OPINIÓN

Nathalia López

Cuando soltar la perfección se volvió mi mayor acto de liderazgo

A partir de una experiencia íntima como madre y ejecutiva, la columnista reflexiona sobre cómo la obsesión por la perfección puede convertirse en una trampa silenciosa para el liderazgo femenino. Una invitación a liderar desde la autenticidad, la vulnerabilidad y la humanidad.
21 de enero de 2026, 6:07 p. m.

Desde niña fui “la bien portada”. La tranquila. La que no daba problemas. Crecí convencida de que cumplir todo al pie de la letra era una virtud incuestionable.

Cuando me convertí en adulta, y sobre todo cuando inicié mi camino como ejecutiva, esa narrativa se transformó en método: obsesión por el detalle, disciplina extrema y una búsqueda constante de resultados trazados sobre una línea que yo misma me imponía. Me acostumbré a perseguir la perfección. La entendía como el camino obligatorio para convertirme en una gran líder, como si mi valor profesional estuviera atado a que todo saliera impecable, sin margen de error, sin desviaciones, sin tropiezos.

En mi afán de ser la mejor ejecutiva, la mejor esposa y la mejor mamá, sin darme cuenta, le estaba mostrando a mi hija el camino equivocado.. Le estaba enseñando que, si todo no estaba bajo control, algo estaba mal.

Un día, ese camino perfectamente recto se quebró frente a un espejo: mi hija. Una mini versión de mí. Siempre bien portada. Siempre tranquila. Siempre esforzándose por hacerlo todo perfecto. Si un dibujo no quedaba como lo imaginaba, lo rompía. Si un peinado tenía un cabello fuera de lugar, no le gustaba. Si algo no cumplía su estándar, lo repetía hasta frustrarse.

Fue una sacudida emocional. Un golpe de realidad. Entendí que, sin quererlo, le estaba heredando un modelo de exigencia que yo misma había cargado durante años. Recuerdo con claridad el momento en que, para aliviar su angustia, le dije: “Es que lo perfecto es aburrido”.

Mientras esas palabras salían de mi boca, algo se acomodó dentro de mí. Comprendí que esa frase no era solo para ella: también era una lección pendiente en mi forma de liderar. Ahí entendí que la imperfección no solo es necesaria: es felicidad. Es movimiento, autenticidad y libertad. Es la puerta por donde entran la creatividad, la intuición y el verdadero liderazgo.

A las mujeres nos enseñaron que debemos ser impecables para ser valiosas: perfectas en la casa, en la oficina, en la maternidad, en la pareja. Un estándar imposible que nos deja cansadas, invisibles y, muchas veces, profundamente desconectadas de nosotras mismas.

Liderar desde la perfección es una trampa. El liderazgo que transforma culturas, empresas y vidas nace de la vulnerabilidad: de reconocer que no podemos con todo, de ceder el control, de equivocarnos con dignidad y de volver a levantarnos con humildad. Nace cuando dejamos de fingir fortaleza permanente y nos permitimos ser humanas.

Hoy sé que las líderes que cambian el mundo no son las que nunca fallan, sino las que se atreven a mostrarse auténticas. Las que no temen decir “no sé”. Las que entienden que ser fuertes no significa ser invencibles.

Ya no quiero que mi hija aprenda a ser perfecta. Quiero que aprenda a ser feliz. Que entienda que equivocarse hace parte del diseño de la vida. Que un cabello fuera de lugar no define nada. Que el control absoluto no existe. Y que la autenticidad tiene un brillo que ninguna perfección puede igualar.

Ese es el modelo que hoy elijo: el de una mujer ejecutiva que lidera desde su humanidad; una madre que muestra sus luces y sus sombras; una mujer que entiende que su valor no está en cumplir estándares, sino, muchas veces, en atreverse a romperlos.

La perfección puede disfrazarse de éxito, pero encadena. Yo hoy elijo algo más grande: liderar desde mi bella imperfección, desde mi autenticidad más profunda, desde esa verdad que no aprieta, sino que libera y permite volar sin pedir permiso.

Nathalia López Bernal, vicepresidenta de VML Holding


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