OPINIÓN

Claudia Varela

El costo invisible de la estupidez

La cereza del pastel es que las personas razonables suelen minimizar el impacto que estos comportamientos pueden tener, lo que abre la puerta a consecuencias aún mayores.
11 de enero de 2026, 10:15 a. m.

Hoy quiero hablar de la estupidez. La verdad es que los estúpidos en el mundo terminan siendo seres muy peligrosos. No voy a hablar de política, más bien del mundo corporativo, que al final juega a lo mismo que cualquier conglomerado dirigido por humanos.

En el ecosistema corporativo, dedicamos esfuerzos monumentales a la gestión de riesgos, a controlar y hacer seguimiento. Analizamos con lupa las fluctuaciones del mercado, los ciberataques y las debilidades de la competencia, pero rara vez nos detenemos a medir el factor más erosivo para la productividad, la estupidez.

Y no hablemos de discriminación aquí, o de que no hay nadie estúpido, porque la verdad es que sí hay. No entendamos esto como una carencia de títulos académicos o de coeficiente intelectual, sino como la definió el economista Carlo M. Cipolla (para que no se quede en mi sesgada percepción): la propensión de un individuo a causar daño a otros sin obtener ningún beneficio personal, e incluso perjudicándose a sí mismo en el proceso.

Para un líder, esta distinción es vital porque altera la lógica de la estrategia. Estamos acostumbrados a gestionar “malvados”, aquellos que actúan por interés propio, ambición o codicia. El malvado es, dentro de todo, racional y predecible; si entendemos su incentivo, podemos anticipar su movimiento. Sin embargo, el comportamiento irracional rompe cualquier modelo de teoría de juegos. El individuo que actúa bajo la “ley de la estupidez” es una variable fuera de control que drena la energía de las organizaciones no por malicia, sino por una incapacidad intrínseca de medir las consecuencias de sus actos. ¿Les suena familiar?

Pensemos, por ejemplo, en ese mando intermedio que, por un exceso de ego o una inseguridad mal gestionada, bloquea un proyecto innovador que beneficiaría a toda la compañía. Seguro no lo hace para que lo promocionen —pues su obstruccionismo también lo deja mal ante sus superiores— ni para ahorrar recursos, ya que el bloqueo genera un gasto operativo mayor. Lo hace simplemente porque sí, destruyendo valor y tiempo de manera gratuita. En ese momento, la organización no está lidiando con un problema técnico, sino con un espacio más peligroso de la falta de equipo, o sea, aquel donde todos pierden.

Creo firmemente que el peligro real para una empresa no radica únicamente en la presencia de estas figuras, sino en la incapacidad de la alta dirección para identificarlas a tiempo. Y aquí es donde juega un gran papel el liderazgo. Un líder que confunde la terquedad con la “firmeza” o la ineficiencia con la “prudencia” está, de hecho, subsidiando la destrucción de valor. Cuando permitimos que la irracionalidad o la inexperiencia se asienten en puestos clave, el costo no se refleja solo en el balance financiero, sino en el éxodo del talento inteligente.

Las personas que generan beneficios mutuos —aquellas que Cipolla clasifica como inteligentes— son las primeras en abandonar un barco donde las reglas del juego han dejado de tener sentido.

Al final del día, la salud de una organización no se mide por la ausencia de conflictos, sino por el compromiso real de los integrantes del equipo. Un líder excepcional debe tener la agudeza visual para distinguir entre el competidor interno ambicioso y el agente del caos irracional. Mientras que al primero se le puede alinear con objetivos estratégicos, al segundo solo se le puede neutralizar. En un mercado que no perdona la lentitud, recordar las leyes de Cipolla es un ejercicio de supervivencia. La prosperidad de nuestro negocio depende menos de los genios que contratamos y más de nuestra capacidad para evitar que la irracionalidad y el ego dicten el rumbo.

Y es que Cipolla sostiene que en cualquier grupo humano siempre habrá más personas estúpidas de las que uno imagina, porque tendemos a subestimar su presencia incluso cuando la experiencia nos demuestra lo contrario. La estupidez puede encontrarse en cualquier organización y en cualquier cargo, desde la base hasta la alta dirección.

La cereza del pastel es que las personas razonables suelen minimizar el impacto que estos comportamientos pueden tener, lo que abre la puerta a consecuencias mayores. Y es precisamente por esa combinación de irracionalidad, imprevisibilidad y capacidad de causar daño sin sentido que la estupidez constituye la fuerza más peligrosa dentro de cualquier sistema social. ¿Eres consciente de cuánta estupidez te rodea?