OPINIÓN

Sofy Casas

A recuperar el Congreso

Las elecciones legislativas de este 8 de marzo tienen un peso enorme para el futuro del país.
8 de marzo de 2026, 9:30 a. m.

En Colombia hay un error que se repite elección tras elección. El país mira obsesivamente la carrera presidencial y deja en segundo plano la elección del Congreso, como si se tratara de un simple trámite previo. No lo es. De hecho, muchas veces es la elección más decisiva de todas. Es en el Congreso que se define si el poder tiene límites o si avanza sin frenos.

Las presidenciales eligen quién llega a la Casa de Nariño. El Congreso define hasta dónde puede llegar ese gobierno. Ahí se aprueban o se frenan reformas, ahí se ejerce control político y ahí se protege —o se debilita— el equilibrio institucional que sostiene a cualquier democracia. Por eso las elecciones legislativas de este 8 de marzo tienen un peso enorme para el futuro del país.

Colombia se dirige hacia una contienda presidencial que, según las tendencias que hoy se mueven en el tablero político, podría enfrentar dos visiones completamente opuestas del país. Por un lado, sectores de izquierda radical que hoy orbitan alrededor del proyecto político del sátrapa de Gustavo Petro y que tienen como figura fuerte al amigo de los narcoterroristas de las Farc y ELN, Iván Cepeda. Por el otro, un bloque de oposición sólido que empieza a consolidarse alrededor de liderazgos como el de Abelardo de la Espriella.

Si un proyecto político tan peligroso como el que representa Cepeda llegara a la Presidencia y además obtuviera mayorías en el Congreso, el rumbo institucional del país cambiaría profundamente. No sería solo un gobierno. Sería la posibilidad de rediseñar el sistema desde adentro. Con mayorías legislativas se cambian leyes, se transforman instituciones, se aprueban reformas estructurales, se frena la constituyente chavista que están armando y se presiona el funcionamiento de los organismos de control.

Ese es el camino que han seguido distintos proyectos políticos fracasados de la extrema izquierda en América Latina cuando han querido consolidar poder. Cuba, Venezuela y Nicaragua son un vivo ejemplo que no debemos permitir que se replique en Colombia.

Por eso el problema no es únicamente quién gane la Presidencia. El verdadero punto de quiebre está en el Congreso.

Si ese proyecto político logra dominar el Capitolio, tendría vía libre para profundizar reformas que ya han generado enorme preocupación en distintos sectores del país, desde el sistema de salud hasta el modelo pensional y el funcionamiento institucional del Estado.

Pero el Congreso también puede cumplir el papel contrario, ser el contrapeso que toda democracia necesita. Si las fuerzas de oposición logran mayorías legislativas, el panorama cambia por completo. Un Congreso fuerte puede ejercer control político real, modificar reformas, frenarlas o redirigirlas. Puede impedir que un proyecto ideológico avance sin debate ni límites.

Ahí entra un elemento que hoy resulta decisivo, y es la capacidad de las fuerzas políticas que no comparten el rumbo actual del gobierno para entender la magnitud del momento.

El Centro Democrático, Cambio Radical, el Partido Conservador, sectores del Partido Liberal, el Partido de la U, el Movimiento Político MIRA y otras fuerzas democráticas tienen hoy una responsabilidad enorme con el país. Este no es momento de actuar como islas.

Si cada uno compite únicamente por su propio espacio, el resultado puede ser un Congreso fragmentado donde la izquierda organizada termine imponiéndose con mayor facilidad. Pero si logran construir mayorías amplias, el Congreso se convierte en un verdadero muro institucional capaz de equilibrar el poder.

En ese escenario también es importante que el Movimiento Salvación Nacional logre superar el umbral y tener representación parlamentaria. Cada bancada adicional que defienda el equilibrio institucional fortalece la capacidad del Congreso para cumplir su función. Porque el Congreso no solo sirve para frenar. También puede servir para reconstruir.

Si un liderazgo como el de Abelardo de la Espriella, o quien resulte ganador de la Gran Consulta por Colombia —en la que Paloma Valencia aparece liderando varias mediciones— llegara a la Presidencia con mayorías legislativas, Colombia tendría la oportunidad de reordenar el rumbo institucional y corregir reformas que hoy tienen en vilo al país. Un gobierno con respaldo en Senado y Cámara tendría la capacidad de impulsar reformas profundas para revertir lo que muchos sectores consideran los daños que han sufrido áreas clave del país en los últimos años, desde el sistema de salud hasta el modelo pensional, la seguridad y la estructura institucional del Estado. Ahí está el verdadero peso de esta elección.

No se trata simplemente de elegir senadores o representantes. Lo realmente importante es decidir qué rumbo político tendrá espacio para avanzar y cuál tendrá la capacidad de ser frenado. Por eso votar bien al Congreso es una enorme responsabilidad que tenemos todos. Esta no puede tratarse como una elección cualquiera, y mucho menos como una secundaria. Lo que está en juego es una decisión estratégica sobre el equilibrio del poder en Colombia.

En medio de este momento político tan tenso, también conviene decir algo con claridad. Las fuerzas que hoy representan la oposición democrática no pueden caer en la trampa de dividirse entre sí. El país necesita madurez política.

Los principales partidos de oposición, como el Centro Democrático y Salvación Nacional, que comparten preocupaciones similares sobre el rumbo institucional del país, están llamados a actuar con responsabilidad histórica. Colombia necesita que esas fuerzas encuentren puntos de encuentro y no nuevas fracturas. Abrir heridas innecesarias entre sectores que deberían estar del mismo lado del debate solo termina debilitando la capacidad de construir un verdadero contrapeso democrático.

Hoy más que nunca se necesita calma, cabeza fría y sentido de país. Conviene no olvidarlo: cada vez que las fuerzas democráticas se fragmentan, quienes pretenden llevar al país hacia el socialismo del siglo XXI encuentran el terreno mucho más despejado para avanzar. Y Colombia no necesita más divisiones. Necesita unión para defender sus instituciones.

Por el bien del país, que nadie se quede en casa. Todos a votar.