OPINIÓN

Fernando Ruiz

Colombia, potencia mundial de la muerte

El desmadre es tal que ni siquiera los organismos de control pueden atribuir responsabilidades a interventores que solo responden por su corto periodo.
23 de febrero de 2026, 10:15 a. m.

La infortunada y claramente evitable muerte de un niño por hemofilia finalmente puso en perspectiva a los colombianos sobre los terribles —y aún incipientes— efectos de la destrucción intencionada del sistema de salud. En medio de esa consternación nacional y del drama humano resuenan de fondo las palabras con las que se anunció la crisis explícita que lanzó Carolina Corcho apenas se posesionó. También el eco del “shu, shu, shu” del presidente al mencionar el efecto dominó de cómo caerían —una tras otra— las EPS que cuidaban de la salud de los colombianos.

No alcanzaron a dimensionar que el derrumbe del sistema de salud tendría un costo incalculable, como lo es la pérdida de vidas humanas. Kevin es tan solo un desafortunado caso entre los cientos de diabéticos que aún no han recibido sus insulinas; los trasplantados que no reciben medicamentos inhibidores y niños con enfermedades raras (huérfanas) sin ninguna clase de acceso a tratamientos.

Varios meses atrás, las asociaciones de pacientes ya habían proferido gritos de auxilio, pero el ministro de Salud se concentró en desmentirlos e incluso en ridiculizarlos. Los colombianos, especialmente los jóvenes, parecían anestesiados ante el drama humano de sus padres y abuelos. La salud es un bien que suele afectar en la edad madura y la vejez; la ‘invencibilidad saludable’ de la juventud suele cegar y hacer creer que nunca envejeceremos.

Y patético fue el discurso del ministro de Salud argumentando que ya había girado desde la ADRES los recursos a las EPS. Recursos que son insuficientes, como se lo hicieron saber desde el sector y la propia Corte Constitucional, de todas las formas posibles. La tozudez del ministro parece enfermiza y, al contrario de la exministra, no pareciera motivada por la ideología marxista, sino por un siniestro pragmatismo: ‘Los muertos se van cuando el olvido los sepulta’, fiel a su filosofía de insistir, persistir y nunca desistir. Sin embargo, hoy Kevin tristemente es un símbolo de tamaña insensibilidad.

La dificultad no es solamente el dinero, es la destrucción de todo el capital institucional del esquema de aseguramiento. Miles de funcionarios han sido despedidos y cientos de hospitales y clínicas privadas han dejado de ser contratadas —o han abandonado la prestación de servicios para las EPS intervenidas—, ya sea por decisiones administrativas o por falta de garantía de pago de las enormes deudas por parte de esas EPS. El panorama es desolador porque se han cerrado servicios; los operadores logísticos de medicamentos están quebrados y los hospitales y clínicas están operando en sus mínimos.

La insistencia del presidente en afirmar que las EPS son intermediarios financieros demuestra que nunca entendieron que el asegurador no es un simple contratador y pagador de servicios. Duramos décadas, ¡sí, décadas!, aprendiendo cómo implantar modelos de eficiencia en la gestión de riesgo, manejo de enfermedad, seguimiento de rutas de atención, sistemas de contratación y pago basados en incentivos hacia la atención y la calidad, información y reporte. Hoy todo eso está perdido en el maremágnum politiquero y el amiguismo que domina las EPS intervenidas. Esa eficiencia significaba inmensos ahorros de recursos para el sistema de salud.

Por si fuera poco, el modelo que montó el Gobierno resultó un desastre: cambios de interventores cada cuatro meses; nombramiento de personas no idóneas o corruptas, como lo terminó reconociendo el presidente frente al negligente exsuperintendente Leal. La Nueva EPS no ha presentado estados financieros durante tres años consecutivos, pero eso no despierta siquiera un mínimo comentario en agencias del Estado que sí han permanecido acuciosas para perseguir los clubes de la élite y las empresas de los ‘ricos’.

El desmadre es tal que ni siquiera los organismos de control pueden atribuir responsabilidades a interventores que solo responden por su corto periodo. Parece un modelo diseñado para evadir responsabilidades, como todo lo que sucede con el actual Gobierno.

Lo más notorio, además del ignominioso y desatinado señalamiento del presidente a la dolida madre del pequeño Kevin, es el silencio sepulcral de la señora Corcho. Ella, que tanto vociferaba para atacar a los gobiernos pasados, ahora resultó tan profundamente cobarde para asumir sus propias responsabilidades. Otro claro ejemplo de evasión, falta de humanismo y gallardía. Una ironía en el falso lema, desde los hechos, de “Colombia potencia mundial de la vida”.