Cuando miro los resultados de 2025, veo motivos para celebrar: crecimiento, expansión a nuevos mercados, contratos que parecían imposibles, tecnología que nos posicionó como referentes. Pero cuando miro más allá de los indicadores, veo algo mucho más importante: rostros, nombres, conversaciones. Momentos en los que alguien creyó cuando yo dudaba, resolvió cuando no tenía respuestas o se quedó cuando habría sido más fácil irse.
Este año no fue mío. Fue nuestro. Y si algo he aprendido después de dos décadas construyendo empresas es que el éxito nunca es individual, aunque muchas veces se narre como si lo fuera.
Le debo este año a quienes dijeron verdades incómodas cuando más las necesitaba. Al director que me desafió en una junta de marzo, cuando mi estrategia era brillante en el papel pero inviable en la realidad. A la analista que tuvo el coraje de advertirme que mi decisión favorita iba a fallar, y acertó. A los colegas que me confrontaron desde el respeto cuando el ego empezaba a nublar el juicio.
La gratitud fácil es agradecer a quienes nos dicen que sí. La gratitud real es reconocer a quienes se atreven a decirnos que no por las razones correctas.
Le debo este año a quienes resolvieron crisis que nunca conocí. A los equipos que gestionaron el caos y transformaron un desastre potencial en una entrega cumplida. A los proveedores que no dejaron de creer ni de crecer con nosotros. A los conductores que trabajaron en días festivos para que otros pudieran cumplir sus promesas. A todas las personas que hicieron un trabajo excepcional sin buscar reconocimiento público.
El liderazgo visible existe porque hay una excelencia invisible que lo sostiene.
Le debo este año a los clientes que confiaron cuando éramos la opción más arriesgada. Al que nos dio la oportunidad de competir con empresas tres veces más grandes. Al que apostó por nuestra tecnología cuando aún estaba en fase de prueba. Al que renovó su contrato incluso después de un error, porque vio cómo respondimos. Los clientes leales no son los que nunca enfrentan problemas, sino los que confían en cómo los resolvemos.
Le debo este año también a quienes se fueron. A quienes cerraron ciclos con dignidad, entrenaron a su reemplazo sin que nadie se los pidiera y demostraron que irse bien también es una forma de liderazgo. Hay tanta sabiduría en saber marcharse como en saber quedarse.
Le debo este año a los competidores que nos retaron. Al que lanzó un servicio que nos obligó a reinventarnos. A la empresa que nos ganó licitaciones importantes y nos forzó a revisar qué estábamos haciendo mal. Incluso a quienes hablaron mal de nosotros y nos empujaron a demostrar con hechos quiénes éramos. La competencia sana no es enemiga del crecimiento: es su combustible.
Le debo este año a mi familia, que pagó el precio invisible del liderazgo. A las cenas interrumpidas por llamadas urgentes, a los fines de semana en los que estuve presente físicamente pero ausente mentalmente. A las conversaciones aplazadas con la promesa recurrente de “después de este proyecto”. A la paciencia frente a mis obsesiones empresariales y a los sacrificios que nunca pedí, pero que recibí.
El éxito profesional que se celebra en público casi siempre descansa sobre renuncias familiares que nadie menciona.
Le debo este año a quienes apostaron por nosotros sin garantías, al mentor que me regaló horas sin esperar nada a cambio, a quienes vieron potencial antes de ver resultados. A quienes cometieron errores y asumieron responsabilidad, entendiendo que la integridad no consiste en no fallar, sino en responder con honestidad cuando se falla.
Le debo este año a quienes se quedaron en los momentos difíciles. Porque la lealtad no se mide en los días buenos, sino en los días imposibles.
Y le debo este año a personas que nunca conocí, pero que hicieron posible cada logro: autores de libros que me formaron, líderes anónimos cuyas decisiones abrieron oportunidades, personas que demostraron que nadie construye desde cero.
Cuando celebro este 2025, celebro a cada persona que lo hizo posible. A las visibles y a las invisibles. A las que están y a las que se fueron. A las que dijeron que sí y a las que dijeron que no. A las que aplaudieron y a las que cuestionaron. A las que empujaron y a las que frenaron cuando iba en la dirección equivocada.
Este 2025 fue extraordinario no por lo que logré, sino por lo que logramos juntos. Esa es la única métrica que realmente importa.
Con gratitud infinita.
Daissy Amarillo, CEO Grupo Transintercargo Logistica










