No seré de las que lamentan la muerte de un sanguinario tirano y sus secuaces. Alí Jameini, heredero del criminal Jomeini, dedicó su existencia a martirizar a las iraníes y a cualquier varón que no comulgara con sus ideas decimonónicas. Sus últimas víctimas mortales: 32.000 pacíficos manifestantes que solo ansiaban vivir en libertad.
Debería ser legítimo derribar una tiranía de medio siglo que además se consagró en propagar el terrorismo por innumerables países.
Pero una guerra contra tamaños enemigos, aunque comprensible, parece una locura que pagaremos todos si Estados Unidos no ató bien el plan para el día después. Ni si tampoco midió la magnitud de confrontar un régimen despótico y religioso, venerado por unos 20 de los 90 millones que habitan la legendaria Persia, según expertos.
Caroline Glick, asesora de Netanyahu, asegura que la Casa Blanca aprendió del estrepitoso fracaso de Irak –la injustificable invasión ordenada por el funesto George Bush. Eché en falta que le preguntaran si, así mismo, estudiaron los desastres derivados de la quimérica Primavera Árabe que propiciaron Barack Obama y sus aliados europeos. Con su extemporánea intervención bélica transformaron las satrapías de Libia y Siria en Estados fallidos.
Sin olvidar que en Egipto debieron recurrir a la hipócrita y pragmática diplomacia habitual. En aquel 2011, hasta un niño de kínder habría anticipado que los Hermanos Musulmanes, únicos organizados en la nación de los faraones, ganarían las elecciones tras la caída de Mubarak.
Solo después, conscientes de la inquietante realidad, miraron para otro lado cuando Al Sisi dio el golpe militar y eliminó al movimiento islamista radical. Egipto, fronterizo con Israel, a tiro de piedra de Europa y dueño del canal de Suez, era demasiado importante para Occidente como para dejarlo en manos de extremistas feudales modelo Irán.
Ahora les llegó el turno a los herederos de Jomeini, el radical chiita, que Francia y la Casa Blanca de Jimmy Carter protegieron. Expulsado de su exilio iraquí, en lugar de cerrarle el paso, París lo asiló y los demócratas gringos presionaron para tumbar antes al despótico sha Reza Pahlavi. Les pareció preferible un islamista amante de la sharia que un corrupto autócrata, admirador de Atatürk, que abogaba, igual que el gran turco, por un país laico y moderno, con igualdad de géneros y aliado de Washington.
Para desgracia de las iraníes, se impuso el criterio de los ilusos y pusilánimes, pese a los evidentes y preocupantes signos que Jomeini propagaba. No previeron que impondría el fundamentalismo y segaría el futuro de millones de mujeres. Posibilitaron el triunfo del oscurantismo, la brutalidad, la opresión machista, la sinrazón hecha ley.
Millones de iraníes tuvieron que escapar y millones quedaron atrapados en una gigantesca mazmorra vigilada por los temidos Guardianes de la Revolución Islámica, esbirros de los ayatolas.
¿Qué hubiese ocurrido si dejan al sha y Washington le obliga a cesar la represión y la insaciable corrupción e imponer un sistema democrático? Los iraníes no son árabes, su nación es milenaria y pudieron seguir una ruta diferente a la radical musulmana.
Pero lo que señala el presente es que la antigua Persia representa un enorme peligro para el mundo, no solo por su programa nuclear que, en junio pasado, supuestamente había frenado la aviación estadounidense. También por la fabricación de misiles y drones en cantidades tan elevadas que expertos militares consideran que llegaría a exceder la capacidad de Israel y Estados Unidos de producir suficiente armamento para interceptarlos. No quedaba alternativa distinta, sigue la argumentación, que destruir su arsenal y la producción antes de que fuese demasiado tarde.
Conviene anotar que Putin empleaba miles de drones Shahed iraníes, eficaces y de bajo coste, para arrasar objetivos civiles ucranianos. Pero los bombardeos en Irán no serán determinantes porque Rusia ya los fabrica en Tartaristán.
Lo que no hemos visto son informes recientes sobre si Irán instaló en la Venezuela de la matona Delcy Rodríguez fábricas de drones, dada la hermandad entre el chavismo y los ayatolas. Sin dejar de lado que hicieron negocios oscuros bajo la mesa, sellaron acuerdos de distinta índole y otorgaron pasaportes venezolanos a terroristas islámicos. Extraño que Washington no haya concedido relevancia pública a dicha cuestión desde que apresó a Maduro e impuso un gobierno títere en Caracas. Pero supongo que el Pentágono no descarta que Teherán contemple alguna actividad terrorista en Latinoamérica, similar a los atentados en Argentina, y algo estarán haciendo para impedirlo.
Mientras el mundo se sume en la incertidumbre ante una guerra de consecuencias impredecibles, Colombia escogerá entre rodar al fondo del abismo con el comunista Pacto Histórico, defensor de Irán, o recuperar el rumbo con el Centro Democrático, Salvación Nacional y demás partidos y candidatos de centroderecha y derecha, además de la Gran Consulta, defensores todos de las libertades.
