Parece que es mejor vivir con la agenda llena. Parece que se ve mal tener tiempo libre o dedicarlo a no hacer nada. El poco tiempo que hay para sí mismo se dedica a entrenar para la próxima maratón o a tomar cursos nuevos que nos lleven al siguiente nivel (nunca he terminado de entender qué nivel es ese).
Vivimos en la era de las agendas saturadas y los corazones desérticos. Nos sentimos orgullosos de tener cientos de “amigos” al alcance de un celular, pero la realidad es que operamos muchas veces bajo un modelo de transacción vanidosa, no de conexión humana.
Hemos construido una fachada de hiperconectividad que no es más que un gran engaño, un intercambio de datos y píxeles que ha sustituido, casi por completo, el intercambio de almas. Ahora ya no se conquista a la pareja, sino que muchas veces se hace match.
Por supuesto que el problema no es la tecnología, sino el uso que hacemos de ella, el poder que le estamos dando y nuestra cobardía para afrontar la vulnerabilidad. Hoy, “conectar” se ha vuelto el arte de observar la vida del otro a través de una pantalla, evitando el riesgo —y la gloria— que supone el encuentro cara a cara, sin filtros ni ediciones.
Como bien señalaba el psicólogo Carl Rogers, lo que es más personal es lo que termina siendo más universal. Sin embargo, nos hemos vuelto expertos en fabricar avatares impecables mientras nuestras versiones reales se marchitan en la sombra. Nuestras caras, aun en la vida real, parecen con filtro.
Si no nos permitimos ser vistos en nuestra autenticidad, con nuestras grietas y miedos, la relación que establecemos es con un personaje, no con una persona. El resultado es una soledad crónica que se disfraza de actividad social frenética, un vacío que ninguna notificación puede llenar. Tenemos que estar en todo y, al final, estamos en nada.
Esta desconexión no es solo una queja nostálgica; es una sentencia de muerte silenciosa. Y es que las estadísticas son brutales: más del 60 % de los adultos jóvenes reportan una soledad que agobia. Leí en alguna parte que la falta de vínculos genuinos es tan letal para el organismo como fumar 15 cigarrillos al día. Estamos enfermando físicamente por nuestra incapacidad de ser humanos con otros humanos. Hemos olvidado que una relación real requiere presencia radical, no una cámara encendida para registrar el momento para una audiencia invisible mientras ignoramos a quien respira a nuestro lado.
La conexión real no sucede en el consenso fácil ni en el “me gusta” automático; sucede en el silencio incómodo, en la escucha que no busca responder sino comprender, y en el coraje de decir “no estoy bien” frente a unos ojos que nos miran de verdad. Es hora de dejar de ser espectadores de vidas ajenas y volver a ser protagonistas de la propia. Necesitamos menos seguidores y más interlocutores, menos pantallas y más piel. Más miradas profundas. Hasta mala cara preferiría observar, porque, recordando a la crack española y, además, psiquiatra Marian Rojas Estapé, nuestra supervivencia biológica y emocional no depende del wifi, sino del otro:
“Lo que nos cura es el amor, el contacto humano y sentirnos comprendidos. Somos seres diseñados para vivir en comunidad, y nuestra salud física y mental depende directamente de la calidad de nuestras relaciones”.







