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El tiempo como parte del tatuaje

En los estudios de tatuaje, el tiempo suele medirse en sesiones. Pero “el cuerpo tiene tiempos”, explica Jeanmarco Cicolini.

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31 de enero de 2026, 6:40 p. m.
Jeanmarco Cicolini
Jeanmarco Cicolini Foto: Jeanmarco Cicolini

Una, dos, a veces tres. Resolver, terminar, salir con una imagen cerrada sobre la piel. Durante años, esa lógica marcó el ritmo del oficio y también el modo en que muchos tatuadores aprendieron a trabajar. Era lo esperado. También era lo funcional.

Con el paso del tiempo, sin embargo, esa forma de entender el proceso empezó a mostrar sus límites. No por una postura estética ni por una búsqueda discursiva, sino por algo más concreto: no todos los cuerpos reaccionan igual, no todas las pieles responden al mismo ritmo y no todos los procesos pueden acelerarse sin consecuencias.

“El cuerpo tiene tiempos”, explica Jeanmarco Cicolini, y esa idea terminó modificando su manera de trabajar más que cualquier tendencia.

Durante mucho tiempo, como ocurre en gran parte del oficio, el foco estuvo puesto en resolver. Llegar al estudio, diseñar, ejecutar. Cumplir. Con los años, esa noción de eficiencia empezó a quedarse corta. No porque fuera incorrecta, sino porque no siempre alcanzaba. Algunas piezas pedían pausa. Otras, descanso. Otras, directamente, esperar.

Hoy, gran parte de su trabajo no se piensa para resolverse en una sola sesión. Hay etapas, interrupciones y retornos. A veces semanas, a veces meses. No es una decisión cómoda ni inmediata. Implica explicar procesos, ajustar expectativas y, sobre todo, construir confianza. “Si no hay confianza, no hay pieza que funcione”, repite.

En ese punto, la relación entre tatuador y cliente deja de girar solo en torno al diseño y empieza a apoyarse en un acuerdo más profundo.

Ese cambio de ritmo transformó también la manera en que se piensa el resultado. Ya no se trata únicamente de elegir una imagen, sino de entender un recorrido. Qué conviene hacer ahora, qué es mejor dejar para después, qué puede esperar.

“Hay cosas que se ven muy bien el primer mes, pero no necesariamente dentro de cinco años”, señala Cicolini, para quien pensar en el largo plazo se volvió parte central del trabajo.

La geometría y el blackout reforzaron esa mirada. Son estilos que no admiten atajos. El negro sólido, las líneas precisas, el contraste fuerte no dejan demasiado margen para corregir: “Si te equivocas, se nota”.

Esa exigencia obliga a planificar, a medir, a escuchar más a la piel que al impulso. No todo lo que se puede hacer conviene hacerlo de inmediato.

En ese punto, el tatuaje dejó de ser solo una imagen final para convertirse en un proceso. El resultado importa, pero también cómo se llega hasta ahí. La curación, los tiempos entre sesiones, el cuidado posterior. Elementos que no siempre se ven, pero que definen la calidad real de una pieza.

Viajar y tatuar fuera del país terminó de consolidar esa forma de trabajo. Europa, Estados Unidos, Suiza. Más que una lista de destinos, fueron contextos distintos. “Cambian mucho las expectativas”, comenta Jeanmarco Cicolini. En algunos lugares se busca impacto inmediato, algo que se vea desde lejos. En otros hay más disposición a esperar, más interés por entender el proceso completo antes que el resultado rápido.

Esa diferencia cultural no lo llevó a modificar su enfoque, sino a explicarlo mejor. Ser claro con cómo trabaja funciona como filtro. Quien se queda, entiende que el proceso es parte del tatuaje. Quien no, busca otra cosa.

El tiempo, entonces, dejó de ser un obstáculo para convertirse en una herramienta. Saber cuándo avanzar y cuándo frenar. Saber cuándo la piel pide descanso. Saber decir que no. En un oficio donde muchas veces se premia la rapidez, elegir ir más lento puede parecer una desventaja. Para Cicolini, terminó siendo una forma de cuidado.

Ese cuidado no es solo hacia quien se tatúa, sino hacia el propio oficio. Trabajar con el cuerpo implica asumir responsabilidad sobre algo que no es reversible. La piel tiene memoria, reacciona, envejece. Ignorar eso puede dar resultados inmediatos, pero rara vez duraderos.

Con el tiempo, esa manera de trabajar fue ordenando otras decisiones: qué proyectos aceptar, cómo plantear una pieza, cuándo avanzar y cuándo frenar. El tatuaje dejó de ser únicamente un resultado visual para convertirse en un proceso que se construye con pausas y con límites claros.

No todo queda mejor por hacerse rápido. Algunas cosas, simplemente, necesitan tiempo.

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