OPINIÓN

Ana María Beltrán González

Cuando el cansancio pesa más que la motivación

En esta columna, una reflexión sobre el entusiasmo obligatorio, el agotamiento emocional que muchas personas —especialmente las mujeres— arrastran y la necesidad de replantear las preguntas, más que forzar respuestas, para seguir sin volver a lo que desgasta.
7 de enero de 2026, 9:14 p. m.

El final del año suele llegar cargado de emociones contradictorias. Hay cierres que no se dieron, expectativas que no se cumplieron y balances que pesan más de lo que quisiéramos admitir. La Navidad, lejos de ser siempre luminosa, puede dejar una sensación de nostalgia, de frustración silenciosa o de cansancio profundo.

Y entonces llega enero.

No siempre como un impulso, sino como una pregunta: ¿cómo se sigue cuando no hay motivación, cuando el rumbo no está claro y la energía parece agotada?

Existe una idea extendida de que el inicio del año debe venir acompañado de entusiasmo, claridad y nuevos propósitos. Pero esa narrativa deja por fuera una experiencia muy común, especialmente entre las mujeres: empezar el año cansadas. Cansadas de sostener, de intentar, de volver a empezar sin haber descansado del todo.

La falta de motivación no siempre es falta de voluntad. Muchas veces es una señal de saturación emocional: un cuerpo y una mente que han estado demasiado tiempo en modo exigencia, intentando cumplir expectativas propias y ajenas, sin pausas reales para recuperar sentido.

En esos estados, insistir en “motivarse” suele ser contraproducente. La motivación no se ordena ni se fuerza; aparece cuando existen las condiciones internas para que emerja. Y, a veces, lo único posible al iniciar un nuevo ciclo no es motivarse, sino no rendirse.

Seguir no siempre significa avanzar con claridad. A veces significa quedarse, ordenar, bajar el ritmo y revisar con honestidad qué nos llevó a repetir aquello que ya sabemos que no queremos. Muchas frustraciones que se repiten año tras año no tienen que ver con la falta de metas, sino con patrones que no se cuestionan: formas de relacionarnos, de trabajar, de exigirnos y de postergarnos.

El inicio de año puede ser un espacio de esperanza, sí, pero no de una esperanza grandilocuente. Hablo de una esperanza sobria: la que no promete cambios inmediatos, pero sí decisiones pequeñas y sostenidas. La que entiende que no todo se transforma de golpe, pero que algo puede empezar a cambiar si dejamos de traicionarnos.

Sostener la motivación no implica mantener el mismo nivel de energía del cierre del año. Implica algo más difícil: no volver automáticamente a lo que nos desgastó, aunque sea conocido. Implica tolerar la incomodidad de no saber exactamente hacia dónde vamos, sin regresar por inercia a lo que ya sabemos que no funciona.

Seguir cuando estamos agotadas requiere cambiar la pregunta. No es “¿cómo hago más?”, sino “¿qué necesito dejar?”. No es “¿qué meta me pongo?”, sino “¿qué parte de mí necesita cuidado para no volver a romperse?”.

Enero no tiene que ser el mes de las respuestas. Puede ser el mes de las preguntas bien hechas, de los pasos lentos pero honestos, de la reconstrucción sin espectáculo.

Tal vez no se trata de empezar con fuerza, sino de empezar con verdad.

Y, a veces, eso es más que suficiente para seguir.

Ana María Beltrán González, CEO - Fundadora Corporación Lenguaje Ciudadano



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