OPINIÓN

Luchy Mejía

El arte de migrar: liderar conscientemente los cambios que nos transforman

La columnista propone entender el inicio del año como una oportunidad para liderar los cambios internos que preceden a cualquier transformación externa, y reflexiona sobre la migración emocional como un acto de liderazgo personal y consciente.
9 de enero de 2026, 12:30 a. m.

Comenzar un año siempre trae consigo una promesa silenciosa: la posibilidad de hacerlo distinto. No necesariamente más rápido, sino más consciente. Cada enero se nos entregan, simbólicamente, 365 nuevas oportunidades para revisar cómo estamos viviendo y, sobre todo, desde dónde estamos decidiendo.

Migrar es una palabra que solemos asociar a movernos de un país a otro. Sin embargo, cuando la miramos con mayor profundidad, migrar es un acto profundamente humano: es pasar de un estado a otro. Y todos, sin excepción, hemos migrado muchas veces a lo largo de la vida.

Migramos cuando dejamos de ser adolescentes para convertirnos en adultos, cuando pasamos de estudiantes a profesionales, cuando elegimos compartir la vida con alguien, cuando nos convertimos en padres, cuando cerramos ciclos, cuando cambiamos de casa, de trabajo, de ciudad o incluso de país. Algunas de estas migraciones ocurren como parte natural del transcurso de la vida; otras son decisiones conscientes que asumimos con valentía y responsabilidad.

En mi propia historia, cada gran elección ha traído consigo una migración: elegir ser mamá, separarme, volver a casarme, independizarme laboralmente, abrir una firma de consultoría, construir una marca personal. Cada decisión me llevó a dejar atrás una versión conocida de mí para habitar otra nueva, incierta, desafiante y, a la vez, profundamente transformadora.

Por eso propongo entender el inicio de este nuevo año como una invitación al arte de migrar conscientemente. Porque, aunque enero suele venir cargado de ilusión, también es cierto que muchas personas comienzan el año en automático. Cambia el calendario, se estrena agenda, pero no cambian las conversaciones internas, las emociones que se habitan ni las decisiones que se postergan. Entonces el año nuevo se despliega casi igual al anterior y, sin darnos cuenta, la vida avanza.

La pregunta clave no es cuántos propósitos tenemos, sino desde qué estado emocional estamos intentando construirlos. Aquí cobra sentido una idea fundamental: no podemos obtener resultados distintos haciendo más de lo mismo. Y esto no se limita a cambiar hábitos o estrategias; implica algo más profundo y menos visible: no sentir igual, no pensar igual y no actuar igual que el año anterior.

A esto lo llamo una migración emocionalmente consciente. Migrar emocionalmente no significa negar lo vivido ni forzarnos a estar “bien” todo el tiempo. Significa elegir, de manera intencional, las emociones que necesitamos cultivar para sostener los proyectos y metas que realmente anhelamos cumplir. No todas las emociones nos llevan al mismo lugar ni nos sirven para los mismos desafíos.

La planeación requiere foco y responsabilidad. Los proyectos desafiantes necesitan ambición bien encauzada. Los cambios profundos demandan valentía. La construcción de algo nuevo se sostiene mejor desde la esperanza que desde el miedo. Y ningún proceso de transformación se mantiene en el tiempo sin confianza, fe y perseverancia.

Liderar nuestra propia realidad empieza por asumir que cada resultado es consecuencia de un estado interno. Cuando migramos emocionalmente de forma consciente, dejamos de reaccionar y empezamos a elegir. Dejamos de vivir por inercia y comenzamos a dirigir.

Este 2026 puede ser simplemente un año más o puede convertirse en el tiempo que has estado esperando. La diferencia no estará en las circunstancias externas, sino en las decisiones internas que te atrevas a tomar.

Migrar, entonces, no es solo movernos externamente; es, sobre todo, migrar hacia adentro. Implica revisar y actualizar nuestra mentalidad, las creencias desde las cuales interpretamos la vida y la emocionalidad desde la que lideramos, amamos, educamos y trabajamos. Un liderazgo más consciente no se sostiene en viejas narrativas de exigencia, miedo o control, sino en una emocionalidad más madura, responsable y elegida.

Cuando una persona migra internamente, su impacto se amplifica: mejora la calidad de sus relaciones, eleva su forma de contribuir socialmente y transforma su manera de liderar en lo laboral. Desde un nuevo estado interno, dejamos de reaccionar al entorno y comenzamos a influir positivamente en él. Así, el cambio personal se convierte en un acto de servicio silencioso, pero profundo, capaz de generar bienestar, coherencia y resultados sostenibles.

Migrar, en esencia, es un acto de liderazgo personal. Es reconocer que ya no somos quienes éramos, pero que seguimos eligiendo quiénes queremos llegar a ser. Y ese tránsito, cuando se hace con conciencia, coherencia y propósito, no solo transforma los resultados: transforma la vida.

Que este año no te encuentre igual.

Que te encuentre migrando, creciendo y liderando tu propia historia.

Luchy Mejía, master Coach, experta en Emociones - CEO Potencial Humano Integral y LuchyAcademy


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