El mundo sí ha cambiado bastante. Asegurar que todo tiempo pasado fue mejor me parece un poco caer en la resistencia al cambio y no entender lo que está llegando, así que con nostalgia no voy a empezar por ahí, pero sí quiero hacer una reflexión del poco aguante que estamos teniendo últimamente como sociedad.
Vivimos en una época extraña en la que hemos confundido la salud mental con la ausencia total de fricción. Bajo la premisa permanente del “autocuidado”, hemos levantado muros tan altos que ya no dejamos pasar ni una crítica, ni un desacuerdo ni el más mínimo asomo de frustración. Da miedo decir algo que pueda lastimar al otro, tal vez porque todo lastima.
Nos convencimos de que cualquier incomodidad es una agresión y que el mundo tiene el deber de ser un lugar acolchado para nuestras inseguridades. Sin embargo, en ese intento desesperado por no sufrir, nos estamos volviendo peligrosamente débiles.
Creo firmemente en que somos seres vulnerables, imperfectos con luz y oscuridad. Pero la vulnerabilidad no puede ser la excusa para pedir que nos llegue toda la empatía y no estemos dispuestos a brindarla.
Tomás tiene un vecino en el piso de arriba que no controla a sus hijos. Oye cosas caer desde las 6 de la mañana, niños patinando y brincando, muebles que se mueven y un sinfín de cosas que simplemente en un ambiente de convivencia razonable no deberían ocurrir.
Cuando Tomás intentó hablar con su vecino, salieron a decirle que les parecía un completo troglodita falto de empatía sin tener en cuenta el concepto de manera bilateral. Simplemente el ruido sigue. Tomás no tiene hijos, pero sí necesita dormir por su universidad y más bien decidió irse del edificio porque está molestando el “libre desarrollo” de dos niños que no se moderan porque sus padres no los quieren traumar.
Esta fragilidad se refleja con crudeza en el mercado laboral. Las estadísticas de rotación en las empresas han alcanzado picos alarmantes; no es solo una búsqueda de mejores salarios, es que ya no queremos adaptarnos a nada. Hoy, la “falta de encajar” es a menudo el eufemismo para no decir que no soportamos la retroalimentación o que la curva de aprendizaje nos asusta. Asumimos que podemos ser vulnerables y eso conlleva un poco hacer lo que se me da la gana, aunque yo tenga defectos y sea quien no hace las cosas bien.
En sectores en los que la rotación ya ronda el 25 % anual, queda claro que preferimos el abandono antes que el esfuerzo de la persistencia. Hemos perdido la disciplina a largo plazo y de permanecer. Si el entorno no se amolda a nosotros de inmediato, simplemente nos retiramos. Y así funciona en las relaciones en las que ahora hay mas tipos de familias que de sabores. De nuevo, es que no aguantamos nada. O nos quieren así o mejor te largas porque así soy.
Si volvemos a la vulnerabilidad, considero que es una virtud; es un hecho que como humanos debemos aprender a administrarla, sin abusar, sin pensar que es una enfermedad.
La vulnerabilidad real es un acto de valentía, es la capacidad de exponernos y navegar el error con la frente en alto. Lo que vemos hoy no es eso, sino un tipo de fragilidad defensiva. Estamos desarrollando cada vez más algo así como una una alergia a la realidad. Al evitar cualquier peso emocional o reto adaptativo, nuestros músculos internos se están atrofiando. Y es que un sistema inmune que nunca se expone a una bacteria muere ante el primer resfriado. De igual forma, una mente que no tolera la contradicción se quiebra ante la primera adversidad real.
La frustración es, aunque nos pese —a mi manera de ver—, el abono del carácter. Es el recordatorio de que no somos el centro del universo. Es hora de recuperar el derecho a sentirnos incómodos y entender que el “bienestar” no es vivir entre algodones, sino ser capaces de sostener una verdad difícil sin desmoronarnos.
No necesitamos que el mundo sea más suave, necesitamos que nuestra piel sea más dura y nuestro propósito más firme. La verdadera libertad no está en huir de lo que nos molesta, sino en tener la estructura interna para soportar el roce, aprender del golpe y seguir caminando. Menos cristal y más templanza, porque una vida sin resistencia es una vida que nunca termina de pulirse.




