Diferentes iniciativas en el mundo han venido trabajando por un incremento en la participación de la mujer en escenarios de poder. Mientras que esto es interpretado por algún sector de la sociedad como un deseo caprichoso de mujeres empecinadas en obtener puestos de liderazgo a toda costa, y sin contar con los atributos necesarios para hacerlo, otros actores, como la academia, han hecho de este asunto un aspecto digno de estudio. No pocos investigadores han dedicado sus esfuerzos a determinar si contar con una mayor diversidad de género en las posiciones de liderazgo realmente conlleva beneficios para las empresas y, en consecuencia, para la sociedad como un todo.
Estas investigaciones, que se han desarrollado en el ámbito global, han demostrado en su gran mayoría la existencia de un caso de negocio alrededor de la diversidad de género en las posiciones de poder del sector empresarial. En otras palabras, los estudios señalan beneficios como una mayor rentabilidad, una mejor valoración en el mercado por parte de los inversionistas, la posibilidad de conseguir mayor financiación a través de líneas de crédito tradicionales o métodos innovadores de consecución de recursos –como la emisión de criptomonedas–, y mayores niveles de innovación, en términos del número de patentes que consigue la compañía.
En general, parece ser que la presencia de la mujer en estas posiciones trae una perspectiva que complementa la del hombre y le permite a la organización capitalizar beneficios específicos y alcanzar un mejor relacionamiento con sus grupos de interés.
Dentro de estos beneficios se encuentran unos menores niveles de opacidad, haciendo a las empresas más transparentes, y un mayor nivel de información disponible para las diferentes partes interesadas.
En el Centro de Estudios en Gobierno Corporativo (CEGC), del Cesa, quisimos comprobar este aspecto para el caso de América Latina. Analizamos un poco más de 450 empresas en la región, específicamente en los mercados más importantes, como lo son Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México y Perú.
En estos seis países revisamos las firmas más grandes en los respectivos mercados de capitales. Nos sorprendió la baja participación de la mujer en posiciones de liderazgo. En las empresas más grandes de la región encontramos a una mujer por cada dos juntas, en promedio, y tan solo un 1 por ciento de mujeres presidentas de juntas directivas. Además, el porcentaje en la alta gerencia, que regularmente es superior al 20 por ciento, para las empresas analizadas es tan solo del 10 por ciento. Los comités de auditoría cuentan con una participación de la mujer de apenas el 5 por ciento, y el 8 por ciento de los equipos de auditoría externa son dirigidos por ellas.
Algunos se sorprenderán con estas cifras y habrán escuchado otras mucho más alentadoras. Sin embargo, un fenómeno que hemos identificado en todas nuestras investigaciones es que entre más grandes son las empresas, la participación de la mujer tiende a ser menor. Es decir, cuando organizaciones como las cámaras de comercio o la Superintendencia de Sociedades nos dan cifras del 40 por ciento de participación de las mujeres en escenarios de poder, está contemplando emprendimientos, así como micro y pequeñas empresas, en los que el rol femenino puede ser protagónico. En las grandes corporaciones la historia es diferente.
Nuestros hallazgos señalan que la participación de la mujer en estos escenarios tiene un efecto positivo en la transparencia de la organización. En el CEGC contamos con un índice que construimos manualmente, revisando los informes de gestión y los sitios web de las empresas, y en el que obtiene una calificación más alta la compañía que incorpora más elementos que consideramos materiales en el proceso de toma de decisiones por parte de inversionistas y otras partes interesadas; por ejemplo, la composición de su junta directiva, incluido el dato de cuántos miembros independientes tiene; detalles de su código de gobierno corporativo, si tienen sistemas de control interno y/o externo, etc.
Lo que hemos observado es que las empresas que obtienen mejores calificaciones en nuestro índice tienen una mayor participación femenina en sus juntas directivas, en sus equipos de alta gerencia y en comités de auditoría al servicio de la junta, y cuando los equipos de auditoría externa son liderados por mujeres.
Estos hallazgos muestran algo que se ha discutido recurrentemente en la literatura sobre el tema. En general, la mujer ejerce un liderazgo orientado al bienestar común y propende por un mejor relacionamiento con los grupos de interés y por una mayor transparencia. Sin embargo, capitalizar estos beneficios no parece tan sencillo cuando las cifras de su participación en el sector empresarial continúan siendo tan bajas.
Una mayor participación de las mujeres en los equipos de alta gerencia no se dará de manera espontánea ni repentina. Las empresas deben crear programas e implementar políticas que les permitan avanzar a lo largo de los años en el desarrollo de sus carreras, y participar de posiciones desde las que puedan aportar y generar valor. Lo anterior implica esfuerzos no solo normativos y autor regulatorios, sino acciones encaminadas a modificar la cultura organizacional, que resulta tan solo un reflejo de la sociedad que somos y del valor que otorgamos a la mujer, a su trabajo y a su contribución en esferas laborales, especialmente en aquellas donde se toman las decisiones estratégicas de las organizaciones.










