En los últimos meses he reflexionado mucho sobre qué quiero lograr este año y, sobre todo, sobre qué debo traer de mí misma para ser mejor líder todos los días. No solo en los espacios de trabajo, sino también en los más cotidianos: en mi casa, con mis hijos, en los equipos que acompaño y en las decisiones que tomo a diario.
Y una idea se ha vuelto cada vez más clara: liderar mejor no pasa por hablar más, sino por escuchar mejor.
Vivimos rodeados de conversaciones —y, por qué no decirlo, de mucho ruido—. Reuniones, paneles, intercambios constantes de ideas en espacios virtuales y presenciales. Sin embargo, escuchar de verdad, con atención y con la disposición genuina de ver —literalmente— al otro, se ha vuelto cada vez más difícil. No solo por falta de voluntad, sino porque nuestra capacidad de atención es cada vez más corta.
Hoy incluso se habla de fenómenos como el popcorn brain, una forma de describir cómo nuestra mente salta de un estímulo a otro, fragmentando la atención y dificultando la capacidad de sostener una idea, una conversación o un desacuerdo sin distraernos o desconectarnos. En un entorno así, escuchar exige ir contra la corriente: detenerse, enfocarse y renunciar a la respuesta inmediata.
Por eso, en un contexto que fragmenta la atención, liderar también implica asumir la responsabilidad de crear condiciones que hagan posible escuchar de verdad.
Lo he visto una y otra vez en escenarios técnicos, institucionales y estratégicos: personas que entran a conversar no para comprender, sino para demostrar cuánto saben; que interrumpen para corregir sin haber escuchado ideas completas; que responden antes de haber entendido. En muchos casos no se trata solo de ego, sino de una dificultad creciente para sostener la atención en lo que el otro está diciendo.
Decimos que el trabajo colaborativo es obvio, necesario, casi incuestionable. Y en el papel lo es. Pero, en la práctica, construir equipos que trabajen de manera constructiva sigue siendo una de las tareas más exigentes del liderazgo. Colaborar no es sumar personas a una agenda o a un enlace de Zoom y repartir responsabilidades. Es aceptar el disenso, compartir el mérito y sostener conversaciones que requieren atención real, no respuestas automáticas.
Ahí es donde muchas organizaciones y propósitos importantes tropiezan. Se habla de colaboración, pero se premia el protagonismo individual. Se promueve el trabajo en equipo, pero se toleran dinámicas que no dejan espacio para escuchar con profundidad. Se aplaude la diversidad, siempre y cuando no exija detenerse, incomodarse o revisar lo que consideramos certezas. Sin atención sostenida, la colaboración se queda en el discurso.
Escuchar, además, no es un acto neutral. También es una decisión de poder. No todas las voces se escuchan igual, ni con la misma paciencia ni con el mismo respeto. La escucha se manifiesta en gestos cotidianos: a quién se interrumpe, a quién se le exige explicar de más, a quién se le concede el beneficio de la duda y a quién se le pide demostrar una y otra vez su capacidad.
En ese contexto, el liderazgo femenino sigue enfrentando una carga adicional que pocas veces se nombra con franqueza. En muchos espacios, las mujeres sentimos que debemos demostrar más: más preparación, más resultados, más control emocional. Y cuando lideramos con carácter, claridad y orientación a resultados, esa firmeza suele leerse de manera distinta. La claridad se confunde con agresividad y la exigencia con una forma inapropiada de ejercer autoridad.
El costo es alto. Muchas mujeres terminamos invirtiendo energía en gestionar percepciones, suavizar mensajes o probar que nuestro liderazgo no es una amenaza, en lugar de concentrarnos en lo esencial: tomar decisiones, construir equipo, generar impacto y hacer que las cosas pasen.
Este año quiero ser una mejor líder y sé que el punto de partida no es imponer ni ocupar más espacio. Es revisar cómo escucho, cuánto foco pongo en el otro y desde dónde ejerzo el poder. Entender que escuchar no debilita la autoridad, sino que la vuelve más consciente y más efectiva.
Tal vez la pregunta que deberíamos hacernos este año no sea qué tan bien hablamos, sino qué tan dispuestos estamos a escuchar de verdad.
Escuchar sin la necesidad de demostrar nada. Escuchar para construir con otros, sin suponer, sin anticipar respuestas, sin reaccionar desde la prisa o la defensa. Escuchar como una práctica que nos ayude a tomar mejores decisiones y a evitar reacciones que luego cuestan tiempo, confianza y relaciones.
Confío en que ahí empieza el liderazgo que hoy necesitamos.
Diana Isabel Eugenia Ramírez, Valor Social e impacto – AECOM Latinoamérica










