En muchos salones de primaria el problema no es que los niños no lean. Es que leen sin comprender, escriben sin estructura y avanzan de grado arrastrando dificultades que nadie detectó a tiempo. Cuando eso ocurre, el rezago no suele aparecer de inmediato en los boletines, pero termina condicionando todo el proceso educativo.
Ese escenario, repetido en distintos contextos escolares, fue el punto de partida del trabajo de la educadora colombiana Nohora Liliana Murcia, quien desarrolló un programa de lectoescritura estructurada enfocado en intervenir desde los primeros años de escolaridad, con métodos claros, medición constante y énfasis en la comprensión real del lenguaje.
El programa no nació como una propuesta teórica ni como un modelo de laboratorio. Se construyó a partir del trabajo directo en aulas, del acompañamiento a docentes y de la observación de una dificultad recurrente: la ausencia de una estructura común para enseñar a leer y escribir en los primeros grados. Frente a esa dispersión, Murcia diseñó un sistema que pudiera ser aplicado de manera consistente por distintos equipos docentes.
Uno de los casos donde este enfoque ha mostrado resultados es el de Forest Hill Elementary, en West Palm Beach, Florida. Allí, la implementación del programa derivó en avances medibles en fluidez lectora y comprensión, lo que llevó a la institución a recibir la nominación al Dwyer Awards por Excelencia en la Educación. El reconocimiento no estuvo asociado a una innovación puntual, sino a la mejora sostenida de los procesos de alfabetización.

El sistema creado por Murcia combina rutinas diarias de lectura guiada, secuencias fonológicas progresivas, protocolos de intervención temprana y evaluaciones estandarizadas que permiten medir precisión, fluidez y comprensión. La clave está en la articulación de estos elementos dentro de un marco claro, que reduce la improvisación y facilita la adopción por parte de los docentes.
“Antes teníamos niveles muy distintos entre cursos”, explica un docente que trabaja con el modelo. “Con la estructura, todos empezamos a hablar el mismo lenguaje pedagógico. Eso hizo una diferencia inmediata”, agregó.
Uno de los aspectos más relevantes del programa es su efectividad en contextos bilingües. En estos entornos, donde los estudiantes procesan más de una lengua desde edades tempranas, la falta de estructura suele amplificar las dificultades.
El enfoque de lectoescritura estructurada permite avanzar de forma progresiva, respetando los ritmos individuales, pero sin perder continuidad ni exigencia académica.
La propuesta también fue adaptada al contexto del Bachillerato Internacional, donde la lectura cumple un rol central en la indagación y el pensamiento crítico. En lugar de limitarse a la decodificación, el programa integra la comprensión lectora al desarrollo cognitivo general del estudiante, conectando el lenguaje con otras áreas del conocimiento.

Un componente clave del modelo son los instrumentos de evaluación diseñados para detectar dificultades desde grado K. Estas herramientas permiten identificar alertas tempranas y activar intervenciones oportunas sin interrumpir el progreso del estudiante ni etiquetarlo de forma prematura. La evaluación deja de ser un punto final y se convierte en una herramienta de acompañamiento.
Los reportes institucionales muestran mejoras sostenidas en fluidez lectora y comprensión, con efectos que se extienden más allá del área de lenguaje. Cuando los estudiantes leen mejor, acceden con mayor facilidad a contenidos de ciencias, matemáticas y estudios sociales, participan con más seguridad en clase y desarrollan habilidades de análisis más sólidas.
Ese impacto ha llevado a que varios colegios incorporen las rúbricas y secuencias del programa como parte de sus políticas internas de lenguaje. No como una experiencia piloto, sino como una base estructural del trabajo en primaria. Especialistas en alfabetización describen este enfoque como una contribución significativa para el desarrollo de competencias lectoras en entornos multilingües.
Murcia, sin embargo, evita presentar su trabajo como una solución definitiva. Para ella, el foco sigue estando en el aula y en los procesos cotidianos. “Cuando los niños leen mejor, aprenden mejor”, afirma. “La lectoescritura estructurada no transforma solo la lengua, transforma la forma en que los estudiantes se relacionan con el conocimiento”, señala.
En un sistema educativo acostumbrado a respuestas rápidas y soluciones parciales, el valor de este programa parece estar en otro lugar. En la estructura, la constancia y la intervención a tiempo. Tres factores que, aplicados con rigor, empiezan a mostrar que mejorar la alfabetización en primaria no es una promesa abstracta, sino un proceso posible.










