A los que tenemos más de 45 años a veces nos está costando el mundo. Todo es distinto, nos toca medirnos demasiado, no nos sentimos viejos pero quizá los más chiquitos si nos vean así. El bullying que antes era normalizado ahora es un problema (lo cual me parece bien), pero la línea delgada de qué es realmente acoso y qué un reto emocional se vuelve difícil de distinguir. No peleo con la vida, amo las generaciones jóvenes, pero a veces no sé por dónde entenderlas y eso que hasta un libro escribí al respecto.
Hace apenas unos años, el éxito se medía en imágenes, logos enormes, fiestas ruidosas y una urgencia casi desesperada por ser el centro de atención. Pero algo cambió. Observando con cariño los cafés de diferentes ciudades o haciendo un scroll consciente por TikTok, veo que la Generación Z está bajando el volumen. No es falta de energía; es una elección deliberada por lo que ellos llaman “lo esencial”.
Parece que estamos ante el fin de la era del drama, dándole la bienvenida al retorno de lo simple.
Para esta generación, la caballerosidad no es un concepto patriarcal oxidado, sino una forma de respeto estético. Ya no se trata de “ser superior”, sino de cuidar los detalles. Ver a un chico de 20 años retirando la silla para su novia o prefiriendo una conversación sin teléfonos en la mesa no es un viaje al pasado, es una rebelión contra la inmediatez digital. Amo ver estos niños recuperando valores que parecían perdidos.
De otro lado, la tendencia de romanticizing your life ha evolucionado. Ya no buscan la gran escena de película, sino la belleza en la sobriedad. Hay una fascinación por los rituales analógicos, y esto se ve con claridad en hechos como la vuelta al vinilo y la fotografía química. Y no es por la calidad del sonido o la imagen, sino por el hecho de que no puedes saltar la canción ni borrar la foto. Esto te obliga a estar presente a conectar con algo distinto a una pantalla o una lista preestablecida.
Y si volvemos al café, la lógica ha cambiado mucho. Es toda una experiencia no un acto automático. Este concepto de “slow living” (vivir lentamente) los lleva a preparar un café de especialidad de forma manual, sin prisa, valorando el aroma y el proceso. Es el lujo de no tener que optimizar cada segundo de tu existencia.
También vale la pena recapitular sobre lo que se ve, lo que se proyecta. Y más allá de la ropa de lino y los colores neutros, la estética Old Money que inunda las redes refleja una necesidad de discreción. ¡Lo simple vuelve al ruedo, qué felicidad! La generación Z está cansada del clout (la búsqueda de fama barata). Hoy, lo que realmente impresiona es saber estar, hablar con propiedad y mantener la compostura. Es el valor de lo que no necesita gritar para ser notado. No sé en qué momento estos chiquitos nos están devolviendo la magia, pero está pasando y creo que los más grandes no lo estamos notando. Los Z vienen con un acelerador diferente a los millenial.
Y no es que estemos volviendo a los años 50 por nostalgia política, sino por salud mental. Volver a lo de antes —a la caballerosidad, a la palabra dada, a la elegancia sin logos “boletosos”— es la forma en que esta generación dice bajémosle al ruido, conectemos.
Al final, parece que el futuro no está solo en el metaverso, sino en recuperar el placer de una charla tranquila, una carta escrita a mano y el valor de las cosas que no tienen un botón de me gusta. ¿Será que estoy pensando con el deseo?.¿O es puro minimalismo del alma que esta volviendo con la gen Z.?
No te necesito para nada, pero te quiero para todo (Mario Bennedetti).






