El próximo 8 de marzo el país tendrá una oportunidad crucial, en democracia, de dar un viraje que permita recomponer el rumbo, recuperar la seguridad, la estabilidad y, sobre todo, la confianza en la institucionalidad.
En menos de un mes, las elecciones legislativas serán el punto de partida de un proceso democrático en el que se defina un nuevo norte para Colombia. Es en las urnas donde los colombianos definirán un derrotero que deje atrás la polarización y queden sentadas las bases de un país que unido logre la cohesión social.
En ese sentido, lo que está en juego no es poco. En esta oportunidad, la indiferencia, reflejada en abstencionismo, no es una opción si de lo que se trata es de restablecer un sistema que devuelva la tranquilidad a la población, sobre la base de un acuerdo social que ayude a construir un estado de bienestar del cual puedan gozar las futuras generaciones.
Pocas veces en la historia reciente unas elecciones han sido decisivas como las que nos convocan este año, y veamos por qué:
Vivimos un momento en el que la violencia vuelve a marcar la agenda diaria, en el que los colombianos se despiertan con noticias de atentados, amenazas, retenes ilegales y ciudadanos asesinados mientras cumplían su deber. Un país donde hacer política, ejercer liderazgo o simplemente trabajar por lo público se convirtió, otra vez, en un riesgo de vida.
Mientras tanto, miles de familias en Córdoba y Sucre lo perdieron todo por las lluvias. Casas inundadas, cultivos arrasados, comunidades enteras a la espera de respuestas. Lo que debería ser una institución dedicada a salvar vidas y atender emergencias —la UNGRD— hoy está manchada por escándalos de corrupción que indignan y duelen. Porque cuando la ayuda se roba, no solo se pierde dinero: se pierde dignidad y se condena a los más vulnerables.
A esto se suma un clima de zozobra que no podemos normalizar: amenazas del ELN, advertencias sobre posibles atentados, intentos de infiltración en espacios educativos y maniobras para interferir en los procesos democráticos. Todo esto ocurre mientras algunos prefieren minimizar, relativizar o mirar hacia otro lado.
Pero Colombia no puede seguir anestesiada. No puede acostumbrarse al miedo, a la corrupción ni al desorden público como si fueran parte inevitable del paisaje.
Por eso, la jornada electoral del próximo 8 de marzo no es una fecha cualquiera en el calendario. Es una decisión histórica. Es el momento en el que cada ciudadano debe preguntarse, con honestidad:
¿Quién está trabajando de verdad por el país? ¿Quién defiende la democracia sin ambigüedades? ¿Quién tiene la experiencia, el carácter y la coherencia para enfrentar este momento crítico?
Votar no es solo un derecho: hoy es un acto de conciencia. Es revisar trayectorias, contrastar discursos con hechos, premiar el trabajo serio y castigar la improvisación, el oportunismo y la corrupción.
Colombia necesita orden, sí. Pero también necesita unidad, sensatez y liderazgo responsable. Necesita un Congreso que legisle pensando en la gente y no en el caos. Necesita decisiones firmes, no silencios cómplices.
Despertemos. Miremos el país que tenemos y decidamos, con responsabilidad, el país que queremos construir. Porque el futuro de Colombia no se juega en discursos incendiarios ni en el miedo: se juega en las urnas. Y esta vez, no podemos fallar.










