La vida humana empieza con un sistema de defensas que está en aprendizaje. Durante los primeros meses, una infección que para un adulto sería solo un contratiempo puede convertirse en hospitalización para un lactante. Por eso, proteger pronto y de forma completa cambia el mapa de riesgos: menos cuadros severos, menos interrupciones en la alimentación y el sueño, más semanas dedicadas a madurar pulmones y cerebro.
Pensemos primero en los bebés nacidos a término. Su desarrollo cumplió el ciclo esperado, pero siguen expuestos a virus que circulan con fuerza, como el Virus Sincitial Respiratorio, una causa frecuente de bronquiolitis y neumonía en los primeros meses.
Contar con inmunización específica frente a este virus, junto con los demás esquemas al día, reduce el riesgo de enfermedad severa, visitas a urgencias y estancias hospitalarias. El efecto se nota en la vida diaria: menos sobresaltos, más continuidad en el crecimiento y mayor margen para que la familia organice rutinas saludables.
Miremos ahora la situación particular de los prematuros. Nacen con menos anticuerpos y con órganos aún en construcción. Además, sus primeros días suelen incluir más procedimientos y más tiempo en entornos hospitalarios, con exposiciones adicionales.
Cuando llegan a casa, se enfrentan a los mismos virus que están en el transporte, en el hogar y en los espacios que comparte la familia. Reconocer esa vulnerabilidad no busca alarmar, sino entender que parten de un punto distinto y que, por eso, la prevención temprana pesa más en su balanza. Vacunar a tiempo reduce reingresos, evita complicaciones y les concede semanas valiosas para madurar y ganar peso de manera sostenida.
La inmunización también cuida lo que viene. Un episodio grave a tan corta edad puede dejar marcas: dificultades para alimentarse, necesidad de oxígeno, uso de antibióticos y rutinas que se desordenan. Evitar esos baches ofrece un camino más estable para el desarrollo del cerebro, el crecimiento y la vida en familia. No hay atajos ni fórmulas mágicas, pero sí decisiones que inclinan la balanza a favor de los más pequeños; y vacunar a tiempo es una de las más determinantes.
Desde mi experiencia acompañando iniciativas de prevención en salud pública, veo a diario el impacto de sostener la inmunización: menos hospitalizaciones evitables, más tranquilidad para las familias y trayectorias de crecimiento que se consolidan. Detrás de cada dosis aplicada a tiempo hay una oportunidad ganada: una noche de sueño continuo, una semana sin fiebre, un control pediátrico que celebra avances.
Cuidar el primer año de vida es invertir en todo lo que viene después. Para los bebés a término y, con mayor razón, para los prematuros, la inmunización temprana transforma un periodo crítico en un camino más seguro. No es una formalidad; es una decisión concreta que marca la diferencia donde más cuenta.
Maguie Cangueiro, Head of Vaccines en Sanofi COPAC










