OPINIÓN

Julieth Peraza Torres

Hay oro negro en Israel

En esta columna, una reflexión sobre el verdadero significado de la riqueza cultural, el legado del vallenato y la obra de un hombre que convirtió el sacrificio en patrimonio nacional.
7 de enero de 2026, 5:47 p. m.

En Israel no hay minas.

No hay yacimientos, ni pozos profundos, ni vetas brillantes de metal.

No hay oro, ni petróleo, ni carbón.

Pero en Colombia sí hay un Israel donde brota una riqueza que no se agota, no se entierra ni se exporta. Ese Israel es Israel Romero Ospino. Y su oro —su oro verdadero— suena.

El Festival de la Leyenda Vallenata 2026 lo homenajeará bajo un nombre que no es metáfora, sino verdad cultural y espiritual: Hay oro negro en Israel. Es la forma que encontré para decir lo que muchos sienten y pocos logran nombrar: que en este hombre, en su historia, en su sangre y en su acordeón, habita una riqueza que le pertenece a toda una nación.

Israel Romero no fue creado por la industria. Fue forjado por el sacrificio.

Nació del barro y creció entre juglares. Viene de una dinastía donde la música se hereda como un mandato, no como una opción. Su sangre se enreda en la misma genealogía de Alejo Durán y Nafer Duran.

Su madre, de los Ospino. Su padre, Escolástico Romero Rivera, reparador de acordeones, que iba cada día en burro hasta unas tierritas llamadas La Guitarrilla, con el alma rota, pero la vocación intacta. En esa casa humilde, desde sus primeros pasos, lo acompañaron sus hermanos Rafael y Norberto, quienes fueron pilares silenciosos pero firmes, guardianes de su nombre y custodios de una tradición que se convirtió en legado.

Y en esta historia también es justo evocar a su hermano, el poeta de Villanueva, Rosendo Romero, quien con su composición elevó aún más el linaje. Entre todos, construyeron una dinastía que cambió para siempre la historia del vallenato

Ser acordeonero en Villanueva —decía Israel— no es un accidente: es un mandato.

Su niñez fue de sacrificio. Su adolescencia, de ensayo. Y su madurez, una obra que hoy aplaude el mundo.

Con Rafael Orozco fundó El Binomio de Oro. Pero aquello no fue solo un grupo: fue un fenómeno cultural. Israel no solo tocaba el acordeón; construía identidad, cosía emociones y creaba una estética que modernizó el vallenato sin traicionar su esencia. Y cuando Rafael partió, Israel siguió. No se detuvo. Porque quien tiene oro en el alma no necesita buscarlo afuera.

¿Por qué decir que hay oro negro en Israel?

Porque el verdadero oro no está bajo tierra. Está en quienes transforman el dolor en arte. En hombres como Israel Romero, que con un acordeón viejo, una disciplina férrea y una fe inquebrantable levantaron un imperio cultural. Él es la veta que no se agota. Es el oro que canta.

En 2026, Israel Romero no recibe un homenaje cualquiera. Recibe el agradecimiento de una patria que se reconoce en su música.

Y yo, como gestora cultural, como mujer vallenata y como cronista de nuestras raíces, le pongo un nombre digno de su historia: Hay oro negro en Israel.

Y está en su música, en su memoria y en su misión.

Julieth Peraza Torres, escritora y gestora cultural



Noticias Destacadas