OPINIÓN

Julio Londoño Paredes

¿Cómo se ‘evaporaron’ las Fuerzas Armadas venezolanas?

La politización de las fuerzas armadas fue fatal para Venezuela.
13 de marzo de 2026, 10:00 a. m.

En un interesante y olvidado libro titulado Cómo se evapora un ejército, escrito por Ángel Cuervo, hermano del filólogo Rufino José Cuervo, se relata la compleja situación que vivió Colombia durante la guerra civil que culminó con el triunfo de la revolución y la toma de Bogotá por el ilustre general Tomás Cipriano de Mosquera el 18 de julio de 1861.

El ejército gubernamental afectado por la deserción, los errores de mando y la corrupción, se fue paulatinamente desintegrando, hasta llegar prácticamente a su ‘evaporación’. Lo mismo que sucedió en Cuba cuando Fidel Castro y su hermano Raúl bajaron de la Sierra Maestra y se enfrentaron al ejército del dictador Fulgencio Batista. Los generales en lugar de combatir vendían sus efectivos, armamentos y equipos, y además, suministraban información de inteligencia. Otros se unían a la revolución para asegurar su futuro.

En Venezuela, el régimen pregonaba con acento heroico que estaba listo para enfrentar cualquier intento de una acción armada y que Venezuela no era Panamá. Se ufanaba de su poderío militar, con la compra de equipos de última generación.

En su apogeo, Chávez amenazaba a Colombia afirmando que en cuatro minutos los aviones Sukhoy podrían estar sobre Bogotá (¿!) y un oficial retirado y miembro de la Asamblea Nacional públicamente afirmó que sería muy sencillo hundir a nuestro país, ya que la Fuerza Aérea venezolana proyectaba destruir todos los puentes existentes sobre el río Magdalena, partiendo al país en dos partes, así como las instalaciones en Caño Limón, Barranca y Mamonal en Cartagena.

Sin embargo, las Fuerzas Armadas venezolanas se politizaron hasta el extremo de que cada soldado que se incorporaba y cada oficial o suboficial que se graduaba o ascendía, debía pronunciar una perorata en la que juraba lealtad al régimen. Los servicios de inteligencia cubanos penetraron a las fuerzas armadas para identificar a leales y traidores. Estos últimos eran relegados a las mazmorras de la siniestra prisión del Helicoide; muchos de ellos no salieron vivos. Sin embargo, el mundo permaneció silencioso.

El Helicoide era similar a la fatídica Isla del Diablo, en Cayena, Guayana Francesa, a donde Francia envió hasta 1953 a los peores criminales y a los traidores, ante la indiferencia de la comunidad internacional. Allí estuvo preso el famoso capitán del Ejército francés Alfred Dreyfus, condenado en el siglo XIX por el supuesto delito de espiar para Alemania, producto de una conjura que develó el escritor Emile Zolá.

En Venezuela, la corrupción cubrió las instituciones militares, desde el guardia nacional en la frontera con Colombia, hasta los generales. Por eso fueron incapaces de reaccionar ante la ‘extracción’ de Maduro y no pudieron constituirse siquiera en una guerrilla para defender a su país como muchos lo previeron.

Nada más peligroso para las fuerzas armadas de un país que su paulatina y discreta politización bajo cualquier signo y peor aún si son salpicadas con actos de corrupción de algunos de sus miembros. Retrotraer su ‘evaporación’ es faena larga y complicada.