OPINIÓN

María Carolina Hoyos Turbay

Cuando la mejor noticia sería desaparecer

En esta columna, una reflexión sobre el impacto social de las fundaciones y lo que significaría cerrar aquellas que ya no son necesarias porque lograron el éxito, porque se hizo lo suficiente, porque cumplieron con su misión de transformar vidas con resultados medibles.
9 de enero de 2026, 9:22 p. m.

En un país acostumbrado a inaugurar fundaciones, pocas veces nos detenemos a pensar qué significaría cerrarlas. No por fracaso, sino por éxito. No por agotamiento, sino por misión cumplida.

Hace cincuenta años, en 1975, Nydia Quintero Turbay fundó la Fundación Solidaridad por Colombia con una idea simple y radical: unir solidarios para combatir la pobreza extrema. Décadas después, cuando me entregó el liderazgo, me dijo algo que nunca he olvidado: “Ojalá algún día te toque liquidar la Fundación, eso significaría que en Colombia ya no hay más pobres”.

Esa frase se convirtió en nuestra brújula ética. Porque la pobreza no se honra administrándola eternamente; se honra reduciéndola hasta erradicarla.

Hoy, medio siglo después, los datos permiten una conversación distinta. No desde la emoción, sino desde la evidencia. Más de 5,8 millones de vidas transformadas no son un relato inspirador: son un resultado medible. Hogares que aumentaron ingresos, niños que rompieron ciclos de exclusión, mujeres que accedieron por primera vez a oficios técnicos, cuidadores que fortalecieron su salud emocional, comunidades que hoy tienen agua potable y estabilidad productiva.

La experiencia nos ha enseñado algo clave: la pobreza no es solo falta de dinero. Es fragilidad emocional, es baja escolaridad, es informalidad crónica, es ausencia de redes. Por eso, los modelos asistenciales —aunque necesarios en la emergencia— no transforman estructuras. Solo las políticas sociales bien diseñadas, sostenidas en el tiempo y evaluadas con rigor lo logran.

En nuestros programas educativos, por ejemplo, el 95 % de los jóvenes becados culmina la universidad, frente a una media nacional que no supera el 50 %. El 70 % logra empleo formal en el primer año, y el 80 % es primera generación profesional en su familia. Cada uno de ellos no solo cambia su vida: cambia la de al menos tres generaciones más.

Esto no ocurre por casualidad. Ocurre porque entendimos que la solidaridad no puede ser caridad de cuando en vez. Debe ser reciprocidad estructural: quien recibe, devuelve; quien da, pertenece. Un sistema donde los beneficiarios se convierten en líderes comunitarios y los donantes reciben impacto verificable, no promesas vagas.

También aprendimos que el bienestar emocional es tan determinante como el ingreso. Una cuidadora fortalecida es el núcleo del bienestar comunitario. Un hogar con agua potable reduce enfermedades, aumenta productividad y abre oportunidades económicas en meses, no en décadas. La evidencia es clara: cuando se interviene bien, la pobreza retrocede.

Por eso, después de medio siglo, la pregunta no es si la solidaridad funciona. La pregunta es por qué no la hemos convertido en política pública estructural, medible y escalable.

Soñar con liquidar una fundación puede parecer una paradoja. En realidad, es un acto de responsabilidad histórica. Significa que hicimos lo suficiente. Que el país aprendió. Que la pobreza dejó de heredarse como destino.

Tal vez la mejor noticia que Colombia podría recibir algún día no sea la creación de una nueva fundación, sino el cierre definitivo de las que ya no hacen falta.

Ese día —ojalá— habremos entendido que la solidaridad no era el fin, sino el camino.

María Carolina Hoyos Turbay, presidenta Fundación Solidaridad por Colombia.



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