Si usted es de los que se levanta cada mañana a camellar, paga sus impuestos a tiempo, cuida su historial crediticio para comprar su apartamento y siente el alivio de llegar a fin de mes con las cuentas pagas, tengo una noticia para usted: para este Gobierno, usted no existe.
El viernes, el ministro del Interior, Armando Benedetti, soltó una sentencia que es el reflejo de la ceguera oficial: afirmó que en Colombia no existe la clase media, que aquí solo hay pobres o ricos, empresarios o trabajadores. Punto.
Esa afirmación no solo es un error estadístico de un país con cerca de 18 millones de personas en ese segmento; es un insulto a la realidad de millones de hogares que no encajan en su narrativa de lucha de clases.
Porque la clase media no es un bloque único. Por un lado, están esos jóvenes profesionales que vienen de casas donde nunca les faltó nada, pero que hoy tienen que empezar de cero a construir su propio capital, ahorrando peso a peso para lograr lo que sus padres ya construyeron. Y por otro lado, está la cara de la movilidad social: el hijo del conductor de taxi o bus que, aunque no fue a la universidad, trabajó jornadas de 16 horas para que sus hijos hoy sean ingenieros, abogados o contadores. Estos hijos son la cara de una Colombia que no es de magnates, pero que dejó atrás la escasez. Ambos grupos son los que hoy compran el apartamento sobre planos, consumen en el restaurante de la esquina y se endeudan para viajar a conocer las bellezas del Eje Cafetero, caminar Santa Marta o, incluso, salir por primera vez del país a explorar nuevos rumbos. Es el grupo que le apuesta a Colombia con su ahorro y su deuda.
Lo dicho por el ministro no es un desliz; es la hoja de ruta de un gobierno que está dinamitando los puentes de progreso. La verdadera justicia social no es ver al Gobierno creciendo desaforadamente por puro cálculo político, inflando nóminas con contratos de prestación de servicios y manteniendo a buena parte del país a merced de la chequera oficial. No es justicia perpetuar la dependencia; la verdadera movilidad social nace de la formalidad real y de la libertad de progresar, no de quedar atrapado en el asistencialismo de turno o de un favor político para conseguir un empleo de papel.
Hoy, esa visión está en riesgo y se evidencia en el deterioro de pilares fundamentales para el ascenso social. Por ejemplo, al marchitar Mi Casa Ya, le quitan la escalera al joven que empieza de cero para construir su primer patrimonio. Del mismo modo, la asfixia del Icetex y de Colfuturo le cierra las puertas al que necesita el mérito para escalar en un mundo globalizado donde la Inteligencia Artificial obliga a actualizarse constantemente para no estancarse; quitar estos apoyos es condenar a nuestra clase media a la obsolescencia. A esto se suma una crisis del sistema de salud que obliga a estas familias a sacar de su presupuesto para pagar consultas y medicamentos que antes estaban cubiertos, asfixiando a quienes ya vivían con lo justo.
Señor ministro: la clase media no es un invento del neoliberalismo, es el resultado del sudor de padres que no aceptaron que sus hijos murieran en la pobreza. El éxito de una sociedad no se mide por cuánta gente logran amarrar a un contrato estatal temporal o a un subsidio, sino por cuánta gente logra consolidarse en esa clase media pujante de manera formal y definitiva. Gobernar desde discursos ideológicos e invisibilizar a este sector es una apuesta suicida. Si sus políticas fallan, para unos será la frustración de no construir nunca un capital propio, y para otros, el drama de perder la movilidad social que a sus familias les tomó una vida entera conquistar. Vea a las familias que hoy disfrutan lo que sus padres soñaron. Esa es la Colombia real. No los invisibilice más, porque son ellos los que sostienen este barco.
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