A todos, en algún momento de nuestras vidas, nos ha tocado un mal vecino: una persona incómoda, que molestaba y que muchas veces hacía los días interminables. Eso es hoy la Colombia de Petro para muchos de nuestros vecinos.
¿Se acuerdan en el colegio cuando el compañero de pupitre no dejaba de hablar en clase? O en un avión, en un vuelo largo, cuando el vecino fumaba cuando se podía o roncaba. Hacían los viajes insoportables.
Alguna vez me tocó, a los pocos años de casado y con un hijo recién nacido, una vecina insoportable. Estaba recién separada y, al parecer, en busca de marido otra vez. No paraba de fiestear hasta altas horas de la madrugada y con música a todo volumen. Desesperante. Me acuerdo de que me tocó llamar bastantes veces al CAI.
Después, en un negocio de comidas que traté de hacer, tuve un mal vecino: agresivo, intransigente, que hacía que los clientes no pasaran o, a los pocos que lo hacían, trataba de robárselos. Una pesadilla.
Por último, creo que en pandemia muchos conocimos malos vecinos: los que yo llamaba ‘locos por el covid’, que eran los que se atrevieron incluso a no dejar entrar personas a los edificios o condominios por miedo a infectarse. En ocasiones extremas, uno ve lo más bajo de la condición humana.
Durante el gobierno de Uribe se hicieron esfuerzos muy grandes para derrotar a los grupos narcoguerrilleros. De hecho, pasamos de más de 20.000 a menos de 5.000, y las hectáreas de coca se redujeron a 40.000. Hoy estamos en 300.000. Se hubiera podido hacer más si no hubiera sido por el mal vecindario que tenía el país en ese momento: los grupos delincuenciales operaban en Colombia y se escondían en Venezuela y Ecuador con anuencia de los gobiernos de turno. Tanto Chávez como Correa fueron muy malos vecinos. Todavía los colombianos recordamos la muerte del narcoterrorista Raúl Reyes en un ataque armado del Ejército colombiano en la frontera con Ecuador, que llevó a esa crisis hemisférica tan fuerte; o las tomas satelitales que salieron a la luz, donde se veían muchos campamentos guerrilleros en Venezuela, todos protegidos por el mismo Ejército venezolano.
Hoy el cuento es al contrario: el mal vecino es Colombia. Tiene toda la razón el presidente del Ecuador, Daniel Noboa, al levantar la mano y decir que en la frontera entre los dos países están dejando actuar a los delincuentes. El problema ha sido la anuencia de Petro con grupos delincuenciales en todo el territorio.
Pero las fronteras van más allá. Lo que pasa entre la frontera de Colombia y Venezuela es terrible: ahí no hay Dios ni ley. El narcotráfico vive a sus anchas, no solo en el Catatumbo, también en La Guajira. Es por eso que también somos un mal vecino hoy en día para los Estados Unidos; por eso es que, de una u otra manera, tienen a Petro en la Ofac.
Desde la extradición de Maduro por parte de los Estados Unidos y su lucha contra el narcotráfico en aguas del Caribe, Colombia se ha convertido en un pésimo, o quizá el peor, vecino del continente.




