Comenzando por el vestuario, siguiendo por su postura relajada y por la ponderación de sus palabras en la rueda de prensa posterior, nuestro presidente, para asombro del país, decidió comportarse como tal. Conocida la epidermis de los hechos, es pertinente interpretar el evento y sus consecuencias, que ya comienzan a ser visibles.
No hubo el protocolo habitual para las visitas de jefes de Estado, que incluye honores militares y cena protocolaria. Es bueno que, para proteger el maltrecho honor nacional, Petro haya dicho que hablaron de tú a tú, a pesar de que su inclusión en la lista Clinton (que creo injusta) y el retiro de su visa determinan que sobre su cabeza penda una “espada de Damocles”, Pericles, Demóstenes, Sófocles o quien fuere… porque en esa época todos cargaban espada.
Es afortunado que la reunión fuera privada, lo cual indica que Trump no quería abochornar a su interlocutor, a quien debió formularle severas admoniciones; y tampoco darle el espacio para que este le replicara, como suele hacerlo, en nombre de la “Humanidad”.
Trump estuvo acompañado por el vicepresidente Vance; su presencia se justifica para demostrar que Colombia es, en este momento, un país de importancia estratégica que hay que gerenciar con cuidado. Por Marco Rubio para consolidar su protagonismo en las relaciones con nuestra región. Y por Bernie Moreno, para que pudiera divulgar algunos aspectos de la reunión sin comprometer a la administración, lo cual ya está sucediendo… Petro por su canciller Villavicencio, a quien no hemos visto brillar en su ya larga permanencia de varias semanas en el cargo, y por el embajador García Peña, que ha jugado un papel esencial desactivando conflictos binacionales.
La reunión ocurre poco después de divulgada la Política de Seguridad Nacional, de donde dimana la funesta “Doctrina Donroe”: el privilegio que se conceden los Estados Unidos para someternos a su tutela. El objetivo es clarísimo: que estemos bien gobernados; por ese motivo han decidido protegernos de nosotros mismos. Ahora somos un tris menos soberanos que antes. ¡Qué tristeza!
Con este fundamento, en parte, “extrajeron” a Maduro de Caracas. Y en parte también porque los Estados Unidos han definido que el ingreso violento a territorios extranjeros se justifica para combatir el “narcoterrorismo”. No hay evidencia alguna de que los narcos, tan aficionados a matarse entre sí, acudan, de manera sistemática, a prácticas terroristas, es decir, a actos de violencia indiscriminada para causar pavor entre la población civil y las autoridades policiales y militares. No obstante, el concepto ha sido acuñado para darle una pátina de legalidad a la violación del principio de no intervención en terceros países.
Explicaré cómo fue construida esta espuria teoría. La Carta de Naciones Unidas consagra estos principios:
- “Los Miembros de la Organización, en sus relaciones internacionales, se abstendrán de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado.
- En caso de que los actos de agresión de algún Estado contra otro persistan, Naciones Unidas “podrá ejercer, por medio de fuerzas aéreas, navales o terrestres, la acción que sea necesaria para mantener o restablecer la paz y la seguridad internacionales”;
- “Nada menoscabará el derecho inmanente de legítima defensa, individual o colectiva, en caso de ataque armado contra un Miembro de las Naciones Unidas”.
En síntesis: la guerra en principio está prohibida; la intervención militar debe ser colectiva y autorizada por el Consejo de Seguridad, sin perjuicio de que el Estado agredido acuda a la fuerza para defenderse.
Cuando se presentaron los ataques terroristas de Al Qaeda en septiembre de 2001, el Consejo de Seguridad aceptó que Estados Unidos era víctima de un ataque terrorista, en cuyo financiamiento se usaron recursos provenientes del tráfico de drogas. Se respaldó la invasión militar a Afganistán justificándola en el principio de legítima defensa, una decisión que fue unánime.
El paso siguiente de los Estados Unidos consistió en definir que cualquier asociación, así sea circunstancial o contingente, entre tráfico de sustancias prohibidas y acciones terroristas, en realidad, es inexorable; la primera implica a la segunda como el relámpago al trueno. Una falsedad absoluta, que se complementa con esta otra: “Las drogas son armas de destrucción masiva”, que afectan la seguridad interior de ese país. En consecuencia, los Estados Unidos consideran que puede invadir a cualquier país exportador de drogas, ya que esa sola circunstancia lo convierte en terrorista. Si así sucedió en Venezuela, ¿qué impide hacerlo en Colombia?
En una carpeta que se entregó a Trump en la sala oval pudo leerse: “Colombia, America’s #1 ally against narcoterrorism”. Esa aparente trivialidad es de enorme importancia porque resultamos validando, a la topa tolondra, el fundamento conceptual de la intervención estadounidense en nuestro país.
Hubo otros saltos mortales. “La guerra contra las drogas”, establecida por el presidente Nixon en 1971, fue reconfirmada al colocar, como elemento central de las acciones de nuestro Gobierno, la captura, vivos o muertos, de tres capos de la droga a los que se considera “objetivos de alto valor”, sin tener en cuenta que esa estrategia ha fracasado numerosas veces: los grupos armados ilegales con rapidez sustituyen al capo o “comandante” que es dado de baja. Igualmente, dejamos de insistir en que el problema de las drogas no se resuelve sin incidir en la demanda, y que para lograrlo es preciso entenderlo como un problema de salud pública.
Interesante anotar que Iván Cepeda plantea una política de paz centrada en el diálogo con actores armados y otra de drogas orientada a superar el paradigma prohibicionista. Persistir en este modelo “no hace bien ni a Colombia ni a Estados Unidos”, ha dicho el líder del continuismo. El problema que de allí emerge es que la plataforma de Trump, que Petro con sus palabras, y más con sus silencios, ha aceptado, es la opuesta a la de Cepeda, el líder de las encuestas, quien nos propone la versión 2.0 de la “Paz Total”.
Asombra ver a Gustavo Francisco y Delcy Eloína, cada uno haciendo lo que nunca imaginaron, y que ahora hacen doblegados por el Imperio.
Epígrafe. Platón escribió: “El precio de desentenderse de la política es ser gobernado por los peores”.









