En las periódicas encuestas de favorabilidad de los mandatarios latinoamericanos, se disputan el primer puesto Nayib Bukele de El Salvador y Claudia Sheinbaum de México.
El caso de Bukele ha generado sorpresa, ya que recibe también desde el exterior todo tipo de calificativos y su nombre se lo identifica con el autoritarismo y la violación de los derechos humanos.
Ese curioso fenómeno debe tener explicaciones. Una de ellas es que, en el país, el más pujante de Centroamérica, se entronizó desde la década de los treinta una sucesión ininterrumpida de gobiernos militares que, mediante la represión rampante, sostuvieron a una minúscula clase dirigente “de siete familias”, mientras que el resto de la población estaba en condición crítica.
Era el germen para un movimiento insurgente, que se extendió rápidamente. Para complicar las cosas, El Salvador entró en una cruenta guerra de 100 horas con Honduras.
El 24 de marzo de 1980, mientras oficiaba misa, fue asesinado el arzobispo Óscar Arnulfo Romero por sicarios enviados, al parecer, por el mayor Roberto D’Aubuison, fundador del partido Arena, líder de los escuadrones de la muerte y con gran ascendiente en el estamento militar.
Esa era la situación cuando Colombia comenzó a mirar hacia Centroamérica, y estuvo analizando, por solicitud del gobierno salvadoreño, el diferendo limítrofe que sostenía con Honduras, no solo por la delimitación marítima en el Golfo de Fonseca, sino por otros sectores de la frontera.
Durante el gobierno de Belisario Betancur, Colombia en 1985 fue la promotora del encuentro entre Napoleón Duarte, primer presidente civil después de muchos años, y la guerrilla, que controlaba la mitad del país. La reunión se llevó a cabo en la población de La Unión. Julio Londoño Paredes, enviado de Betancur, actuó como gestor y estuvo acompañado por el padre José Ignacio Usiacuría, rector de la universidad UCA de los jesuitas.
Posteriormente, también con órdenes del presidente colombiano, Londoño actuó en una compleja operación en la que la guerrilla liberó a la hija del presidente y a treinta y dos alcaldes que tenía secuestrados; mientras que el gobierno permitió la evacuación hacia Cuba de 400 guerrilleros lisiados, así como de tres guerrilleros, entre ellos la connotada Nidia Díaz, que se encontraban condenados en la cárcel. Todo ello en contra de la voluntad de los militares, que lo consideraron un acto de rendición. El país, sin embargo, siguió en caos.
Durante la guerra civil hubo unos 80.000 muertos y 8.000 desaparecidos en una población de cinco millones. Dentro de los muertos se contó al padre Usiacuría con cinco sacerdotes más, así como a una muchacha del servicio y su hija de 15 años, que fueron asesinadas por miembros del batallón de élite Atlacatl.
Posteriormente, las ‘maras’ tomaron el control del país mediante la extorsión, el narcotráfico y el sicariato. La gran mayoría de la población, que venía soportando por muchos años sangre, sudor y muerte, siguió en las mismas y quedó a la merced de los bandidos.
Después de tantos años de angustia, llegó Bukele. ¿Cómo no va a ser popular en un país que volvió a vivir? Internacionalmente, es otra cosa.
