OPINIÓN

Natalia Jiménez Aristizábal

El precio invisible de portarse bien

Empezar el año “haciendo todo bien” puede parecer una virtud. A veces, sin embargo, es la forma más discreta de renunciar a ti.
5 de enero de 2026, 8:51 p. m.

El año empieza y, casi al mismo tiempo, empiezan las culpas.

Enero llega con listas nuevas, propósitos impecables y una presión silenciosa por hacerlo todo mejor: ser más disciplinados, más productivos, más conscientes, más agradecidos. Como si el cambio de calendario fuera también una evaluación moral.

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Y sin darnos cuenta, volvemos a lo mismo: portarnos bien.

No fallar.

No incomodar.

No desordenar lo que “ya funciona”.

No pedir demasiado.

No cambiar tanto.

Pero el año arranca y tú sigues cansado.

Muchas personas empiezan enero agotadas. No por falta de descanso, sino por exceso de adaptación.

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Desde fuera, todo parece estar en orden.

La relación “bien”.

El trabajo “bien”.

La vida “bien”.

Pero por dentro hay una sensación difícil de explicar: algo no está mal, pero tampoco está vivo.

Porque hay una diferencia enorme entre que una vida funcione y que una vida sea tuya. Entre cumplir expectativas y habitarte.

Portarse bien durante años suele implicar pequeñas renuncias que nadie registra: decir que sí cuando quieres decir no, minimizar lo que sientes, adaptarte antes de preguntarte si ese lugar es el tuyo. No son decisiones grandes. Son miles de microajustes. Y justo por eso pasan desapercibidos.

Hasta que un día - muchas veces en enero - aparece la pregunta incómoda: ¿en qué momento dejé de elegir?

La violencia que no hace ruido

Hablamos mucho de violencia, y con razón. Pero hay una que casi nunca nombramos porque no grita ni golpea: la violencia suave de los roles sociales.

Esa que te dice:

Sé razonable.

No exageres.

Así es la vida adulta.

Ya pasará.

Es lo normal.

No es una violencia explícita. Es cultural.

No te obliga: te convence.

Te enseña a confundir estabilidad con silencio.

Madurez con aguante.

Responsabilidad con renuncia.

Y lo más eficaz es que llega envuelta en elogios: la persona fuerte, la que puede con todo, la que no se queja, la que se adapta. Nadie te advierte del coste psicológico de ese modelo: vivir en permanente ajuste termina apagando el deseo, la intuición y, poco a poco, el sentido.

Culpa: el pegamento invisible del sistema

La culpa no aparece porque estés haciendo algo mal. Aparece cuando empiezas a pensar distinto.

Culpa por querer más.

Culpa por cansarte de lo que “debería bastar”.

Culpa por imaginar otra vida.

La culpa funciona como un pegamento silencioso: mantiene unidas estructuras que ya no se sostienen solas. Te devuelve al carril justo cuando estás a punto de desviarte.

Por eso enero es peligroso. Porque trae claridad. Y la claridad incomoda.

No es rebeldía, es supervivencia.

Cuestionar estas narrativas no es capricho ni moda. Es salud mental.

Desobedecer no siempre significa romperlo todo. A veces significa algo mucho más íntimo y difícil: admitir que una vida que parecía correcta ya no es suficiente.

Decir “esto no me alcanza” sin tener todavía un plan B.

Reconocer que has cambiado.

Aceptar que lo que antes sostenías, ahora te pesa.

No se trata de destruir vínculos, sino de dejar de destruirte a ti para sostenerlos.

Porque hay un momento - silencioso, profundo - en el que una persona entiende algo esencial: no puede seguir viviendo una historia escrita por otros.

Tal vez enero no sea para promesas, sino para verdades. Enero suele llenarse de propósitos: más control, más orden, más disciplina. Tal vez este año la pregunta no sea cómo portarte mejor, sino cómo vivir con más honestidad.

¿Dónde me estoy portando bien a costa de mí?

¿Qué sigo sosteniendo solo porque “así es la vida”?

¿Cuándo fue la última vez que elegí, de verdad?

Portarse bien te mantiene dentro.

Pero escucharte te devuelve a casa.

Y en un mundo que premia la corrección por encima de la coherencia, atreverse a vivir desde la verdad no es egoísmo.

Es un acto profundamente valiente.

Natalia Jiménez Aristizábal es emprendedora, builder de impacto y fundadora de Xaia Lab.


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