OPINIÓN

Claudia Varela

Lealtad o complicidad

El verdadero liderazgo no se mide por la capacidad de silenciar las grietas, sino por la valentía de exponerlas antes de que el edificio se caiga.
15 de febrero de 2026, 9:15 a. m.

Daniel estaba preocupado por algunas inconsistencias que observó en su equipo. Uno de sus colegas insistía en no contar sobre una situación que para él era riesgosa, pero no estaba seguro de alzar la mano, ya que se podía meter en problemas, y decidió cómodamente que se quedaba más bien calladito. Lo que Daniel no vio venir fue que, si la situación escalaba, en algún momento él iba a ser un cómplice peligroso.

Y es que en las oficinas, que a veces se vuelven burbujas de realidad, se ha instalado una peligrosa confusión semántica; hemos empezado a confundir la confidencialidad con el encubrimiento. Bajo el sofisticado paraguas de la “cultura de equipo” y el blindaje de los acuerdos de no divulgación, algunas organizaciones están exigiendo a sus empleados algo que ningún salario puede pagar y es el alquiler de la conciencia.

El problema es que, a diferencia de los activos financieros, la integridad no se puede prorratear, no se negocia.

Cuando una organización se enfrenta a un dilema ético —ya sea una manipulación contable, un sesgo algorítmico o un abuso de poder—, el secreto se convierte en una bomba de tiempo. La dificultad de mantener ese silencio no radica en la falta de profesionalismo, sino en una realidad biológica, porque el ser humano no está diseñado para sostener la disonancia cognitiva eternamente. Pedirle a un ejecutivo que guarde un secreto que cruza su línea roja moral no es solicitarle un favor profesional, es pedirle que inicie un proceso de suicidio de conciencia.

La cultura en la que vive Daniel no aplaude mucho decir lo que se piensa, sino más bien lo que conviene. De hecho, un día le dijeron que la forma en que decía las cosas lo hacía ver conflictivo y poco sénior. Es increíble, porque Daniel poco a poco prefirió callarse y observar cómo los “sénior” seguían creciendo y brillando bajo la cándida luz corporativa del éxito. En otras palabras, el silencio se premió, como sucede muchas veces.

Una empresa que respira secretos éticos es una que expulsa el talento íntegro y retiene, únicamente, a los mercenarios del silencio. Aquellos que están dispuestos a callar hoy por una bonificación serán los mismos que vendan a la organización mañana, cuando el barco comience a hundirse. La lealtad comprada mediante la coerción es, por definición, una lealtad sin bases sólidas.

El verdadero liderazgo no se mide por la capacidad de silenciar las grietas, sino por la valentía de exponerlas antes de que el edificio se caiga. Las organizaciones que prosperan en el largo plazo no son las que tienen los archivos más cerrados, sino las que han entendido que la transparencia no es una vulnerabilidad, sino el único sistema de defensa eficaz contra la putrefacción institucional. Creo que el mayor riesgo corporativo no es que la verdad salga a la luz, sino que la luz se apague definitivamente por falta de ética.

El caso de Daniel no terminó bien y lo recordé en estos días que reflexionaba en que lo único que parece bonito en las noticas fue lo que dijo Benito. Daniel guardó silencio y no se opuso a un compromiso con metas inalcanzables. Vendió el alma, ganó premios, lo aplaudieron a él y a su colega, pero al final el castillo se derrumbó y en cuestión de meses pasó de ser el más brillante, talentoso y potencial a ser un desastre en la proyección, la responsabilidad y la excelencia. ¿Les suena conocido?

No podemos quedarnos callados cuando creemos que algo no está bien. No nos pagan para decir que sí de manera irracional. Tenemos una misión en lo que hacemos y no podemos confundir la lealtad con perder la conciencia. Ese rubro no se paga en el salario mensual.

Que no se pierda la esencia. No confundas la lealtad con la complicidad.