He tenido un año extremadamente exigente emocionalmente.
Hay años que no se miden por meses, sino por sucesos que lo sacan de su lugar seguro. Años que no se recuerdan por lo que pasó, sino por lo que se perdió pero también por lo que se aprendió. Este ha sido uno de ellos.
La Navidad llega siempre envuelta en una celebración luminosa: reuniones, risas, promesas de esperanza. Y, sin embargo, para quienes han atravesado pérdidas —personas amadas, proyectos, certezas, etapas completas de la vida— esa luz puede sentirse ajena, incluso pesada.
Durante mucho tiempo pensé que la resiliencia era una reacción inmediata al dolor. Una especie de fortaleza automática que permitía levantarse y seguir. Hoy sé que no. La resiliencia verdadera es acumulada. Se construye lentamente, como una arquitectura interna que se sostiene con memoria, conciencia y sentido. Es lo que yo llamo el mapa secreto de la vida: ese trazado invisible que nos guía incluso cuando creemos estar perdidos.
Por eso esta Navidad no creo en la obligación de estar bien. Hay etapas en la vida que estar bien no es exigirse alegría, donde el silencio tenga lugar, donde el recuerdo no sea un estorbo sino una forma de amor.
A quienes llegan a estas fechas con el corazón arrugado , les propongo cinco acciones —no para “superar” la Navidad, sino para gozarla a pesar del dolor—.
Primero: permítase sentir, sin aparentar estar bien.
Sentir tristeza en Navidad no es fracasar emocionalmente. No es ser ingrato ni débil. Es ser coherente con la propia historia. La cultura nos ha enseñado a esconder el dolor en estas fechas, como si la tristeza fuera una falta de gratitud . No lo es. El dolor no desaparece porque lo ignoremos; se transforma cuando lo reconocemos, y nunca sucede de la noche a la mañana. Permitirse sentir es el primer acto de resiliencia consciente.
Segundo: cada año es único y las celebraciones también.
Tal vez este año no necesita la misma mesa, ni el mismo número de invitados, ni la misma música. Los rituales no son sagrados por su forma, sino por su sentido. Puede que hoy su Navidad sea una conversación íntima, una caminata en silencio o una vela encendida con intención. Redefinir no es renunciar: es actualizar la vida a lo que usted hoy necesita.
Tercero: nombre a sus ausentes.
El gran error cultural frente al duelo es creer que recordar duele más que callar. No es cierto. Callar a los ausentes los vuelve fantasmas; nombrarlos los convierte en legado. Diga sus nombres. Cuente sus historias. Reconozca lo que le dejaron. Las personas que amamos no desaparecen: pasan a habitar esa herencia invisible que nos constituye y nos sostiene.
Cuarto: libérese de la exigencia de alegría permanente.
La Navidad no es una prueba de felicidad. La paz, la serenidad e incluso la melancolía también son formas legítimas de celebración. Estar en calma después de un año duro ya es un logro inmenso. No se mida por la intensidad de su sonrisa, sino por la honestidad de su presencia.
Quinto: celebre con su manada, con los suyos.
No se obligue a estar con todo el mundo. Elija estar con quienes le permiten ser usted sin explicaciones. La Navidad no es cantidad, es verdad. A veces basta una mesa pequeña, una conversación honesta, un abrazo que no pregunte nada. Celebre con quienes conocen sus arrugas y no intentan alisarlas. Con quienes no esperan una versión editada de usted, sino su presencia genuina.
La Navidad no siempre llega para hacernos felices. A veces llega para recordarnos quiénes somos después de todo lo vivido. Para reconciliarnos con nuestra fragilidad, con nuestras pérdidas y también con la fuerza silenciosa que hemos acumulado sin darnos cuenta.
Tal vez el verdadero milagro no sea la alegría inmediata, sino la capacidad de seguir amando, incluso cuando el alma está arrugada.
Y eso —aunque no lo parezca— también es una forma profunda de celebración.
María Carolina Hoyos Turbay, presidenta Fundación Solidaridad por Colombia.










