La palabra victoria conlleva un contenido mágico. Háyase conseguido ella o no, después de unas elecciones muchos políticos la reclaman. Y con cualquier irresponsabilidad y acogida, porque saben que resulta muy fácil impresionar a los que no están bien informados. A diferencia del boxeo, en donde solo hay un ganador, en las votaciones para Congreso proliferan partidos y pluralidad de candidatos elegidos. Por eso muchos, amañando interpretaciones, manipulan números para auto proclamarse como vencedores.
Ante todo, recuerdo aquí que la palabra ‘victoria’ —lo saben muy bien los militares—, no tiene un significado unívoco sino polivalente, o sea muchos y relativos. Para Rusia, inicialmente, triunfar era colocar un gobierno amigo en Ucrania. Se le complicó y lo cambió por la invasión. Para Zelensky, ganar era, políticamente, mantenerse en el poder. Ahora lo es, guerrero, detener la invasión.
Lo anterior lo vivió Pirro, rey de Epiro, en 279 a. C., que triunfó en Ausculum sobre los romanos, pero que perdió tantos hombres, que se dolió: “Otro triunfo como este, y estoy acabado.” Victoria Pírrica, pues cuatro años después fue derrotado en Benevento. Desapareció de la historia. Las batallas se prolongan con nuevas victorias o con nuevas derrotas en el tiempo.
Episodios que me vinieron a la memoria tras las declaraciones de algunos altos dirigentes, y otros electos, del Pacto Histórico, partido de gobierno, reclamando un triunfo absoluto en los comicios del 8 de marzo. Al contrario, pienso que sufrieron lo que llamo la ‘derrota de las expectativas’. Expectativas que, además, eran fundadas. Y que, en el futuro, pueden vislumbrarles la repetición del caso de aquel Pirro.
Las cifras sociales de las reformas de Petro permitían prever una cosecha mucho mayor de votos. Salario mínimo que benefició a 2.7 millones de trabajadores y a 2.5 millones de jubilados; devolución del IVA a 2 millones; reajustado programa de Colombia Mayor, refieren 1.7; devolución de la Renta ciudadana 2.9; en la reforma pensional 2.6 millones beneficiados; renta joven, 380.000. Si el Gobierno se cree sus propias estadísticas, tendríamos, además, lo siguiente: 2.5 millones de personas salieron del hambre y en total aseguran que se sacaron a 2.6 millones de la pobreza. Se entregaron 750.000 hectáreas de tierras. Súmese la rebaja de la gasolina para taxistas, motociclistas y transportadores. Y, para finalizar, el empleo militante. Me resulta que las estadísticas oficiales señalan muchísimo más de 18 millones de beneficiados. (Lo anterior será impresionante siempre que sea sostenible).
Pero… ¿Un beneficiario, un voto? No. ¿Dos beneficiarios, un voto? No. ¿Tres beneficiarios, un voto? No. ¿Cuatro beneficiarios, un voto? No. ¿Rechazado, o no aceptado, o indiferente por esos favorecidos el Pacto Histórico? ¿Qué le ocurrió, que después de toda esta sumatoria, solo aumentó cinco curules en el senado, frente a un empate técnico con el Centro Democrático, que consiguió cuatro más? Su derrota de las expectativas resulta clara al contrastar estos números con los del 8 de marzo. Y si las expectativas eran fundamentadas, la derrota entonces será también real.
Me atrevo a intuir varias explicaciones, todas no positivas para el Pacto Histórico.
¿No era ese el cambio que querían los colombianos? ¿Insuficiente? En un país que ha sufrido tanta violencia, ¿la falta de autoridad fue fatal para este gobernante, superado por la delincuencia común, el narcotráfico y las guerrillas? ¿La corrupción mayor? ¿Sus atentados contra la salud? ¿No gustó el estilo del presidente guerrillero desde la Presidencia? Después de recopilar los discursos de Petro, “mires a ciudadano a quien mires, este será un traidor, un vendido, un extraño y un usurero”. ¿Todos factores de esa derrota? No solo de pan vive el hombre.
Un interpretación optimista de mi parte es que el libreto chavista de desconceptuar las instituciones para perpetuarse la izquierda en el poder no funcionó. Desde 1978, Juan Linz, en La quiebra de las democracias, advirtió tales pasos. Los que trató de seguir Petro. Polarizar, dividir y señalar muchos etéreos enemigos: de clases, de regiones, de razas y otros más; desconceptuar a los oponentes; cuestionar las cortes; amenazar al Congreso; descalificar el sistema electoral; presionar indebidamente; desorganizar a los militares; convocar marchas y manifestaciones contra las instituciones, todo ello para llegar al título del libro de Yascha Mounk: El pueblo contra la democracia.
Y me faltaba lo principal: los resultados del Senado enterraron la convocatoria de una Constituyente. Esta se usaría para la configuración de intersticios constitucionales, los mismos que le habrían permitido a Iván Cepeda ejercer una izquierda fundamentalista desde la Presidencia.
Es mi esperanza que electores y abstencionistas de este 8 de marzo hayan comprendido que en un futuro lo que se definía era el comienzo o no de la parodia de Oscar Wilde al discurso de Lincoln: “un gobierno del pueblo, por el pueblo, para aplastar al pueblo”.
