El objetivo de guerra de las Farc siempre fue imponer a su propio presidente. Hoy, están a poco de lograrlo si los colombianos no reaccionamos a tiempo en las urnas.
Iván Cepeda no es un político ingenuo ni un defensor neutral de la paz; es el ideólogo de las Farc. Él y dicha guerrilla siempre han compartido un enemigo común: Álvaro Uribe Vélez, el único que les plantó cara. Por ello, convirtieron la debilidad del Estado en bandera política y la indulgencia con el crimen, en su doctrina. Su trayectoria no es la de quien busca el equilibrio, sino la de quien ha trabajado sistemáticamente para deslegitimar la autoridad, cuestionar a la Fuerza Pública y justificar a quienes empuñaron las armas contra Colombia.
Mientras millones de colombianos cumplían la ley y resistían el terror, Cepeda construía el relato que hoy permite a los criminales negociar desde posiciones de poder. No enfrentó al terrorismo: lo justificó y lo acompañó.
Durante años, Cepeda ha señalado al Estado y a sus instituciones con una severidad que nunca aplica a sus aliados en la guerrilla. Su obsesión ha sido una verdad selectiva. Ha relativizado el terrorismo, minimizando la violencia actual y construido un discurso donde el uniformado siempre está bajo sospecha y el delincuente siempre tiene una excusa.
La llamada paz total es el resultado lógico de esa visión. Iván Cepeda ha sido uno de sus principales arquitectos, logrando su cometido: el fortalecimiento territorial de estructuras armadas ilegales y la reaparición pública de jefes criminales como Iván Márquez e Iván Mordisco.
Hoy tenemos más territorios controlados por grupos armados, economías ilegales robustecidas y una Fuerza Pública maniatada. Más de 600 municipios viven bajo el yugo criminal. Todo parece dispuesto para que las guerrillas tengan su propio presidente, ese que no les fallará. Eso no es paz; es el abandono del Estado y una traición a los ciudadanos que quedaron a merced del fusil tras aguantar más de 40 años de una guerra causada por los mismos que Cepeda hoy representa.
Mientras Iván Márquez dirige la Segunda Marquetalia y alias Iván Mordisco lidera facciones que continúan delinquiendo, el discurso que los rodea se escuda en una narrativa de diálogo y gestores de paz que no ha producido resultados verificables en materia de sometimiento, desmovilización o verdad.
Se trata de tres Ivánes que representan, cada uno desde su orilla, una misma ambigüedad: el criminal que traicionó el acuerdo, el disidente que nunca dejó las armas y el político que transita entre lo legal y lo ilegal. Una tríada perfecta.
Cuando las Farc y el ELN extorsionan campesinos, reclutan niños o asesinan policías, el país espera una condena clara. Cepeda, sin embargo, guarda silencio o responde con justificaciones. Ese silencio no es prudencia; es una forma de respaldo político, porque quien no condena al criminal termina protegiéndolo.
Visitas a cárceles, defensa de figuras reincidentes y cercanías ideológicas con proyectos armados: todo se ha presentado como un ‘compromiso con la paz’. Pero la paz, en democracia, no se construye borrando los límites entre víctimas y victimarios, ni sin transparencia absoluta en el ejercicio del poder.
Iván Cepeda personifica a esas guerrillas que hoy actúan como una élite que señala al empresario, cuestiona al policía y romantiza al delincuente. Es el país al revés. Su visión es clara: un Estado politizado, menos autoridad y más complacencia con el crimen. Es un proyecto de poder cimentado en el sometimiento institucional.
Si Iván Cepeda llega al poder, no habrá reconciliación, sino impunidad. No habrá justicia. Sería enviarle un mensaje nefasto a Colombia: que la violencia paga, que el terrorismo es un camino válido y que defender la legalidad fue un error.
Elegir a Iván Cepeda es renunciar a la seguridad, a la ley y a la memoria de las víctimas. Yo no creo en esa Colombia. Creo en una nación firme que se defiende, que respalda a su Fuerza Pública y que no se arrodilla ante los criminales. Colombia ya sabe lo que ocurre cuando se entrega el poder a la insurgencia: se fortalece el crimen y se debilita la autoridad. No podemos entregarle el timón al heredero y aliado de las Farc.








