencia, no he matado absolutamente a nadie, no he atacado al Gobierno de forma violenta. Nunca.
SEMANA: Pero en ese negocio de la droga hay vendettas. ¿Mandó a matar a alguien?
C.L.: Absolutamente no. Ahora, si miramos un poco la historia, la fiebre del oro en San Francisco, cuando descubrieron que había toneladas allí, cientos de americanos fueron hasta allí a sacarlo. Como unos no eran tan honestos y les robaban al otro, pues el otro mataba al que lo robaba. Una epidemia de crimen tremendo. Hago esta comparación con la coca. La coca vale muchísimo dinero, había que cuidar la coca y el dinero. Por eso se necesita seguridad agresiva, valiente, que sepa disparar. En ese aspecto, sí existen muchas muertes en el narcotráfico. El que roba lo matan.
SEMANA: A usted se le aguaron los ojos en esta entrevista con SEMANA. ¿Cuántas veces ha llorado de arrepentimiento por pertenecer al cartel de Medellín, que dejó miles de víctimas y sembró tanto terror y dolor en Colombia?
C.L.: Estoy de acuerdo en que el cartel hizo mucho daño, pero no hay que cruzar la línea roja: fui extraditado a Estados Unidos en 1987. El único crimen político que cometió Pablo Escobar, no el cartel, fue el asesinato de Rodrigo Lara Bonilla. Después de que me extraditaron, Pablo me entregó, lanzó una guerra contra el Estado. Él, en 1986, mató casi a todos los que éramos del cartel. Asesinó a Alonso Cárdenas, que era del cartel de Medellín, mató a Rodrigo Murillo, a Pablo Correa y a Rafico. Éramos más o menos nueve o diez jefes. Y en mi caso, encontró mejor negocio entregándome que asesinándome.
SEMANA: ¿Por qué? Pablo Escobar pudo haber ordenado su asesinato.
C.L.: Yo no sé. Bueno… pudo tratar de matarme.

SEMANA: ¿Qué políticos recibieron financiación del cartel de Medellín?
C.L.: No vine a Colombia a desenterrar nombres de políticos, de policías o generales que recibían dineros del cartel de Medellín. En mi libro están los nombres.
SEMANA: En el libro usted menciona al expresidente Alfonso López Michelsen.
C.L.: En el libro están los nombres. Para que lo lean. El cartel de Medellín, por su naturaleza, tenía que buscar autodefensas e infiltrar el sistema político con sobornos. Pagaba a políticos, contribuía a sus campañas, pagaba a policías, a los que recibieran dinero en la función administrativa. Ese es el modus operandi de una organización criminal.
SEMANA: ¿Y esa financiación ocurrió en el caso del expresidente López Michelsen?
C.L.: Las donaciones de los narcos a la clase política, particularmente en Colombia y México, parece que continúan ocurriendo. Aunque no debería ser, prefiero ver a un narco contribuyendo al sistema democrático político que dándole plata a la guerrilla comunista. Prefiero ver a un narco contribuyendo al sistema democrático, como una contribución política, no a cambio de favores, sino el aporte que muchos ciudadanos dan a los políticos. Prefiero ver eso que observar a funcionarios de embajadas de izquierda o de derecha entregarles sobornos a políticos colombianos.
SEMANA: Pero ambas cosas son delitos.
C.L.: Exactamente.

SEMANA: ¿Cómo era la relación del cartel de Medellín con la clase política?
C.L.: Muy normal. Los narcos de Antioquia y Cali éramos anticomunistas, antiguerrilla y antisecuestro, porque el narco tenía ese problema, tenía que armarse o tener carro blindado porque, como era multimillonario, venía la guerrilla a secuestrarlo. En esos años hubo mucho secuestro. A mí, por ejemplo, me secuestraron, pero me les volé en el carro, herido, me pegaron un tiro en el pecho. Caí, me privé, después desperté y me quedé pensando y oyendo lo que decían los secuestradores. Y sentí que el carro salió de la carretera destapada y entró a la pavimentada, y me lancé contra el chofer, que tenía la ventanilla abierta, lo estrujé y me tiré por la ventana. En adelante, a Alemania pedí dos carros Mercedes-Benz superblindados contra fusil y tenía escoltas.
SEMANA: ¿Usted por qué asegura que Pablo Escobar y el cartel de Medellín no financiaron la toma al Palacio de Justicia, el 6 de noviembre de 1985?
C.L.: No, nada que ver con la toma al Palacio de Justicia. Me quedé estupefacto cuando supe eso. Me enteré en libertad de que la Comisión de la Verdad (creada por la Corte Suprema para dilucidar los hechos de la toma y que presentó su informe en 2009) dice que Pablo Escobar pagó 5 millones de dólares a la guerrilla del M-19 para que hiciera la toma. Yo me quedé frío. Me pongo a ver quién dice eso y es John Jairo Velásquez, alias Popeye. Yo lo conocí cuando era el chofer de Pablo. No podía cargar una pistola. Después lo vi iniciar como pistolero. Popeye era un payasito, un charlatán, un cuentacuentos. ¿Cómo es posible que lo lleven a una comisión tan importante, donde hay funcionarios o magistrados, gente muy calificada, y ponen a este señor sin corroborar? El cartel de Medellín no tenía absolutamente ningún negocio con el M-19. Pablo, cuando rescató a la señorita Marta Nieves Ochoa en la confrontación con el M-19, logró una tregua de no agresión entre el M-19 y el cartel de Medellín, y consistía en que si ellos no secuestraban a narcos, nosotros no atacábamos al M-19.
Además, tal como lo digo en el libro, la toma al Palacio de Justicia no requiere dinero porque los guerrilleros no cobran ni son mercenarios. Estuve viendo lo que falsamente testificó Popeye ante la Comisión de la Verdad, dijo que Marino Ospina recibió 5 millones de dólares y Ospina fue muerto en un combate con el Ejército cuatro meses antes de que ellos se tomaran el Palacio de Justicia.
SEMANA: Entonces, si no fueron Pablo Escobar y el cartel de Medellín, ¿quiénes financiaron la toma al Palacio de Justicia?
C.L.: Absolutamente nadie le pagó al M-19 cinco centavos por eso. No había razón ni motivo.
SEMANA: Pero en el Palacio de Justicia estaban los expedientes contra los extraditables.
C.L.: Eso es lógico, pero es totalmente falso. Cuando Pablo Escobar, a mi parecer, empezó a analizar en Panamá la brutalidad que había cometido al matar a Rodrigo Lara Bonilla, le propuso al presidente de Colombia entregarse, negociar, aceptar su responsabilidad, pero Belisario Betancur, aparentemente, rechazó cualquier propuesta.

SEMANA: ¿Se equivocó la Comisión de la Verdad en lo relacionado con la toma del Palacio de Justicia y la financiación del narcotráfico al M-19?
C.L.: No será la primera vez que una comisión se forme para encubrir y no para descubrir, especialmente en un país que está en conflicto con la guerrilla.
SEMANA: ¿Usted tiene más secretos del narcotráfico? ¿Se los contará a las autoridades colombianas?
C.L.: Dije lo más importante que ocurrió con el cartel de Medellín ante la Corte de la Florida. En el juicio del general Noriega testifiqué durante cinco días, dije que Pablo Escobar asesinó al exministro Rodrigo Lara Bonilla, expliqué los negocios de algunos políticos colombianos con Pablo Escobar, confesé y dije cómo era todo el tejemaneje de la cocaína que llegaba a Panamá desde Colombia, cómo se le pagaba a Noriega, cómo se transportaba la coca a Estados Unidos y México. Todo lo dije y eso me valió mi libertad, mi credibilidad, mi integridad, mi seriedad. Fui protagonista de muchos de esos hechos porque estaba encargado de mover la cocaína.
SEMANA: ¿A cuáles políticos se refiere?
C.L.: Yo testifiqué, el jurado encontró culpable al general Noriega. Pablo Escobar recibió las minutas de todo mi testimonio. Si yo hubiese mentido, exagerado, especulado o calumniado a Pablo Escobar, él se hubiera pronunciado a través de la prensa porque tenía acceso a ella, pero no dijo absolutamente nada. Las personas o entidades del Gobierno que estén interesadas en saber acerca de lo que yo sé del cartel de Medellín, pueden conseguir (esos documentos), están disponibles, deben pagar unos 100 dólares y la Corte de la Florida se los entrega.
SEMANA: Usted fue amigo de los Ochoa Vásquez. ¿Tiene planeado reunirse con Fabio Ochoa, quien también regresó a Colombia tras cumplir su pena en Estados Unidos?
C.L.: A él, lamentablemente, lo extraditaron. Nunca hice un negocio con Fabio Ochoa, era un muchacho que, posiblemente, tenía sus negocios con sus hermanos, pero no con el cartel de Medellín. Nunca hice un negocio con Fabito Ochoa, era un muchacho muy joven, él sí era traficante, pero no un líder o un jefe del narcotráfico.
SEMANA: ¿Usted de verdad salió pobre de la cárcel de Estados Unidos? Resulta difícil creer eso.
C.L.: Pobre, pero contento. La libertad es el tesoro más grande que hay. Vivo de mis libros. En este momento, en Estados Unidos mi libro ya ha sido traducido al inglés. Estamos en un proceso de editarlo y distribuirlo en Estados Unidos y Reino Unido.

SEMANA: Pero usted tuvo haciendas, islas, yates, aviones…
C.L.: Eso lo perdí. El narcotráfico es un mal negocio. Estás arriesgando la vida porque, ante cualquier malentendido, te matan. Hoy la Policía, las autoridades, todo está muy avanzado y unido con la DEA y demás. No hay forma de contrarrestar ese crecimiento y avance tecnológico de la inteligencia de la Policía.
SEMANA: ¿Cuánto dinero llegó a tener entre las manos?
C.L.: Tuve una isla en las Bahamas, la compré y cuando me extraditaron, el Gobierno de Bahamas la confiscó y la vendió en 41 millones de dólares. Todas las propiedades y las de mi familia en Armenia, sin existir leyes de confiscación en la época, fueron congeladas por el Gobierno. Y diez años después, cuando salieron las leyes de confiscación, las confiscó.
SEMANA: ¿Lo perdió todo?
C.L.: Absolutamente todo se perdió. Por eso vuelvo y lo demuestro, quiero que vean esta experiencia mía, este sufrimiento que padecí; quiero expresarle a la juventud que involucrarse en el narcotráfico es un pésimo negocio.
SEMANA: Manejó miles de millones de pesos cuando era narcotraficante. ¿Hoy cuánto carga en el bolsillo?
C.L.: Tengo 1.000 euros, pero mensualmente recibo recursos por las ventas de los libros.

SEMANA: Usted era reconocido por ser un hombre excéntrico. ¿Qué excentricidad recuerda especialmente?
C.L.: Crecí en Estados Unidos y adopté mucho el gusto musical estrambótico, me divertía cuando tenía que hacerlo, paseaba, tenía acceso a sitios muy cómodos, tuve acceso a mucho dinero y a gozar del tiempo libre, pero era dedicado y apasionado a la misión que tenía: contrabandear cocaína a Estados Unidos. Me perfeccioné en ello, me volví muy exitoso y, por eso, Pablo Escobar, Rodríguez Gacha y Jorge Ochoa confiaban en mí ciento por ciento.
SEMANA: Fue famoso por las pistas aéreas para mover cocaína en medio de la selva.
C.L.: Tenía a un experto, un muchacho ingeniero, y él las construía. Tenía la idea y se la decía. Se construían pistas aéreas en uno o dos días, si no llovía. Estaban en Vichada, en el Meta, en Puerto Rondón (Arauca), entre otros. Los Llanos son muy grandes, inclusive encontrábamos terrenos tan sólidos que había que trabajarles hasta dos o tres días echándoles tierra. Y, marcándolos bien, ya quedaba la pista sólida.
SEMANA: ¿Y aprendió a volar sus propios aviones? ¿Puede hacerlo aún?
C.L.: Ya no me siento capaz de volar un avión, eso requiere de mucha disciplina, es intenso y requiere acciones inmediatas. No me voy a arriesgar a quedarme sin gasolina por volar un avión. Aprendí a volar en la isla que compré en las Bahamas, tenía una pista, tuve un instructor que me enseñó a volar, era un americano, fue mi jefe de pilotos, hice el curso con él y después con la práctica volaba. No tenía licencia, todo era muy empírico. El trayecto aéreo de Colombia a Bahamas lo recuerdo mucho, es un paso largo, tremendo. Aprendí a volar porque en esas avionetas se movía coca.
SEMANA: ¿Dejó guacas de dinero en sus predios cuando lo capturaron? Mucha gente se dedicó a excavar, a ver qué encontraba.
C.L.: ¡Oh, no! Estaban fríos, por ahí no era. Los narcos y sus fincas tienen mucho entierro de dinero, pero yo no. Sí utilicé ese sistema, pero no dejé nada enterrado. La plata estaba en propiedades.

SEMANA: ¿Dejó testaferros?
C.L.: Es que no había leyes de confiscación, eso vino después, por eso la plata iba a propiedades.
SEMANA: Ahora que está en Colombia, ¿va a recorrer las zonas por donde se movía en su época de narco?
C.L.: Colombia es un jardín de rosas y de café. Pienso ir a San Andrés, la Sierra Nevada, La Guajira, Leticia, entre otros; el río Amazonas, por ejemplo, me gusta mucho. Y claro, Armenia, donde crecí. Pero no voy a reclamar mis predios al Gobierno. Yo los tuve, ellos los confiscaron y el Estado tenía razón: yo era un narco grande y los compré con dineros del narcotráfico.
SEMANA: ¿Se siente tranquilo en Colombia? ¿Teme por su vida? ¿Sus enemigos ya están muertos?
C.L.: No creo que la gente esté con la mentalidad de querer hacerle daño a Carlos Lehder. Ya casi tengo 80 años, soy inofensivo, pero no soy pendejo. Si entiendo que alguien me quiere hacer daño, tomaré las medidas necesarias.
SEMANA: En su libro habló de muchas mujeres y locuras de amor desenfrenadas. ¿Hoy está solo?
C.L.: Mi vida privada (...) En eso soy como joven, novato; hace cinco años resucité (cuando quedó en libertad en Estados Unidos), llegué a este planeta luz porque estaba en el planeta oscuro.

SEMANA: ¿Cómo vive en Alemania?
C.L.: Regio. Vuelvo para allá en tres meses aproximadamente.
SEMANA: Por último, ¿Colombia debe legalizar las drogas?
C.L.: No, absolutamente no. Suficientes problemas hay sin estar legalizadas. El uso de estupefacientes viene de hace miles de años, solamente que hace 100 años fue que se convirtió en un crimen. La epidemia era tan desastrosa que el Gobierno tuvo que pagar penas contra aquellos que consumían y los que vendían y producían narcóticos. Estoy de acuerdo con la legalización de la marihuana. Creo que la marihuana para uso recreativo debe ser legalizada. Los policías que hoy día están persiguiendo la marihuana o al marihuanero deberían estar persiguiendo a quienes roban a la gente en las calles.