Un niño nos mostró orgulloso una piedra que había encontrado en la calle. “Es mi tesoro”, dijo, guardándola con cuidado en el bolsillo. Para muchos, era solo una piedra. Para él era descubrimiento, asombro, pertenencia. Ese gesto nos recuerda lo que plantea Francesco Tonucci, el “niñólogo” italiano: mirar con ojos de niños es reconocer riqueza donde los adultos a veces solo vemos rutina.
Somos Laura y Camila Portela, dos hermanas apasionadas por la educación y los procesos de innovación. Lideramos el Jardín Infantil Bilingüe El Bosque y el Gimnasio El Bosque y Tierra Learning Center. Representamos el Modelo VESS en Colombia que le apuesta a una educación respetuosa, de calidad y que logre desarrollar el potencial que hay en cada uno de los niños, niñas y las familias que llegan a nuestra comunidad.
Desde hace dos décadas hemos trabajado en la construcción de entornos donde la infancia pueda vivirse con respeto, coherencia y libertad. La evidencia es clara: lo que sucede en los primeros años marca de manera profunda el desarrollo emocional, social y cognitivo de una persona. Por eso, acompañar a los niños es una responsabilidad que trasciende lo pedagógico. Reconocemos que tenemos la responsabilidad y el privilegio de aportar en la construcción del cerebro de los niños a través de las experiencias que diseñamos y promovemos.
En este camino hemos confirmado que educar no es transmitir conocimientos, sino sostener procesos, habilitar vínculos y ofrecer espacios seguros. La seguridad emocional antecede el aprendizaje en términos biológicos de nuestro cerebro y la escuela debe ser un lugar que brinda paz y respeto, así cada niño y cada niña son libres de desarrollar su máximo potencial.
Acompañar no significa dirigir, sino estar presentes. El juego, la emoción, la escucha y la relación con la naturaleza se convierten entonces en herramientas fundamentales, más potentes que un plan de estudios rígido.
Nuestros proyectos educativos también nos han transformado. Hemos observado que cuando las familias participan activamente, cuando hay coherencia entre el discurso y la práctica, y cuando se respeta el ritmo singular de cada niño, el aprendizaje ocurre de manera auténtica: todos los niños pueden brillar.
En una sociedad marcada por la prisa y la estandarización, optar por una educación basada en el respeto y la calma es una forma de resistencia. Es reconocer a los niños como sujetos de derechos, con voz propia y tiempos distintos, en lugar de forzarlos a encajar en moldes que poco consideran su individualidad. Es reconocer que su ritmo importa y que para acompañarlos se necesita una comunidad de familias y educadores conscientes, que escuchan, observan y son capaces de esperar sin importar la presión del sistema y la tradición.
Emprender desde esta mirada ha implicado retos e infinitos aprendizajes: los proyectos educativos con propósito se sostienen porque responden a una necesidad real y se alimentan de sentido. Es cierto que el camino no siempre es fácil, pero estamos convencidas de que invertir en la infancia es invertir en el futuro colectivo.
Hoy seguimos convencidas de que cada gesto cuenta: un abrazo que calma, una escucha que valida, un espacio que invita al asombro. Porque cuando honramos la infancia, no solo formamos personas, también sembramos humanidad.










