OPINIÓN

Redacción Semana

Borracho y traidor

Una investigación del Comité de Inteligencia del Senado concluyó que Aldrich Ames causó más daño a la seguridad nacional de los Estados Unidos que cualquier otro espía en la historia de la CIA.
10 de enero de 2026, 7:35 a. m.

Murió el lunes Aldrich Ames, de 84 años, el peor traidor en la historia de la Agencia Central de Inteligencia, y el marido de la colombiana María del Rosario Casas Dupuy. Ambos fueron condenados a penas de prisión cuando se descubrió la traición en 1994. Ella, a cinco años de cárcel, y él, a cadena perpetua. Él falleció en la cárcel. Ames fue el jefe de la sección de contrainteligencia de la división soviética de la CIA. Como tal, conocía la identidad de los 12 ciudadanos soviéticos que trabajaban para la CIA desde la Unión Soviética. Ames vendió esa información al Gobierno soviético por 2.700.000 dólares. Casi todos los espías traicionados por Ames fueron ejecutados, salvo dos que se escaparon. La URSS no buscó ni contactó a Ames.

En 1985, Ames entregó personalmente un sobre en la embajada soviética en Washington dirigido al jefe de la KGB en la embajada. Se identificó con su nombre verdadero y su cargo, y entregó una lista de secretos. Luego se reunió con la KGB en un restaurante de la capital, se tomó sus buenas copas y recibió 50.000 dólares por la información. Así durante casi un decenio siguió reuniéndose con los enemigos de los Estados Unidos durante la Guerra Fría y recibiendo los correspondientes emolumentos. Una reunión la tuvo en Unicentro. Él vino a Bogotá, se alojó en la casa de su suegra y luego tuvo el encuentro con sus nuevos jefes en el centro comercial.

Ames conoció en Ciudad de México en 1981 a María del Rosario Casas Dupuy, que en los últimos 19 años ha sido profesora de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Javeriana. Ella era la agregada cultural de la embajada colombiana y él se estaba divorciando de su esposa norteamericana. El político liberal tolimense Pablo Casas Santofimio fue el padre de María del Rosario Casas Dupuy. Su madre fue Cecilia Dupuy. Según The New York Times, María del Rosario Casas Dupuy estaba enterada de la actividad ilícita de su marido y no tuvo inconveniente en gastar lo que a él le pagaba la URSS: “She had learned about his treason and happily spent the proceeds”. Se comprobó que durante un fin de semana en Nueva York ella gastó 10.000 dólares en joyas, cuando el sueldo de su esposo era de unos 70.000 dólares al año. El hijo de la pareja tenía 5 años cuando ellos fueron capturados por el FBI y lo crio la madre de María del Rosario Casas Dupuy, egresada de la Facultad de Filosofía de la Universidad de los Andes. Ames no hizo sino tomar trago en Ciudad de México y su jefe recomendó que le dieran una licencia para curarse del alcoholismo, pero nada pasó. Casas Dupuy ya estaba unida a Ames en 1983 cuando a él lo trasladaron a la estación de la CIA en Roma. Allá Ames siguió bebiendo.

Se sabe que le gustaba el alcohol tanto como a su padre, un bebedor empedernido que también fue funcionario de la CIA. Una vez Ames se cayó al piso en una calle de Roma de una juma, pea, rasca o borrachera después de una fiesta en la embajada americana. Nadie lo reportó por jincho. Al regresar a Washington de Roma, Ames compró en efectivo una casa por 540.000 dólares, es decir, diez años de salario. Nadie en la CIA se dio cuenta, como no se dieron cuenta de que iba a su oficina en un Jaguar, que parqueaba en el estacionamiento de la CIA a la vista de todos. Al fin y al cabo, era uno de los principales funcionarios de la agencia. Era difícil dudar de él.

Finalmente, lo desenmascaró Sandra Grimes, una analista de contrainteligencia de la CIA. Ella descubrió que Ames en tres ocasiones consignó 9.000 dólares en su cuenta bancaria después de almuerzos con funcionarios soviéticos. Grimes estaba a punto de jubilarse en 1991 cuando le pidieron que no se retirara para investigar por qué cinco años antes súbitamente habían desaparecido como por arte de magia todos los informantes que la CIA tenía en la URSS. Ella transcribía los despachos de uno de esos informantes, el general Dmitri Poliakov. Este, que trabajó en inteligencia militar y espió para la CIA por disgusto con la corrupción imperante en la nomenclatura del Partido Comunista, fue ejecutado.

Una investigación del Comité de Inteligencia del Senado concluyó que Aldrich Ames causó más daño a la seguridad nacional de los Estados Unidos que cualquier otro espía en la historia de la CIA.