Chloé Zhao es una de solo dos mujeres en 98 ediciones de los Premios Óscar en ser nominada dos veces a mejor dirección (Jane Campion, la primera). Su película Hamnet, ocho veces nominada a los Premios Óscar 2026, se estrena en Colombia este jueves 5 de febrero.

Después de una inesperada y criticada incursión con Marvel tras ganar su primer Óscar en 2021 por Nomadland (una película contemplativa sobre una mujer que vive errante, en su van, protagonizada por Frances McDormand), Zhao regresa con la potencia de una autora para abordar el camino del duelo y el ritual de retorno, con un equipo y un reparto notable. También con el impulso de Steven Spielberg, quien produce su película.

En este regreso al cine íntimo y sensible, Zhao adaptó una novela de la escritora británica Maggie O’Farrell, publicada en 2020. Hamnet, se nos explica en la película, es el mismo nombre que Hamlet, eso es real. Pero no se trata de una biografía, sí de una imaginación sobre lo que pudo suceder en torno a la muerte del único hijo de William Shakespeare, a los 11 años (un hecho que sí sucedió), y cómo derivó en la escritura de Hamlet, una de las tragedias más trascendentales de la historia.


La película triunfa porque desarma expectativas sobre cómo sentirse ante lo que narra y cómo lo narra. Sí, aborda una historia de amor, de familia y luego de pérdida devastadora. Así como alegra, duele, y es desgarradora por momentos (hilvanando, como en las grandes historias algo de risa, romance, misticismo y descubrimiento en el camino previo). Pero es lo que sucede desde que se consuma ese vacío de la muerte temprana de un niño (que todo lo perfora, segundo a segundo) lo que da pie al giro, al asombro en el espectador.


En Hamnet hay un duelo profundo y también un improbable camino de regreso, que tiene todo que ver con el teatro. Y ver sus efectos en el rostro de su protagonista Agnes (Jessie Buckley) hace que esta experiencia se quede con quien la ve. Con Agnes sentimos la caída en el dolor, el vacío (que llega tras unos cuántos giros del destino, la predestinación y la valentía), porque ella está ahí, presente cuando el chiquito se despide en medio del dolor. Y con ella, y con Will, de lados distintos de un escenario, en un giro que no parece posible, brota algo de consuelo.
Una tragedia nació de la tragedia, Hamlet. Y verla entrar en la narración emociona. Las historias sanan. Y si bien jamás se procesa una pérdida así del todo, hay maneras de seguir con la vida y hay que buscarlas desde la catarsis.

Vale decirlo. El teatro es algo que, en principio divide a esta familia. No porque Agnes no guste del teatro, sino porque en Londres no quiere vivir y allá suceden las cosas. Ella teme que en la gran ciudad perderá a una de sus hijas, de frágil salud, por cuenta del aire pesado; pero entiende que Will (aquí no es Shakespeare, es Will, su marido, el padre de sus hijos, un tipo terrenal buscándose el camino, encontrándolo y pagando el precio de la distancia geográfica con su familia, en tiempo real), necesita crear en otra parte. Necesita ruptura y distancia con su propio padre. Por más que les duela a todos no estar juntos...

Así que deben ir separados por una parte de sus vidas... Él debe crear, ella cuidar de los hijos, en la casa en la que él nació, compartiendo techo con su suegra. A esta la interpreta Emily Watson, que siempre se hace sentir, y entrega un monólogo que a todos los seres interpela: no se debe tomar nada por sentado, todo se puede acabar en un segundo.

La producción cuenta con una fotografía hermosa, y una mirada conectada a un halcón, al bosque en el que vuela y a sus lecciones. También a la casa en la que los protagonistas se hacen familia. La narración ficciona a William Shakespeare, a la madre de sus hijos Agnes y a sus hijos: una niña mayor, Susanna y dos gemelos, Judith y Hamnet. Entre varios temas, toca las maternidades (algunas naturales y otras forzadas), las distancias y los lazos entre hermanos y hermanas, que aquí son más fuertes que el mismo universo.


Mucho se habla de lo que entrega Jessie Buckley en este rol, con justa razón. Es casi seguro que la actriz irlandesa, nacida en 1989, se alzará con el Óscar. Y si bien no necesitaba este rol para validarse como una enorme actriz (con entregas tan variadas como fantásticas en The Lost Daughter, en la temporada 4 de la serie Fargo, y muchas otras producciones), el de Agnes es el rol que la hará reconocible para el mundo entero.

Agnes es una mujer genuina, que no dejó de atender las visiones y enseñanzas de su verdadera madre, a la que perdió de niña, en un hecho que la marcó profundamente. Su madre y su personalidad la ataron espiritualmente al bosque, a la naturaleza, al mencionado halcón. Y es notable el rango de emociones que transmite... el grito en silencio, el renacimiento sutil pero notable, todo entregado en una medida tan emotiva y visceral...

Del otro lado, Paul Mescal se merece también sus aplausos. En Aftersun y en All Them Stragers, entre otras producciones, dejó huella como un artista en ascenso pero ya consumado. Y si bien no fue nominado al Óscar, poco importa. Lo que deja como Will es excepcional, junto con Agnes componiendo este retrato de la familia contrastado con el llamado de la vocación, de la relación, del duelo... Por su cuenta, a Mescal lo vemos al borde del abismo del creador y del padre en duelo, dando vida a “To be or not to be”, mirando de cara a la muerte. Luego, es un fantasma que pide venganza a su hijo valiente...



Muchos han llamado ‘porno de luto’ a Hamnet, probando que todo el mundo tiene derecho a una opinión, por demente que sea. Esta película sensible, si bien dolorosa, es una carta de amor a los hermanos, a los padres, al amor mismo, pero también al poder de las historias, del cine, del teatro, de la narración oral (de Orfeo y Eurídice y todas las demás), capaz de iluminar rincones oscuros, revelando un camino hacia sanar grietas imposibles.











