Hace muchos años, un sabio observaba que una persona puede tener estudios y diplomas de sobra, pero que si no sabe hacerse el de la vista gorda (o, de manera un poco más ordinaria, hacerse el pendejo), es muy poco probable que triunfe en la vida. Y lo que se debe aceptar con enorme humildad es que este gobierno tiene una enorme capacidad de hacerse el de la vista gorda, es decir, hacerse el pendejo, ya que el día que deje de hacerlo tendrá que admitir algo muy incómodo: que la inflación persistente, las altas tasas de interés, la burbuja de consumo y buena parte de la revaluación del peso no son culpa de terceros como el Banco de la República, sino consecuencias previsibles de un manejo fiscal irresponsable y temerario.
Como es de público conocimiento, el Emisor, cumpliendo su mandato constitucional, se vio en días pasados obligado a elevar su tasa en 100 puntos básicos, llevándola al 10,25 %. Para la mayoría de los directores del Emisor, era indispensable “evitar un nuevo desanclaje de las expectativas de inflación y facilitar que la inflación tome una senda decreciente”. El gerente del Banco de la República, Leonardo Villar, con precisión señala el meollo del problema: “Subir tasa es impopular y doloroso, pero permitió que la inflación en Colombia bajara del 13,4 % en 2023 a cerca de 5 % en 2024”.
La situación es tan crítica que muchos analistas pronostican que la inflación en 2026 pueda llegar al 6,4 %. El editorial del diario El Tiempo, del lunes pasado, señala: “El crecimiento desbordado del gasto público y el desbarajuste de las finanzas públicas empeoran un escenario en el que la Casa de Nariño se niega a aceptar su gran responsabilidad… La administración Petro debería admitir su parte en los hechos que, como el desproporcionado aumento del mínimo, generan impacto en el costo de vida. En cambio, sigue resistiéndose a reconocer su rol en este complejo escenario macroeconómico, incluyendo los llamados a recortar el gasto público y equilibrar las finanzas. Por otro lado, el Banco de la República, aun con fuertes divisiones internas, ratifica su independencia y responsabilidad al tomar estos ajustes dolorosos e impopulares, en aras de contener estas expectativas desbordadas”.
El aspecto más pernicioso de las altas tasas de interés es que agravan uno de los problemas más lamentables de la situación económica actual, la revaluación, fenómeno que tiene en ascuas a casi la totalidad de los exportadores del país, principiando por los cafeteros y los floricultores. El exportador colombiano vende en dólares, pero vive, paga salarios, impuestos, energía y transporte en pesos. Cuando el peso se revalúa, cada dólar exportado representa menos pesos, mientras los costos internos, principalmente los laborales, aumentan.
Colombia ha vuelto a posicionarse como un destino atractivo para los “capitales golondrina” a través del llamado carry trade, una estrategia financiera que aprovecha las diferencias de tasas entre países y que en esencia consiste en endeudarse en el extranjero a tasas bajas e invertir en países como Colombia a tasas altas. Los instrumentos de deuda pública en Colombia, como los TES, ofrecen retornos que superan ampliamente los de las economías desarrolladas. Estas estrategias contribuyen a mantener el peso revaluado, con enorme perjuicio para los exportadores.
La próxima administración tendrá que dedicar cuatro años a “limpiar la casa” y corregir el desorden fiscal heredado. La bomba de la deuda pública y el desbordado gasto estatal serán abordados en próximos artículos.
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Apostilla: Argumentar, como lo hace el Gobierno, que la inexplicable alza en el salario mínimo (muy por encima de la inflación sumada al aumento en la productividad laboral) no incide en la inflación es igual de estúpido que afirmar que beber litro y medio de aguardiente no incide sobre el alicoramiento y el eventual guayabo de quien lo consume.





